Hollow (Wildwater Falls 6) DOCE
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DOCE

Luke

E l atardecer caía sobre los bosques de Raven Ridge, tiñendo las copas de los abetos centenarios de un naranja cobrizo que poco a poco se fundía con el violeta frío de la noche.

El paisaje desde mi porche trasero era sobrecogedor, una inmensidad salvaje que te recordaba lo pequeño que eras frente al mundo, pero ni siquiera esa vista espectacular lograba calmar el ruido en mi cabeza.

Estaba descalzo, balanceándome imperceptiblemente en la hamaca de lona, sosteniendo una cerveza helada que apenas había probado.

La había cagado.

Por mucho que me repitiera a mí mismo que tenía todo el derecho del mundo a poner límites, a no confiar en ella a la primera de cambio y a frenar las cosas antes de que se descontrolaran, la realidad me aplastaba.

Ver el dolor crudo en los ojos de Gia en la sala de descanso, ver la humillación cruzándole el rostro porque no le había permitido tocarme, me había dejado completamente hecho polvo.

La forma en la que se había alejado, encogiéndose sobre sí misma como si se sintiera sucia, me estaba taladrando las entrañas.

Y lo peor era que yo tenía una razón legítima para frenarla.

Si Gia hubiera logrado desabrochar mi camisa, si hubiera apartado la tela y hubiera dejado mi pecho y mi torso al descubierto, no habría tardado ni dos segundos en ver lo que solo las personas más allegadas a mí sabían.

Lo que llevaba marcado en el cuerpo de forma permanente.

Las cicatrices que ella no había visto en doce años y las marcas de las que no sabía absolutamente nada.

Tenía derecho a sentirme vulnerable. Tenía derecho a no querer desnudarme física ni emocionalmente frente a ella cuando aún había tanto silencio, tanta mierda y tanta oscuridad sin resolver entre nosotros.

Dejar que me viera así, en medio de la rabia y el deseo furtivo, era demasiado íntimo.

Demasiado revelador. No estaba preparado para exponer esa parte de mí, no hasta saber si podía volver a confiar en ella.

Me incliné hacia adelante en la hamaca, apoyando los codos con pesadez sobre las rodillas. Dejé la botella de cerveza colgando entre dos dedos, en el hueco de mis piernas abiertas, y fijé la vista en el horizonte donde los picos nevados empezaban a desaparecer en la penumbra.

Las palabras de mi madre en el cenador de West Linn resonaron en mi cabeza.

«Una mujer como ella no se marcha sin dar la cara a menos que haya un buen motivo detrás.»

Y tras ellas, el eco implacable de Leah.

«O luchas por ella, o pasas página y la perdonas de verdad.»

Inspiré el aire helado de la montaña, llenando mis pulmones.

Perdonar a Georgia ya no era una opción remota; se había convertido en una necesidad.

Me negaba a seguir en esta dinámica tóxica y destructiva.

No podíamos seguir chocando en los pasillos, devorándonos en los rincones, alejándonos asustados y haciéndonos un daño irreparable en el proceso.

Yo no era ese tipo de hombre y ella no merecía ser tratada como un secreto.

Pero para poder perdonarla, necesitaba que ella hablara.

Necesitaba que se sentara frente a mí y me explicara las cosas.

Necesitaba sacarme de dentro el sentimiento de abandono que me había paralizado durante años.

Necesitaba entenderla, necesitaba que ella me entendiera a mí y al infierno por el que había pasado, y solo a partir de ahí, intentar construir algo.

Si es que aún quedaba algo sano que construir.

Para lograr eso, necesitaba tiempo con Gia. Tiempo a solas.

El problema era que, después de lo que había sucedido hoy en la sala de descanso, después de que me rogara que no la buscara más y me dejara plantado, iba a ser sumamente difícil, por no decir imposible, convencerla para tener una conversación a solas conmigo por voluntad propia. Georgia era terca como una mula.

Iba a necesitar un aliado.

Le di un trago a la cerveza, dejando que el frío me despejara las ideas.

Necesitaba un cómplice. Alguien que me ayudara a llevarla a un terreno neutral del que no pudiera salir huyendo en cuanto las cosas se pusieran difíciles.

Alguien que conociera a Georgia lo suficientemente bien como para engañarla por su propio bien.

Poco a poco, las piezas comenzaron a encajar. Un plan empezó a formarse en mi mente.

Me volví a recostar contra la lona de la hamaca, apoyando la cabeza hacia atrás, y esbocé una leve sonrisa en medio de la oscuridad del porche. Sabía exactamente a quién tenía que llamar.

✽✽✽

El viernes por la mañana, los pasillos de la zona administrativa del Hospital Regional de Wildwater Falls estaban inusualmente tranquilos. Acababa de cerrar la puerta del despacho de Sloane tras dejarlo todo perfectamente atado.

Me ajusté el botón de la americana del traje y me giré para enfilar el pasillo principal. Iba con la mirada fija en unos informes que llevaba en la mano y el paso rápido, absorto en mis pensamientos.

Y entonces, como si el universo tuviera una puntería impecable para poner a prueba mi autocontrol, casi choco de frente contra ella.

Mis reflejos actuaron antes que mi cerebro. Solté los informes, levanté ambas manos y la sujeté con firmeza por los brazos, justo por encima de los codos, para estabilizarla e impedir que perdiera el equilibrio.

El tiempo se detuvo en seco.

Nos quedamos congelados en mitad del pasillo, a escasos centímetros el uno del otro. Mis dedos se clavaron levemente en la tela azul de su pijama médico, sintiendo el calor de su piel traspasar el algodón.

Gia levantó la cabeza de golpe y nuestros ojos se engancharon.

El impacto visual me robó el aliento, como siempre lo hacía.

Tenía unas ojeras oscuras marcándole la mirada.

El hematoma de su pómulo había evolucionado a un tono amarillento apagado.

Parecía agotada y, sin embargo, sus labios seguían siendo igual de llenos, rosados y absolutamente tentadores. Una invitación al desastre.

Me acerqué un poco más, solo un poco. Su olor me golpeó de lleno. Ese aroma tan suyo, una mezcla enloquecedora a limpio y algo puramente Gia que se me enroscó en las terminaciones nerviosas y me hizo apretar un poco más el agarre en sus brazos.

Gia parpadeó, saliendo del trance. Carraspeó suavemente y con un movimiento fluido, dio un paso atrás.

Simplemente se liberó de mi toque con una suavidad firme, deslizando sus brazos fuera de mi alcance. Era evidente que estaba poniendo la distancia física y emocional que ella misma me había exigido en la sala de descanso hacía un par de días. Estaba levantando sus escudos.

Se abrazó a sí misma, rodeando su cintura con los brazos, y alzó la barbilla.

—Hola, Luke.

Su voz sonó controlada, pero con un ligero temblor que delataba lo mucho que este encuentro fortuito la había alterado.

Me quedé allí plantado, con las manos aún suspendidas en el aire durante un segundo antes de dejarlas caer a los costados. La observé. Evalué la rigidez de sus hombros y la línea recta de su boca.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

Quería saber cómo estaba realmente, cómo le dolían las costillas, cómo estaba soportando el peso de los turnos.

Gia frunció el ceño. Sus cejas se juntaron en un gesto de absoluta perplejidad.

Me miró a los ojos, escudriñando mis facciones, buscando el doble sentido o el golpe bajo que estaba acostumbrada a recibir de mi parte últimamente.

Parecía genuinamente sorprendida de que a mí me importara su estado de salud.

—Bien —respondió escueta. Mantuvo un tono educado y aséptico, pero su lenguaje corporal gritaba que estaba profundamente incómoda bajo mi escrutinio.

Asentí despacio, aceptando su evasiva sin presionar. Aún no era el momento.

—Tengo entendido que mañana es el bautizo del hijo de Logan y Avery —comenté de forma casual, metiendo una mano en el bolsillo de mi pantalón—. He oído a Sloane comentar que prácticamente medio hospital está invitado a la celebración y a la fiesta posterior.

Gia volvió a fruncir el ceño, aún más descolocada.

Sus ojos avellana pivotaron rápidamente por el pasillo vacío y luego volvieron a mi rostro, sin saber por dónde iba aquel comentario banal.

Hablar de la vida social del personal del hospital no entraba en absoluto en nuestro repertorio de interacciones.

Sonreí para mis adentros, pero por fuera mantuve una fachada imperturbable. Estaba disfrutando inmensamente de su evidente confusión.

Gia se irguió, adoptando su instinto protector hacia su departamento, asumiendo rápidamente que mi comentario iba dirigido a la capacidad operativa del hospital ante la ausencia masiva de personal.

—El servicio de Urgencias estará perfectamente cubierto y a pleno rendimiento, Luke —me aseguró —.

He ajustado los cuadrantes personalmente.

Hemos doblado los turnos de guardia y los médicos adjuntos cubrirán a los que asistan al bautizo.

Y estoy convencida de que Hannah ha hecho exactamente lo mismo con los residentes en Trauma.

Todo funcionará como la seda, te lo garantizo.

La junta no debe preocuparse de absolutamente nada.

Me mordí el interior de la mejilla para no soltar una carcajada ante su defensa apasionada.

Le lancé una media sonrisa.

—Estoy totalmente convencido de que no hay nada de lo que preocuparse, Georgia.

Me incliné para recoger los informes que se me habían caído al suelo durante nuestro choque. Al incorporarme, di un paso adelante, acortando de nuevo la distancia, obligándola a contener la respiración. Rodeé su cuerpo muy despacio, invadiendo su espacio personal durante un latido eterno.

Justo cuando estaba a su lado, giré un poco la cabeza, acercando mis labios a un palmo de su oído, y bajé la voz a un susurro oscuro que hizo vibrar el aire entre los dos.

—Hasta pronto, Gia.

Me separé de ella antes de que pudiera reaccionar y continué mi camino por el pasillo, alejándome hacia las puertas dobles con las manos en los bolsillos.