DIEZ #3
Me quedé paralizado, sintiendo que el aire se volvía más denso a mi alrededor.
—Un motivo enorme, Luke —continuó mi madre, marcando cada palabra—. Algo tan jodidamente grande que, en su cabeza, quizá justifique todo lo que hizo después. No existe el azar en situaciones tan extremas. Hay causa y efecto.
Lily se levantó del banco de madera. Rodeó la pequeña mesa circular y se paró a mi lado. Me agarró por los hombros y me dio un abrazo apretado, fuerte, transmitiéndome toda la seguridad que me faltaba en ese momento. Se inclinó y me susurró al oído.
—Si de verdad quieres respuestas, Luke, la única forma de obtenerlas es empezar a hacer las preguntas correctas a la persona indicada. Es la única manera de saber qué sucedió realmente aquella madrugada. Y es la única forma de saber, al fin, si hay algo que salvar entre Georgia y tú.
Me dio un beso sonoro en la mejilla, me alborotó el pelo como si volviera a tener cinco años y salió del cenador, dejándome a solas bajo las sombras de los sauces, con la cabeza convertida en un auténtico caos.
Me quedé mirando el cristal vacío de la botella.
¿Y si mi madre tenía razón? ¿Y si todos estos años de rencor habían estado fundamentados en una mentira? ¿Y si de verdad existía una razón oculta que justificaba su huida?
✽✽✽
Había acortado el viaje. Debería haberme quedado en West Linn hasta el lunes por la mañana, pero el domingo por la tarde, tras la conversación con mi madre en el jardín, el aire de la ciudad se volvió asfixiante.
Me despedí de Rosalie y de Marcus con excusas vagas sobre una reunión imprevista de la junta, subí al coche y pisé el acelerador.
No podía seguir alejándome de ella. Y lo que era infinitamente más aterrador: estaba empezando a aceptar que tampoco quería hacerlo.
Había pasado casi una semana entera. Seis días desde el incidente en la sala de urgencias. No había vuelto a cruzarme con ella en los pasillos antes de marcharme a la ciudad. Y esa ausencia me había provocado un síndrome de abstinencia brutal.
Durante los últimos doce años de mi vida, había tratado mi debilidad por Georgia Robbins como si fuera un problema.
Como una enfermedad que se me había alojado en el sistema y que me impedía avanzar.
La combatí con todas mis armas. Intenté quemar la infección a base de rabia, la ahogué en horas de trabajo agotador en los bosques de Redmond, e incluso intenté curarla con un matrimonio que acabó en desastre.
Todo por el empeño de convencerme a mí mismo de que seguir sintiendo algo por Gia era una debilidad que me hacía vulnerable y patético.
Pero mientras los faros de mi coche rasgaban la oscuridad de la carretera de montaña, las barreras se vinieron abajo.
Las palabras de Leah en el porche de mi cabaña y las de mi madre en el cenador habían actuado como un ariete contra mis defensas. Me había pasado más de una década repitiéndome frente al espejo que ya la había superado, que debía pasar página.
Solté el aire en un suspiro largo y tembloroso, aflojando ligeramente el agarre sobre el volante.
No quería superar a Georgia.
La cruda realidad era que no quería curarme de esta jodida enfermedad.
No quería pasar página, porque pasar página significaba un futuro en el que sus ojos avellana ya no me miraran con esa mezcla de desafío y deseo.
Significaba renunciar al calor de su piel, a la ferocidad de su carácter, a la única mujer que había logrado hacerme sentir que el mundo entero tenía sentido cuando estábamos juntos. No quería alejarme de ella y punto.
El paisaje empezó a volverse más escarpado, la carretera trazando curvas cerradas a medida que me adentraba en el valle. Bajé un par de centímetros la ventanilla, dejando que el aire fresco de la noche, cargado de olor a pino húmedo y a tierra, me golpeara el rostro.
El eco de la voz de mi madre resonó en el habitáculo del coche, superando el ruido del viento.
¿Y si era cierto? ¿Y si, cegado por el dolor de la pérdida de mi padre y el abandono simultáneo, jamás me había detenido a mirar el cuadro completo?
La había juzgado, condenado y sentenciado en mi cabeza sin concederle el beneficio de la duda.
Si realmente existía ese motivo, que la había obligado a huir para protegerme o protegerse... lo cambiaba absolutamente todo.
Si ese motivo existía, quizá estos doce años de vacío, hubieran tenido sentido.
El cartel verde de madera que daba la bienvenida al municipio de Wildwater Falls apareció en el arcén, iluminado fugazmente por mis faros.
Pisé el embrague y reduje la marcha, sintiendo que una determinación férrea se asentaba en mi estómago. Ya no era el chico de veintitrés años que se había derrumbado en el suelo de un hospital. Era un hombre dispuesto a derribar cada puto muro que ella hubiera levantado a su alrededor.
Iba a hacer exactamente lo que mi madre me había aconsejado. Iba a hacerle las preguntas correctas, y no pensaba dejarla escapar hasta que me diera la verdad, por muy dolorosa que fuera. Iba a luchar por ella.