NUEVE #3
Asintió brevemente con la cabeza, se giró y apartó la cortina para marcharse, dejándome completamente sola en el silencio del box.
Me quedé allí parada, mirando la tela verde balancearse en el aire, sintiendo el rastro fantasma de su pulgar en mi mejilla. Algo había pasado. Sentí que algo había cambiado en Luke. No sabía exactamente el qué, ni qué significaba esa sobreprotección feroz, pero una cosa estaba clara.
Parecía odiarme un poco menos.
✽✽✽
El martes por la mañana, la luz que se colaba por la ventana de mi cabaña me despertó con una punzada directa en las retinas.
Intenté girarme sobre el colchón, pero un dolor agudo y punzante en el costado derecho me robó el aliento de golpe.
Estaba dolorida hasta los huesos, como si me hubieran dado una paliza.
Y, técnicamente, eso era justo lo que había pasado.
Tras ponerme los puntos de aproximación y revisar las radiografías para cerciorarse de que no tenía ninguna costilla rota, Mac había sido inflexible.
Me ordenó que me fuera a casa de inmediato.
Yo había intentado protestar, negándome a dejarlo solo ante una sala de urgencias completamente colapsada, pero él solo me miró y me dijo que me fuera a casa
—Vete a casa, Gia. Una sala llena de caos y tíos fuera de sí con heridas de todo tipo es exactamente mi elemento.
Yo acabé asintiendo, tragándome el orgullo, porque realmente me dolían las costillas a cada respiración y la cara me palpitaba como si tuviera un corazón propio latiendo bajo el parche.
Así que allí estaba, gozando de un obligado día de descanso antes de regresar a mi puesto.
Me quedé tumbada boca arriba, inmóvil entre las sábanas, dejando pasar el tiempo antes de levantarme. Dejé escapar un suspiro lento y cerré los ojos.
Lo vi de nuevo sujetando la cortina verde del box, con la respiración agitada y los ojos dorados desorbitados por el pánico.
Escuché su voz ronca, confesando que tenía ganas de matar a alguien por haberme hecho daño.
Y, sobre todo, sentí el calor fantasma de su pulgar trazando con infinita delicadeza la línea de mi pómulo magullado. Dios, cómo echaba de menos a ese Luke.
Ese destello que vi ayer me hizo sentir algo cálido expandiéndose en el pecho. Algo dolorosamente cercano a sentirme como en mi hogar de nuevo.
El zumbido vibrante de mi teléfono sobre la mesita de noche me arrancó de mis ensoñaciones.
Alargué el brazo izquierdo, reprimiendo un quejido al estirar el torso, y cogí el aparato. La pantalla iluminada mostraba un mensaje de texto de Evelyn. Mi madre.
La bilis me subió por la garganta antes incluso de abrirlo. Era un mensaje cargado hasta los topes de ese narcisismo manipulador del que siempre hacía gala.
Evelyn: Gigi, he estado pensando en pasar la temporada de verano en Wildwater Falls.
Me vendrá bien el aire de la montaña. Supongo que podrás cederme la segunda habitación de tu cabaña sin problemas.
Avísame para que envíe un par de maletas por adelantado con el servicio de paquetería.
Quizá pueda aprovechar para ver a Nana también.
Gigi. Odiaba ese maldito apodo con toda mi alma, pero no lo odiaba tanto como el desprecio condescendiente que escondía el apodo de Nana para referirse a Savannah.
Resoplé con tanta fuerza que el movimiento me tiró de las costillas.
Dejé caer la cabeza contra la almohada, apretando el teléfono con furia.
Durante los últimos doce años, me había tragado todo mi orgullo.
Me había pasado más de una década aguantando sus tonterías, sus demandas absurdas y sus críticas constantes en mi apartamento de Portland, ofreciéndome como diana voluntaria única y exclusivamente para mantenerla alejada de Savannah.
Pero las reglas del juego habían cambiado.
Ahora Savannah tenía a Ian. Tenía a un hombre inmenso, sólido y protector que funcionaba como un muro de contención frente a las garras de Evelyn.
Mi hermana pequeña ya no me necesitaba para escudarla, lo que significaba que yo ya no tenía ningún interés en contentar a mi madre ni en seguir desviando su atención.
No tenía por qué aguantar ni una sola de sus mierdas nunca más.
Desbloqueé la pantalla, y empecé a teclear rápidamente.
Georgia: No. No puedes disponer de mi habitación y, desde luego, no puedes disponer de mi tiempo. Mantente alejada de Savannah y mantente alejada de mí. No vengas.
Le di a enviar, bloqueé la pantalla con un golpe seco y tiré el teléfono al otro lado de la cama.
Me negaba en rotundo a perder un solo segundo más de mi vida lidiando con esa mujer.
Y, por encima de todo, no podía permitir que pisara Wildwater Falls bajo ningún concepto, y mucho menos ahora que Luke estaba en el pueblo.
Si Evelyn captaba el más mínimo indicio, la más mínima sospecha de que existía alguna conexión entre el magnate Luke Holloway y yo, no nos la quitaríamos de encima jamás.
Yo ya había dañado suficiente a Luke en el pasado; no iba a permitir que mi madre apareciera ahora para terminar el trabajo.