DOCE #2
No me giré para comprobarlo, pero no me hacía falta. Sabía que seguía allí plantada, justo delante de la puerta del despacho de Sloane, mirándome marchar por el pasillo con la boca ligeramente entreabierta y más confundida que nunca en toda su vida.
Que disfrutara de la aparente normalidad mientras pudiera. Solo faltaban veinticuatro horas. Y entonces, las cosas entre nosotros empezarían a cambiar de forma drástica e irreversible.
✽✽✽
Aparqué el todoterreno bajo la sombra de unos inmensos abetos, a unos cincuenta metros del gran cenador de madera habilitado para celebraciones en medio del bosque.
Era sábado, un día soleado, radiante y extrañamente cálido de finales de primavera.
Un día absolutamente perfecto para celebrar la vida.
En concreto, el bautizo del hijo de Avery y Logan: David Carson Pierce.
Aún no había tenido el privilegio de ver al bebé en persona, pero si hacía caso a los rumores que circulaban por los pasillos del hospital, era la criatura más guapa que había pisado la tierra.
Sin embargo, yo no estaba allí para felicitar a los padres.
Estaba allí con un objetivo muy distinto. Tenía una misión.
Mi plan estaba en marcha y todo estaba milimétricamente organizado. No estaba oficialmente invitado al evento, por supuesto, pero mi cómplice dentro del hospital se había encargado de prepararlo todo para que yo no tuviera el más mínimo problema en hacer exactamente lo que había venido a hacer.
Antes de encaminarme hacia la entrada, abrí el maletero del coche y revisé el interior.
El equipaje y todo lo necesario para los próximos días estaban perfectamente colocados y en orden.
Cerré el portón con un golpe seco. Revisé la parte de atrás, las bolsas de provisiones seguían perfectamente colocadas.
Bajé la vista hacia mi ropa. Llevaba unos vaqueros negros ajustados, una camisa oscura con las mangas remangadas hasta los antebrazos y mis viejas botas de trabajo favoritas.
Nada que ver con los trajes de tres piezas a medida ni con la fachada de magnate intocable que solía arrastrar por el hospital.
Había dejado a ese Luke en la ciudad. Hoy, volvía a ser el hombre del bosque.
Saqué el teléfono del bolsillo. Un mensaje de texto corto y conciso parpadeaba en la pantalla.
Mi cómplice me acababa de confirmar su posición. Había llegado hacía un rato, así que lo único que me quedaba por hacer era entrar, cruzar el salón y marcharme de allí con ella.
Me encaminé hacia la entrada del cenador con paso decidido.
El suave murmullo de las conversaciones y la música de fondo amortiguaban mis pisadas.
Al cruzar el umbral, me encontré con un ambiente festivo y cálido.
Los invitados iban vestidos de forma elegante, pero con ese toque rústico de montaña que impedía que resultara ostentoso; la mayoría eran familiares y amigos del círculo íntimo de Avery y Logan.
Mi mirada escaneó la inmensa sala de madera y cristal, ignorando las mesas decoradas.
A un lado, precisamente en la esquina noroeste, vi a dos mujeres de pie, charlando animadamente con un par de copas de champán en la mano.
Una era rubia. La otra tenía una media melena de color caoba y llevaba un vestido de un tono rosa matador que cortaba la respiración. Estaba de espaldas a mí.
La mujer rubia levantó la vista por encima del hombro de su interlocutora. Al verme aproximarme con la determinación de tren de mercancías, una pequeña sonrisa astuta asomó a sus labios y me hizo una levísima, casi imperceptible, señal de asentimiento.
Gia aún no me había visto.
Me permití el lujo de ralentizar un segundo el paso para absorber su imagen.
El vestido rosa se ceñía a su cintura y caía con una fluidez que resaltaba cada curva de su cuerpo.
Su pelo caoba brillaba bajo la luz que se filtraba por los ventanales.
Justo cuando me encontraba a un metro escaso de distancia, mi presencia pareció alterarla.
Gia se giró.
La sorpresa que le cruzó el rostro fue absoluta. Se quedó con la boca ligeramente entreabierta, los ojos avellana desorbitados y el peso del cuerpo congelado a mitad de un movimiento. Estaba espectacular. Era la mujer más preciosa, salvaje y sexy que había visto en toda mi puñetera vida.
Mientras sus ojos me escaneaban, intentando procesar mi repentina aparición, yo hice lo mismo. Recorrí su rostro con rapidez y mi mirada se clavó instintivamente en su cuello y en sus orejas. El corazón me dio un latigazo brutal contra las costillas.
Llevaba puestos los pendientes de plata con forma de flor de trilio.
Los mismos que le había regalado hacía doce años.
Y, por si fuera poco, colgando de su cuello mediante una cadena fina, descansaba otro trilio de plata a juego.
No tenía ni la más remota idea de dónde había sacado el collar, pero el conjunto entero era un golpe directo a mi cordura.
Si me odiaba, si realmente me había olvidado, no llevaría mi recuerdo colgado del cuello y las orejas en una fiesta.
—Hola, chicas —saludé con voz grave, parándome frente a ellas. Luego, clavé los ojos exclusivamente en Georgia—. Necesito hablar contigo, Gia. A solas.
El estupor inicial de Gia se transformó rápidamente en indignación. Se irguió, alzando la barbilla.
—No. Ni hablar. Estoy en medio de una celebración —replicó, frunciendo el ceño—. ¿Qué demonios haces tú aquí, Luke?
—Hacer lo que haga falta para hablar contigo a solas —respondí, sin inmutarme.
Gia dio un paso hacia mí, encarándose, sacando esa fiereza que me volvía loco.
—No voy a hablar de nada a solas contigo.
Y muchísimo menos en este plan, apareciendo de la nada, avasallando y dando órdenes como si fueras el amo del universo —me espetó en un susurro furioso, cuidándose de no llamar la atención del resto de invitados—.
Tengo noticias para ti, Holloway. Puede que seas el dueño del hospital, más o menos, pero aquí solo eres un invitado no deseado.
De hecho, pareces un chiflado que se acaba de colar en una fiesta privada. Vete.
Me encogí de hombros, medio divertido. Su resistencia solo me confirmaba lo que ya sabía: no iba a subir al coche por las buenas.
—Tú lo has querido, Gia —le advertí, con una sonrisa relajada ladeándome la boca—. Si no quieres venir conmigo por las buenas, no me dejas más opción que hacerlo a mi manera.
Antes de que pudiera reaccionar, me agaché ligeramente, acorté el centímetro que nos separaba y le pasé un brazo fuerte y firme por detrás de las rodillas y el otro por la cintura.
Me enderecé de golpe, cargándola sobre mi hombro derecho con la misma facilidad con la que habría levantado una mochila de supervivencia.
—¡Luke! ¡Pero qué mierda...! ¡Suéltame ahora mismo! —siseó Gia, golpeándome la espalda con los puños.
Empezó a patalear con fuerza, retorciéndose sobre mi hombro para intentar liberarse, pero mi agarre en sus muslos era de acero.
Era más que evidente que su instinto de preservación social le impedía ponerse a gritar a pleno pulmón y arruinarle el bautizo a Avery y Logan, así que su resistencia, aunque físicamente intensa, fue maravillosamente discreta.
Me giré hacia Sloane antes de emprender la marcha. Mi cómplice tenía la copa de champán a medio camino de los labios, observando la escena con un brillo de diversión en los ojos.
Le guiñé un ojo.
Sloane me dedicó una última sonrisa de complicidad y vi perfectamente cómo articulaba un silencioso «Suerte» con los labios antes de darse la vuelta para cubrir nuestra retirada.
Ajusté a Gia sobre mi hombro, ignorando sus maldiciones ahogadas, y me dirigí hacia la salida del cenador con paso firme y el corazón latiendo desbocado de pura adrenalina. Ya la tenía. Ahora solo quedaba que ella quisiera hablar conmigo.