Hollow (Wildwater Falls 6) CATORCE #3
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CATORCE #3

Asentí sin añadir ningún comentario que pudiera hacerla cambiar de opinión.

Me di la vuelta, caminé hacia el otro lado de la cama, donde había dejado mi bolsa de lona, y rebusqué en el interior.

Saqué una camiseta de algodón gris oscuro, limpia y desgastada por el uso, lo suficientemente grande como para que le sirviera de vestido.

Regresé a su lado y se la tendí.

Gia extendió la mano y agarró la tela. Durante un milisegundo, nuestros dedos se rozaron. Una descarga eléctrica saltó entre nosotros al contacto de nuestra piel. Ella retiró la mano rápidamente, como si se hubiera quemado.

—Gracias —murmuró, sin levantar la vista.

Sin perder un segundo más, agarró su neceser con la mano libre y prácticamente echó a correr hacia el baño, cerrando la puerta tras de sí y pasando el pestillo con un clic sonoro.

Me quedé solo en el centro del salón. Exhalé el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo y me pasé una mano por el pelo.

A los pocos segundos, escuché el sonido de las viejas tuberías protestando y el ruido del agua corriendo en la ducha.

Automáticamente, mi mente conjuró la imagen de Gia deshaciéndose de ese vestido rosa, dejándolo caer al suelo, y entrando bajo el chorro de agua caliente.

Cerré los ojos, tragando saliva con dificultad.

Para distraerme de la tortura mental, bajé la vista hacia su bolsa abierta. No pude evitar echar otro vistazo. Definitivamente, Sloane no había sido nada sutil.

Saqué el teléfono móvil del bolsillo de mi pantalón, desbloqueé la pantalla y abrí el chat de Sloane.

Luke: Gracias. Eres la mejor escogiendo la ropa de Gia.

La respuesta no tardó ni diez segundos en llegar.

Sloane: De nada.

Al cabo de unos quince minutos, el sonido de la ducha cesó. Poco después la puerta se abrió. Una nube de vapor cálido y perfumado escapó al salón, y tras ella, apareció Gia.

Me quedé literalmente sin respiración.

Llevaba el pelo húmedo, recién desenredado.

La camiseta le caía holgada, ocultando sus curvas, pero el cuello era lo suficientemente ancho como para dejar al descubierto la línea de su clavícula y un hombro, y el bajo de la camiseta apenas dejaba asomar el borde inferior de unos pantaloncitos de pijama de seda negra, tan diminutos que eran prácticamente invisibles.

Sus piernas largas y desnudas quedaban expuestas casi en su totalidad.

Estaba preciosa. Estaba tan jodidamente sexy, con el rostro lavado y la piel enrojecida por el calor del agua, que mis pulmones se olvidaron de cómo funcionar.

Las palmas de mis manos empezaron a hormiguear.

El deseo me golpeó como un ariete en el centro del pecho.

De repente, la distancia que nos separaba me pareció una tortura.

Quería acortar esos tres metros, agarrar ese pelo húmedo con las dos manos y tirar un poco de él para obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás.

Quería enterrar mi nariz en su cuello, respirar su olor y morder ese punto suave donde le latía el pulso desbocado.

Y luego... joder, luego quería bajar las manos hasta esos muslos desnudos, alzarla en el aire hasta que rodeara mi cintura con las piernas, aplastarla contra la pared de madera de la cabaña y, por último, agarrar el dobladillo de esa camiseta gris y arrancársela por encima de la cabeza para ver qué demonios llevaba debajo.

Era como la puta fantasía de desenvolver el mejor regalo del mundo.

La intensidad de mi mirada debió ser tan obvia, que Gia se detuvo en seco en medio del salón.

Alargó la mano para sujetar el borde de la camiseta, repentinamente cohibida, y alzó una ceja perfecta al percatarse de que yo me había quedado completamente embobado, devorándola con los ojos como un animal hambriento.

Carraspeé con fuerza, rompiendo el trance antes de hacer una locura.

Agarré mi pijama y mi neceser de encima de la cama con movimientos bruscos, casi robóticos.

Me encerré en el baño, cerré la puerta de un golpe y me apoyé contra los azulejos, respirando como si acabara de correr una maratón. Abrí el grifo de la ducha, girando el mando del agua fría hasta el tope, y me metí bajo el chorro helado sin pensarlo.

El impacto contra mi piel me hizo apretar los dientes, pero no sirvió de una mierda.

La ducha fría no consiguió calmar el calor que me ardía en las venas, ni mucho menos logró bajar la dolorosa semierección que llevaba arrastrando prácticamente desde el momento en que la había cargado sobre mi hombro para sacarla a rastras de aquella fiesta.

Me froté la cara con ambas manos bajo el agua, maldiciendo mi propia debilidad. Con Gia siempre era lo mismo. Daba igual que fuera un hombre hecho y derecho de 35 años. Estar cerca de ella me reducía a un adolescente borracho de hormonas.

Al salir de la ducha y secarme con rudeza, me puse unos pantalones de pijama de algodón oscuro.

Por suerte, eran un poco anchos y la tela holgada lograba disimular, a duras penas, la erección que se negaba a desaparecer.

Normalmente, y más en esta época del año, dormiría únicamente con los pantalones o directamente en bóxer.

Odiaba dormir con ropa en la parte superior.

Pero esta vez, dada la situación explosiva en la que nos encontrábamos y la promesa que le había hecho, decidí que lo mejor era mantener el máximo de tela posible entre nosotros.

Agarré una camiseta de algodón negra y me la pasé por la cabeza.

Cuando abrí la puerta del baño y regresé a la habitación principal, la cabaña estaba a oscuras, iluminada únicamente por la tenue luz de la lámpara de la mesilla de noche.

Gia ya estaba en la cama. Se había tumbado en el lado izquierdo del colchón, su lado, y se había tapado con la sábana y el pesado edredón de plumas hasta la mismísima barbilla. Estaba tumbada boca arriba, rígida como una tabla, con la mirada clavada en el techo de madera.

Caminé hacia el lado derecho de la cama, levanté el edredón y me deslicé bajo las sábanas. El viejo colchón se hundió ligeramente bajo mi peso, inclinando imperceptiblemente la superficie hacia el centro.

—Buenas noches, Gia —dije en voz baja, estirando el brazo para alcanzar el interruptor de la lámpara.

—Buenas noches, Luke —respondió ella.

Apagué la luz.

La oscuridad nos engulló por completo. Mis pupilas tardaron unos segundos en ajustarse a la penumbra, iluminada solo por el tenue reflejo de la luna que se filtraba por la ventana.

Me acomodé boca arriba. Puse una mano bajo mi cabeza, apoyando la nuca en la almohada, y dejé la otra mano descansando plana sobre mi estómago, resistiendo el impulso de alargar el brazo a través del espacio vacío y tocarla.

Estaba a menos de medio metro de distancia.

Podía escuchar su respiración en la oscuridad.

Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo bajo el mismo edredón que me cubría a mí.

Estaba deseando girarme sobre el costado, agarrarla por la cintura y arrastrarla hasta pegar su espalda contra mi pecho.

Estaba deseando meter la cabeza entre su hombro y su cuello, enredarme en su pelo y respirar su olor durante toda la noche.

Inspiré con fuerza, llenando mis pulmones del aire frío de la cabaña, y percibí el rastro inconfundible de su olor. Jabón y ese aroma profundo y salvaje que era única y exclusivamente de Georgia Robbins.

Apreté la mandíbula y cerré los ojos. Con eso tendría que valer por esta noche.

El agotamiento físico, sumado a la tensión emocional acumulada durante todo el día, empezó a pasarme factura de forma irremediable. Me quedé allí, inmóvil en la oscuridad, escuchando su respiración, hasta que finalmente el cansancio me venció y me dejé arrastrar por el sueño.