Hollow (Wildwater Falls 6) DIEZ
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Luke

E l murmullo elegante de las conversaciones, salpicado por el tintineo de las copas de cristal de Bohemia, flotaba sobre el inmaculado jardín trasero de la casa de mi madre en West Linn.

El césped estaba cortado con una precisión casi quirúrgica, rodeado de parterres de hortensias blancas y farolillos de papel que empezaban a encenderse con la caída de la tarde.

Estaba rodeado por el círculo íntimo de mi familia materna: amigos de mi madre y mi padrastro, socios del bufete de abogados, gente de clase alta, acomodada y vestida con lino y seda, entremezclados con el ruidoso grupo universitario de los amigos de mi hermana.

Me apoyé contra el tronco de un viejo roble, sosteniendo un vaso de bourbon con hielo, y dejé que mi mirada vagara hacia el interior de la casa a través del enorme ventanal del salón.

Allí estaban Lily y Rosalie. Mi madre y mi hermana pequeña eran como dos gotas de agua.

Ambas compartían una elegancia innata, con el pelo rubio oscuro cayéndoles en ondas perfectas sobre los hombros, una complexión alta, esbelta, de rostros delicados y aristocráticos.

Eran dos bellezas indiscutibles. Y ambas tenían unos ojos grandes, de un color ámbar intenso.

Era el único rasgo físico evidente que yo compartía con ellas.

Todo lo demás en mí, desde el pelo oscuro y espeso hasta mi altura y la corpulencia ancha de mi espalda, era herencia directa de Marvin Anderson.

—Es una fiesta estupenda, Luke. Me alegro de que hayas podido venir.

Giré la cabeza. Marcus, mi padrastro, se había acercado en silencio por mi izquierda, sosteniendo su propia copa. Era un hombre serio, de cincuenta y pocos años, impecablemente vestido con un traje gris claro a medida.

—No me habría perdido el cumpleaños de Rosalie por nada del mundo, Marcus —respondí, chocando suavemente mi vaso contra el suyo en un saludo cordial.

—¿Qué tal van las cosas por Wildwater Falls? Escuché que la junta del Regional aprobó tu última inyección de capital para la unidad de trauma.

—Va bien. Estamos ajustando los presupuestos, pero la reestructuración avanza según lo previsto —respondí de forma breve.

Sabía que ese era el único punto de fricción entre nosotros. Marcus, como abogado corporativo, siempre había sentido un interés natural por los inmensos negocios madereros e inmobiliarios de mis abuelos maternos, y ellos mismos incentivaron esa cercanía durante años.

Siempre sentí que Marcus esperaba acabar controlando la herencia.

Al fin y al cabo, para mis abuelos yo era solo un smokejumper cubierto de hollín, un bombero sin el menor interés corporativo.

Y así habría sido, si yo no hubiera visto la oportunidad de utilizar ese legado, blindado durante veinte años, para hacer lo que me daba la gana: forzar mejoras laborales en los aserraderos, introducir cambios estructurales en los hospitales de la junta y, en definitiva, mejorar la vida de las personas que se jugaban el cuello en el bosque.

Marcus tenía una visión muy diferente a la mía.

Jamás me lo dijo de forma directa, jamás me exigió nada, ni me echó en cara que mi abuelo hubiera cambiado el testamento en el último momento.

Pero, de alguna forma, yo siempre evitaba profundizar en temas financieros con él.

El hecho de que fuera yo, y no Marcus, el único albacea y custodio del millonario fideicomiso de Rosalie, hacía que la situación fuera un poco más compleja de digerir para él.

—Me alegro de que el hospital prospere —asintió Marcus, dándole un sorbo a su bebida.

—Gracias. Y felicidades por la fiesta, por cierto. El catering es espectacular.

Antes de que Marcus pudiera responder, las puertas de cristal del ventanal se abrieron de par en par.

Lily y Rosalie salieron al jardín para unirse al grueso de la fiesta, atrayendo todas las miradas.

Mi hermana pequeña era un torbellino absoluto.

Divertida, risueña, ruidosa y una loca maravillosa que no tenía filtro alguno.

Me encantaba ese carácter desinhibido; era el soplo de aire fresco que nuestra familia necesitaba.

Lily caminaba un paso por detrás de ella, intentando contener la energía desbordante de su hija con murmullos educados, pero Rosalie la ignoró por completo en cuanto me localizó junto al roble.

—¡Luke! —gritó mi hermana, cruzando el césped a la carrera con sus tacones altos, casi tropezando antes de lanzarse a mis brazos.

Solté una carcajada, agarrándola por la cintura para estabilizarla y dándole un abrazo que la levantó un palmo del suelo.

—Felicidades, pequeña renacuaja —le dije, dejándola en el suelo y apartándole un mechón de pelo rubio de la cara—. Veintiún años. Oficialmente adulta en todo el país. Ya era hora.

—No te pongas paternal conmigo, Holloway —bromeó ella, dándome un codazo en las costillas—. Más te vale que el regalo compense tu ausencia de las últimas semanas.

Lily llegó a nuestro lado, negando con la cabeza, escandalizada por la falta de modales, pero con una sonrisa indulgente en los labios.

—No le exijas regalos a tu hermano, Rosalie. Ya ha hecho bastante viniendo hasta aquí.

—Tonterías. Sabe que soy su persona favorita en el mundo —replicó mi hermana, extendiendo la mano hacia mí, expectante.

Me reí, metí la mano libre en el bolsillo interior de mi chaqueta y saqué un sencillo sobre negro de papel grueso. Se lo tendí.

Rosalie lo agarró, rompió el sello de cera con impaciencia y sacó los billetes y el itinerario impreso. Sus grandes ojos ámbar se abrieron de par en par, leyendo las letras en negrita. Se quedó sin respiración durante un segundo entero.

—¡Dios mío! —chilló, dando un salto en el sitio—. ¡Un viaje a Italia! ¡Tres semanas enteras! ¡Con hoteles, excursiones y los vuelos pagados! ¡Luke, estás loco!

—Roma, Florencia y la costa Amalfitana —enumeré, con una sonrisa ladeada—. Tienes todos los meses de verano para irte y divertirte antes de empezar tu último año de universidad. Llévate a un par de amigas y quema Italia.

Rosalie no dijo nada más. Se lanzó de nuevo a mis brazos, apretándome el cuello con fuerza, antes de salir disparada hacia el otro extremo del jardín, gritando emocionada hacia su grupo de amigas universitarias para mostrarles los billetes.

Lily se acercó, me puso una mano delicada en el brazo y se puso de puntillas para darme un beso en la mejilla. El olor a su perfume francés era familiar y reconfortante.

—La consientes demasiado, Luke —me reprendió con suavidad—. Ese viaje es una barbaridad de dinero.

—Creo que me lo puedo permitir, mamá, no te preocupes —le quité importancia, dándole un apretón en la mano—. Es su veintiuno cumpleaños. Me encanta verla tan feliz. Se lo merece.

Lily me miró un momento, manteniendo su mano apoyada en mi brazo. La sonrisa indulgente desapareció poco a poco de sus labios, sustituida por esa preocupación maternal que yo detestaba provocarle.

—Me alegra que te guste verla feliz —murmuró mi madre, entornando los ojos—. Ahora la pregunta es, ¿cómo estás tú? ¿Cómo te va realmente en Wildwater Falls, Luke?

Tragué saliva, apretando los dedos alrededor del vaso de cristal.

Ya sabía lo que venía. Mi madre se preocupaba en exceso por mí.

No quería que yo sintiera angustia ni que la oscuridad me engullera.

Su instinto siempre había sido protegerme, incluso cuando yo no quería ser protegido.

Lily jamás había llegado a aceptar del todo a Leah; en el fondo, yo sabía que mi madre consideraba a mi exmujer una chica demasiado sencilla, no era lo que esperaba de la mujer que me acompañara.

Pero a pesar de todo, mi madre me quería incondicionalmente, y ver cómo mi matrimonio se desmoronaba la había afectado.

Respiré hondo. Sabía que no podía seguir huyendo hacia adelante. Si quería ordenar mi cabeza, tenía que empezar por soltar lastre. Tenía que explicarle bien las cosas a mi madre. Tenía que hablarle, por primera vez de la única persona cuyo nombre ella aún desconocía. Georgia.

—Mamá —dije, con la voz volviéndose repentinamente grave—. ¿Tienes cinco minutos? Necesito charlar contigo a solas.

Lily captó el cambio en mi tono de inmediato. La alarma brilló en el fondo de sus ojos ámbar, pero su compostura fue impecable. Soltó mi brazo, se giró hacia su marido y le hizo un gesto sutil.

—Marcus, querido —le llamó, con una voz suave pero firme—. ¿Te importaría acercarte a la mesa de bebidas y asegurarte de que no falte champán? Luke y yo vamos a apartarnos un momento.

Marcus asintió, comprendiendo la indirecta, y se alejó hacia los invitados.

Mi madre me tomó del codo y me dirigió lejos de las luces, hacia una zona del jardín cerrada a los invitados.

Era un pequeño cenador octogonal de madera blanca, resguardado bajo la sombra de unos sauces llorones, con una mesa redonda, bancos acolchados y una pequeña nevera disimulada bajo una encimera rústica.

Era un rincón íntimo, aislado del resto.

Nos detuvimos bajo la estructura de madera.

Para mi sorpresa, Lily ignoró mi vaso de bourbon a medio terminar.

Se agachó, abrió la pequeña nevera y sacó dos botellas de cerveza artesanal heladas.

Usó el abridor anclado a la pared con una destreza que me recordó que, antes de ser una rica esposa de West Linn, había sido una madre soltera que trabajaba a turnos.

Me tendió una de las botellas frías. El cristal empañado humedeció mis dedos.

Lily se sentó en el banco acolchado, cruzó las piernas con elegancia, le dio un trago directo a la boca de la botella de cristal y me miró fijamente.

—Soy toda oídos, Luke. Cuéntamelo todo.

Me senté frente a mi madre en el banco acolchado del cenador, escuchando la música amortiguada de la fiesta a lo lejos. Le di un trago a la cerveza artesanal, buscando el valor para desenterrar un cadáver que llevaba más de una década pudriéndose bajo la alfombra.