ONCE
Georgia
L a mañana del miércoles amaneció con un cielo plomizo que amenazaba lluvia sobre los tejados de Wildwater Falls, un clima que encajaba perfectamente con el nudo de tensión que me apretaba el estómago.
Me senté en una de las pesadas sillas de cuero de la sala de juntas del Hospital Regional, alisándome los pantalones del traje de chaqueta oscuro que había elegido para la ocasión.
Pero hoy no había escondite posible.
La sala de juntas estaba abarrotada. A un lado de la inmensa mesa de caoba se sentaban los mandos de la base de rescate aéreo y de la academia, liderados por el comandante Harris.
Al otro lado, los trajes grises y azules de los miembros de la junta de accionistas del hospital.
Y en la cabecera, flanqueado por Sloane y por mí, estaba Luke.
Mantuve la vista fija en mis folios impresos, sintiendo un cosquilleo de nerviosismo en la nuca. No me gustaba hablar en público. Y menos frente a una docena de accionistas que medían el valor de un hospital exclusivamente por su rentabilidad.
La reunión comenzó con Sloane proyectando las cifras globales en la pantalla.
Nuestra directora médica presentó el plan logístico y financiero con su habitual precisión clínica, desglosando el coste de fusionar las operaciones del hospital con los programas formativos de la academia de rescate.
Tras ella, Hannah se levantó. Con la seguridad arrolladora que la caracterizaba en los quirófanos, la jefa de trauma expuso la necesidad de renovar las mesas quirúrgicas y adquirir ecógrafos de última generación para absorber el flujo de cadetes.
Cuando Hannah volvió a sentarse, Sloane me cedió la palabra.
Me puse en pie, ignorando la leve punzada en las costillas al enderezar la espalda.
Sabía que mi parte era la más difícil de tragar para la junta.
Las mejoras en el área de urgencias iban a ser, con diferencia, las más caras.
Era la sala que menos se había remodelado a lo largo de las últimas dos décadas.
—Como pueden ver en el dossier que tienen delante —comencé, esforzándome por mantener la voz firme y profesional, proyectándola hacia los trajes grises del fondo—, la deficiencia en urgencias es estructural.
No necesitamos parches; necesitamos una remodelación integral.
Si queremos dar un impulso extra para lograr ser un área de formación de primer nivel, el equipamiento, la infraestructura y la contratación de personal especializado son inminentes e innegociables.
Cambié la diapositiva, mostrando los planos que habíamos diseñado.
—Además de la ampliación de los boxes de triaje, hemos diseñado un plan para establecer un nuevo centro de comunicaciones unificado dentro del propio hospital.
Una sala que centralice la recepción de los traumas coordine la disponibilidad médica en tiempo real y enlace directamente con las frecuencias de la base de rescate aéreo del comandante Harris.
En cuanto pronuncié las últimas palabras, el ambiente en la sala cambió.
El escepticismo se materializó en la figura de uno de los miembros más veteranos de la junta directiva, un hombre de pelo cano y gafas de montura fina que dejó caer su bolígrafo sobre la mesa con un chasquido.
Sabía que meses atrás Luke había lidiado con otro miembro de la junta cuando quisieron imponer una unidad, innecesariamente cara, de cirugía cardiotorácica.
El resultado se saldó con el accionista y un cirujano de Portland detenidos por intento de estafa.
Así que los nuevos planes de Luke estaban siendo acogidos con cierta reserva.
—Doctora Robbins, con todos los respetos —interrumpió el directivo, cruzándose de brazos—.
Estamos hablando de una inversión desproporcionada.
Sus planes de remodelación exigen una inyección de capital inminente y colosal, pero los beneficios financieros de estas mejoras son, en el mejor de los casos, a muy largo plazo, y en el peor, directamente inexistentes.
El hospital ya cuenta con radios para comunicarse con los helicópteros.
No veo la necesidad de dilapidar fondos en una central de comunicaciones que no va a generar ingresos directos.
Me tensé. Apreté las manos en el borde de la mesa, preparándome para defender mi terreno.
—Señor, con una central unificada reduciríamos el tiempo de respuesta en un treinta por ciento. En traumas severos, ese tiempo es la diferencia entre...
—Es la diferencia entre la vida y la muerte.
Me giré, sorprendida. Luke acababa de tomar la palabra. Se había inclinado hacia adelante en su sillón de la cabecera, apoyando los antebrazos sobre la caoba, y había fijado sus ojos de depredador en el directivo de pelo cano.
—No estamos aquí para debatir sobre márgenes de beneficio económico, Thomas —sentenció Luke, con un tono tan frío que bajó la temperatura de la sala—.
Estamos hablando de beneficio humano. De salvar vidas.
Y, francamente, me sorprende que alguien con su experiencia sea incapaz de ver la brillantez del plan que han diseñado la doctora Robbins y la doctora O'Malley.
El silencio cayó a plomo sobre la mesa. El directivo tragó saliva, visiblemente incómodo bajo el escrutinio de Luke, pero intentó mantener el pulso.
—Señor Holloway, como accionistas debemos velar por la viabilidad de...
—La viabilidad de este hospital pasa por dejar de operar como si estuviéramos en el siglo pasado —lo interrumpió Luke de nuevo, sin levantar la voz, pero con una contundencia que no admitía réplicas.
Me quedé sin aliento. Luke giró la cabeza un milímetro, lo justo para mirarme de reojo, y luego volvió a encarar a la junta.
—El centro de comunicaciones unificado que propone la doctora Robbins es la piedra angular de toda la reestructuración.
Es una idea excepcionalmente diseñada y logísticamente impecable.
Centralizar la información entre la base de rescate y nuestros boxes no es un capricho, es una necesidad operativa.
Me quedé paralizada, escuchando cómo Luke me defendía frente a la junta. Su tono no dejaba espacio a la duda. Mostraba una lealtad férrea hacia mi trabajo. La forma en la que pronunciaba «el plan que propone la doctora Robbins» estaba teñida de algo que se parecía peligrosamente al orgullo puro.
El comandante Harris asintió lentamente desde el otro lado de la mesa.
—Mis pilotos y rescatadores se beneficiarían enormemente de ese protocolo directo con urgencias. Apoyo la moción de la doctora, y coincido con el señor Holloway.
El directivo canoso se removió en su silla, arrinconado, pero insistió en su última baza.
—Sigue siendo una inyección de capital enorme. La junta de accionistas podría negarse a asumir ese nivel de riesgo sin un estudio de rentabilidad previo de, al menos, seis meses.
Luke se recostó en su sillón. Una sonrisa lobuna asomó a sus labios. Se ajustó el botón de la chaqueta del traje y soltó el golpe de gracia.
—Si la junta de accionistas de este hospital se niega a invertir en el plan de la doctora Robbins, no hay ningún problema —dijo Luke, con una calma aterradora—.
Porque lo haré yo. Me encargaré yo personalmente, junto con un par de socios privados, de inyectar el capital y sacar la reestructuración adelante.
Pero si lo hago, les aseguro que ustedes perderán cualquier poder de decisión sobre la futura ala de formación.
Nadie se atrevió a respirar. La amenaza velada de Luke flotó en el aire, aplastando cualquier atisbo de rebelión.
Los números del proyecto eran brillantes, el trabajo era titánico, y todos en esa sala sabían perfectamente que Luke Holloway tenía el poder adquisitivo, la influencia y el carácter para dejarlos fuera de la ecuación si se interponían en su camino.
Uno tras otro, los miembros de la junta fueron asintiendo, rindiéndose a la evidencia, dando la razón a Luke y aprobando la reestructuración.
Me senté lentamente en mi silla, con el corazón latiéndome desbocado en la garganta. Miré a Luke de perfil. Su mandíbula estaba tensa, acababa de doblegar a una sala entera llena de hombres de negocios sin dudar una sola fracción de segundo.
Una ola de profunda admiración me inundó el pecho. El chico de veintidós años que me regalaba flores silvestres y olía a humo de bosque había desaparecido, sí. Pero el hombre en el que se había convertido... Dios, era formidable. Y yo no podía apartar los ojos de él.
✽✽✽
El murmullo de los pasillos del hospital me parecía lejano mientras caminaba hacia la pequeña sala de descanso de los médicos.
Todavía sentía la adrenalina de la reunión bombeando por mis venas.
Luke me había defendido. Había puesto contra las cuerdas a la junta directiva entera por proteger mi proyecto.
Sabía que era un proyecto de todos y que lo habíamos diseñado junto con él.
Pero, aun así, oírlo defenderme era increíble.
Escuché el sonido inconfundible de sus pasos a mis espaldas, acortando la distancia con zancadas firmes. Me detuve en mitad del pasillo vacío y me giré para encararlo.
—Gracias —le dije, rompiendo el hielo, mirándolo a los ojos con sinceridad—. Por el apoyo ahí dentro. No tenías por qué hacerlo.
Luke metió las manos en los bolsillos del pantalón, deteniéndose a un metro de distancia. Su postura era relajada, desprovista de esa hostilidad que me había estado regalando.
—Iba a la sala de descanso a por un café —añadí, un poco descolocada por la falta de tensión asesina entre nosotros.
—En ese caso —respondió Luke, esbozando una levísima sonrisa ladeada, una que me recordó dolorosamente al chico del que me enamoré—, puedes invitarme a uno en agradecimiento por mi inestimable ayuda frente a la junta.
Me quedé parpadeando, sorprendida por el cambio radical en su actitud. No había sarcasmo envenenado, parecía francamente sincero. Asentí, tragando saliva, y retomé el camino hacia la sala, con él siguiéndome de cerca.