ONCE #2
En cuanto cruzamos el umbral de la pequeña habitación, cerré la puerta tras de mí, y me dirigí a la pared opuesta. La cafetera de filtro goteaba lentamente en una esquina.
—Tengo que admitirlo —dije, apoyándome contra la pequeña mesa mientras él se quedaba cerca de la puerta—. Ha sido increíblemente divertido ver la cara de pánico de la junta de accionistas cuando les has dicho que no necesitabas su dinero para llevar a cabo el plan.
Luke soltó una carcajada baja y ronca.
—Thomas casi se traga la corbata —replicó con ironía—. Están tan acostumbrados a que todo el mundo les rinda pleitesía que olvidan quién tiene realmente la sartén por el mango.
Nos reímos. Fue un sonido suave, cómplice, y por un segundo, la brecha de doce años que nos separaba pareció desvanecerse.
Las risas se apagaron lentamente.
El silencio cayó sobre la sala de descanso.
Nuestras miradas se engancharon. La tensión sexual, acumulada y latente desde nuestro último encuentro furtivo en esa misma sala, empezó a crecer.
Me moría de ganas de volver a besarlo. Me consumía la necesidad de tocarlo, de sentir el peso de sus manos sobre mi cuerpo, de perderme en él, aunque solo fuera por unos minutos.
Di un paso hacia él. Luego otro.
Observé cómo la mirada ambarina de Luke se oscurecía. La diversión desapareció de sus facciones, sustituida por un anhelo crudo. El deseo le tensó la mandíbula y le hizo tragar saliva con dificultad.
Me acerqué un poco más, de forma tentativa, buscando alguna señal de rechazo, pero lo único que encontré en sus ojos fue una invitación.
Levanté el rostro y, despacio, como si temiera que se rompiera, pegué mis labios a los suyos. Fue un beso suave. Delicado. Una pregunta formulada en la penumbra de la sala.
La respuesta de Luke fue una maldita explosión.
Lo que había empezado con delicadeza se transformó en puro fuego al primer roce.
Luke soltó un gruñido desde el fondo de la garganta, levantó una mano y hundió los dedos en mi pelo, agarrando los mechones caoba de mi nuca con firmeza para tirar de mí y aplastar mi boca contra la suya.
Me saqueó. Su lengua se abrió paso con una urgencia salvaje robándome el aliento.
Levantó su mano libre y me sujetó la barbilla, inclinando mi cabeza para tener mejor acceso, y luego bajó sus dedos, grandes y cálidos, hasta apoyar las yemas exactamente sobre el lateral de mi garganta.
El pulso me latía desbocado bajo su tacto. Sentirle allí, comprobando el ritmo errático de mi corazón, fue como un cortocircuito. Un gemido se me escapó contra su boca.
Llevé mis manos hacia su cintura, desesperada por tocarle.
Mis dedos buscaron la cremallera de su pantalón de traje, exactamente igual que la última vez.
La bajé unos centímetros y deslicé la mano bajo la tela, encontrando la rigidez caliente de su erección cubierta por la ropa interior.
Le di un par de pasadas firmes, arrancándole un suspiro ronco que vibró en sus labios, pero no era suficiente.
Necesitaba más de él. Necesitaba sentir su piel desnuda bajo mis palmas. Quería tocar su pecho, sus hombros, rodearlo por completo.
Mientras Luke seguía inmovilizando mi rostro y devorando mi boca, levanté las manos desde su cintura y fui a desabrochar los botones de su americana oscura y de su camisa blanca.
En el instante exacto en que mis dedos tiraron del primer botón del pecho, todo se congeló.
Luke abrió los ojos de golpe. Su cuerpo, que un segundo antes estaba fundido con el mío, se puso rígido como una tabla de acero.
Soltó mi nuca y, con una rapidez pasmosa, me sujetó ambas muñecas con una firmeza que rozaba el dolor, impidiendo que mis manos avanzaran un milímetro más sobre su camisa.
Dio un paso atrás, rompiendo el beso y alejándose de mí, con el pecho subiendo y bajando agitadamente.
Me quedé con las manos apresadas en las suyas, respirando a duras penas, con los labios hinchados y la mente ofuscada por la interrupción brusca. Levanté la cabeza, mirándolo con absoluta confusión.
—¿Qué... qué pasa? —pregunte, con la voz temblorosa por la falta de oxígeno.
—Nada —respondió Luke. Su voz sonó extrañamente ronca, pero su expresión se había cerrado por completo.
—Luke... quiero tocarte.
—No —me cortó.
Aflojó el agarre de mis muñecas, pero no me soltó del todo. Estaba dispuesto a dejarse bajar los pantalones un poco más, estaba dispuesto a permitir que lo masturbara contra la pared como hacíamos últimamente, pero me estaba impidiendo quitarle la ropa.
La comprensión me cayó encima como un cubo de agua helada. Me di cuenta de que no quería que tocara su pecho. No quería que lo viera sin ropa. No quería intimidad real.
La vergüenza me subió por el cuello, ardiéndome en las mejillas. De repente, la sala de descanso me pareció un lugar sórdido. Me sentí tan humillada. Tan rebajada.
Desde que había regresado, lo único que habíamos compartido eran estos pequeños actos furtivos, sexuales y cargados de resentimiento.
Encuentros secretos a puerta cerrada donde yo le daba placer, pero él me mantenía a un millón de kilómetros de distancia, de su corazón y de su confianza.
Luke jamás me iba a dejar ir más allá de su cremallera.
Me estaba usando para saciar una necesidad física, para calmar el fuego que ambos compartíamos, pero se negaba a entregarme nada de sí mismo.
Me liberé de su agarre con un tirón seco, dando dos pasos hacia atrás hasta chocar con la encimera.
—Gia... —murmuró Luke, dando un paso hacia mí. Intentó volver a acercarse, levantando una mano para buscar mi rostro e intentar besarme de nuevo, como si pudiera tapar el agujero que acababa de abrir.
Aparté la cara con brusquedad, levantando ambas manos para frenarlo.
—No. Para. No me toques —le exigí, con la voz rota.
Luke se detuvo, con la confusión reflejada ahora en sus propios ojos ambarinos.
—Por favor, Luke... no me busques más —le pedí. El nudo en mi garganta era tan grande que apenas podía articular las palabras, pero tenía que decirlas—. Necesito que pares.
—Gia, ¿qué demonios...? No es lo que...
—Necesito alejarme de ti —lo interrumpí, cruzándome de brazos para evitar que viera cómo me temblaban las manos—.
Necesito dejar de sentir esta maldita necesidad constante por un hombre que jamás me va a dejar entrar.
Nunca vas a volver a abrirte conmigo, Luke.
Me usas en rincones escondidos porque es lo único que estás dispuesto a darme.
Él abrió la boca para replicar, para justificarse, pero no le dejé.
—Y lo entiendo —añadí, bajando la vista al suelo de linóleo, tragándome las lágrimas—. Entiendo que jamás me vayas a perdonar. Puede que ni siquiera merezca tu perdón. Lo que te hice no tiene justificación. Pero no voy a seguir siendo un secreto sucio en la sala de descanso. Se acabó.
Levanté la barbilla, mirándolo a los ojos una última vez. Estaba decidida. Iba a extirpar este sentimiento, aunque me costara la vida. Estaba decidida a superar a Luke Holloway.
Me di media vuelta, abrí la puerta de la sala y salí al pasillo, marchándome a paso rápido y dejando a Luke allí plantado, solo, subiéndose la cremallera de los pantalones y con una expresión de absoluta y devastadora confusión en el rostro.
✽✽✽
Llamé a la puerta y mi hermana me abrió a los pocos segundos. Llevaba ropa cómoda, el pelo recogido en un moño desordenado y una sonrisa luminosa de bienvenida que se le borró de la cara en el instante exacto en que vio mi expresión.
No me había permitido soltar ni una sola lágrima desde que dejé a Luke plantado en la sala de descanso del hospital unas horas antes.
Había conducido hasta aquí en un estado de disociación absoluta, con la mandíbula apretada hasta que me dolieron los dientes y las manos aferradas al volante hasta que los nudillos se me quedaron blancos.
Había aguantado la compostura con una disciplina de hierro.
Pero cuando Savannah cerró la puerta a mis espaldas, se giró hacia mí y me hizo la primera pregunta, me vine abajo.
—Gia, cariño, ¿qué ha pasado?
Fue un llanto feo, descontrolado y desgarrador.
Las rodillas me temblaron y Savannah apenas tuvo tiempo de agarrarme por los hombros para guiarme hasta el sofá del salón antes de que me dejara caer, escondiendo la cara entre las manos.
Lloré con hipos que me rasgaban la garganta y me hacían ver las estrellas por el dolor en mis costillas magulladas, pero no podía parar.
—No puedo más, Sav... —sollocé, ahogándome en mis propias palabras mientras ella se sentaba a mi lado y me rodeaba con los brazos, pegándome a su pecho—. No soporto más esta situación con él. No aguanto este tira y afloja constante.
Savannah me acarició el pelo en silencio, dejándome purgar el dolor.
—El ver su enfado todo el tiempo... el hielo en sus ojos...
y luego los arrebatos pasionales —continué, balbuceando contra su hombro, sintiéndome patética—.
Me busca, me arrincona y me hace perder la cabeza, pero siempre me mantiene en la periferia de su vida.
Me usa, pero no me deja entrar. Se niega a abrirse de nuevo.
No hay ninguna posibilidad de que me perdone nunca.
Me quedé llorando en sus brazos durante lo que parecieron horas, manchándole la camiseta con mis lágrimas, hasta que el pecho me dolió tanto por la falta de oxígeno que los sollozos se convirtieron en hipos secos.
Savannah me sostuvo con firmeza. Esperó pacientemente a que mi respiración se estabilizara, pasándome una mano por la espalda con un ritmo tranquilizador. Cuando sintió que ya no me estaba desmoronando físicamente, se separó un poco, me agarró por los hombros y me obligó a mirarla.
Sus ojos avellana estaban húmedos, pero su expresión era de una claridad y una dureza que me sobrecogió.
—Gia, mírame —me pidió, y su voz no tembló—. Quizá... quizá deberías plantearte decirle la verdad a Luke. Contarle lo que realmente pasó aquella noche.
Me aparté de ella, sacudiendo la cabeza con tanta violencia que me mareé.