NUEVE #2
—Gia, por favor, no seas cabezota. No quiero tener que lidiar con un traumatismo craneoencefálico oculto.
Estarás bien cuando yo diga que lo estás, no antes —me riñó Savannah, y la preocupación en sus ojos avellana era tan cruda que me obligó a guardar silencio.
Mojó una gasa estéril en suero fisiológico frío y empezó a limpiarme la sangre que me manchaba la piel y el cuello del pijama—.
Voy a ponerte unos puntos de aproximación.
Unas tiras adhesivas bien tensas. Son precisas y no te quedará casi cicatriz, pero te va a salir un hematoma del tamaño de una manzana.
Asentí despacio, rindiéndome, y cerré los ojos. Me dejé curar. El tacto de mi hermana era delicado, meticuloso, aplicando el antiséptico y luego la presión firme de los puntos adhesivos para cerrar la brecha sin necesidad de aguja e hilo. El escozor me hizo apretar los dientes.
—Listo —susurró Savannah, retirando las manos enguantadas.
Iba a abrir los ojos para darle las gracias cuando un ruido brutal nos cortó la respiración.
El sonido de las anillas metálicas siendo arrancadas casi de cuajo del riel del techo resonó como un disparo. La gruesa cortina verde del box se abrió con tal violencia que la tela ondeó en el aire.
Ambas dimos un respingo, sobresaltadas. Savannah instintivamente se puso delante de mí.
Pero al otro lado de la cortina no había ningún paciente enloquecido.
Era Luke.
Llevaba un traje de tres piezas impecable, gris oscuro, pero su aspecto era de todo menos profesional.
Tenía la corbata ligeramente aflojada. Su respiración era agitada, el pecho le subía y bajaba con violencia, y sus ojos ámbar estaban desorbitados, inyectados en una mezcla aterradora de pánico y un cabreo monumental que parecía capaz de incinerar el hospital entero.
Estaba tenso como la cuerda de un piano, mirando fijamente la sangre que me manchaba el cuello del pijama y el parche blanco que Savannah me acababa de colocar en el rostro.
—Buenos días, Luke.
Savannah lo saludó con una calma pasmosa. Viendo la alteración salvaje que irradiaba su cuerpo, mi hermana sacó a pasear ese temple de enfermera que utilizaba para desarmar a los familiares en la sala de espera.
—¿Qué demonios ha sucedido? —exigió saber él, con la voz convertida en un gruñido ronco que hizo vibrar el pequeño espacio.
—No es nada —me adelanté, intentando restarle importancia para frenar el huracán que estaba a punto de desatarse—. Solo era un borracho al que no hemos podido contener a tiempo. Cosas que pasan.
Luke ni siquiera me miró. Clavó sus ojos ambarinos directamente en mi hermana, ignorando mi respuesta por completo.
—Savannah. ¿Qué ha sucedido exactamente? —repitió, marcando cada sílaba con una frialdad cortante—. Y te pido que no le restes importancia a los hechos.
Savannah se cuadró ligeramente, adoptando su tono de jefa de área.
—Tenemos la sala de urgencias desbordada por una rave de fin de semana en el bosque.
Los hospitales de los dos condados limítrofes están igual.
Estamos lidiando con intoxicaciones etílicas, peleas masivas, accidentes y sobredosis.
Uno de los traslados en ambulancia era un chico de veinte años, obviamente violento y alterado.
Los paramédicos hicieron la transferencia a nuestra camilla, y antes de que los celadores pudieran asegurar la contención mecánica, el chico se soltó y atacó a Gia.
Luke estaba furioso. La furia emanaba de él en oleadas de calor. Aunque Savannah le estaba hablando, él no podía apartar la vista de mi pómulo herido.
—¿Por qué no se activaron los protocolos de seguridad? —demandó, apretando la mandíbula con tanta fuerza que el músculo masetero saltó bajo su piel.
—Lo hicimos, Luke. Por supuesto que activamos el código —replicó Savannah, manteniendo la paciencia profesional—.
Solo que no llegaron a tiempo. Para cuando los celadores alcanzaron la camilla, el chico ya tenía a Gia en el suelo y la había golpeado.
Los celadores y Mac se hicieron cargo de inmediato.
Mac lo sedó con ketamina intramuscular y me encargó sacar a Gia del box para evaluarla.
Me cansé del interrogatorio. Odiaba ser tratada como una víctima frágil, y odiaba aún más la forma en que él estaba cuestionando la eficacia de mi departamento.
—Todo el mundo ha actuado como debía, Luke —intervine, alzando la voz—. Yo estoy perfectamente bien. Un par de golpes no son absolutamente nada en comparación con las cosas que he tenido que vivir en las urgencias de Portland. Puedo lidiar con un chaval borracho sin ningún problema.
Por primera vez desde que irrumpió en el box, Luke giró la cabeza y me miró directamente a los ojos. El ámbar de sus pupilas estaba oscurecido, ardiendo con un fuego peligroso.
—Si todo el mundo hubiera actuado como debía, Georgia, no tendrías las costillas magulladas y el pómulo sangrando —sentenció, con una voz baja y letal.
Puse los ojos en blanco, incapaz de soportar su actitud de magnate protector.
—Deja de exagerar —le espeté, cruzándome de brazos a pesar de la punzada de dolor que me atravesó el costado—. Y ni se te ocurra acusarme a mí o a alguien de mi equipo de negligencia. El riesgo cero no existe en esta maldita profesión y lo sabes de sobra.
Luke estaba que ardía. No me replicó. Mantuvo la mirada clavada en la mía durante tres largos segundos antes de volver a dirigirse a Savannah.
—Voy a ordenar una investigación formal sobre este incidente hoy mismo.
Quiero revisar las cámaras, los tiempos de respuesta de seguridad y los protocolos de transferencia de las ambulancias.
Y si hay el más mínimo indicio de negligencia por parte de cualquier miembro de este hospital, habrá despidos. ¿Queda claro?
Esa amenaza me enfureció por completo. Me levanté de un salto de la camilla, ignorando el pinchazo en las costillas, y me planté frente a él.
—Savannah, déjanos solos —ordené sin apartar la vista de Luke.
Mi hermana dudó un breve instante, mirando la tensión asesina que flotaba entre los dos, pero finalmente asintió y salió del habitáculo sin decir una palabra.
En cuanto Savannah cruzó el umbral, Luke soltó la tela. La cortina verde cayó pesadamente, aislándonos del caos del pasillo.
—No vas a hacer nada de eso —le advertí, bajando el tono, pero endureciendo cada palabra—. No vas a investigar absolutamente nada, ni vas a poner a mis celadores, ni a mis enfermeras, ni a los técnicos de las ambulancias contra las cuerdas por un puto accidente inevitable. No te lo voy a permitir.
Luke dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta casi tocar la punta de mis zapatos.
—Tú no me puedes decir lo que tengo que hacer, Georgia —siseó.
Di un paso más, eliminando la escasa barrera física que quedaba entre nosotros. Tuve que levantar la barbilla para enfrentarme a su altura.
—Te lo pido por favor, Luke.
El cambio de tono frenó su ataque en seco. Luke no dijo nada. Se quedó estático, respirando de forma pesada, mientras su mirada recorría mi rostro a escasos centímetros de distancia. Evaluó la palidez de mi piel, la hinchazón incipiente alrededor del ojo y la sangre seca en el cuello de mi pijama.
Lentamente, levantó una mano. Sus dedos eran grandes, cálidos y ligeramente ásperos. Pasó la yema del pulgar justo por debajo de mi pómulo herido, rozando la piel magullada con una delicadeza extrema.
Me quedé muy quieta. Dejé de respirar, paralizada por el tacto, sintiendo cómo el calor de su piel se filtraba hasta mis huesos.
—Tengo ganas de matar a alguien —susurró Luke, con la mirada clavada en mi mejilla y la voz ronca, cargada de una oscuridad posesiva que me puso los pelos de punta—. De matar al hijo de puta que te ha hecho esto.
Cerré brevemente los ojos, absorbiendo la intensidad de sus palabras. Cuando los volví a abrir, conecté mi mirada directamente con la suya.
—No puedes matar a un pobre chaval drogado, Luke.
—¿Quién dice que no? —replicó él, sin un ápice de ironía. Lo decía completamente en serio.
Enarqué una ceja, intentando inyectar algo de cordura en él.
—La ley.
—A la mierda la ley.
No pude evitarlo. Me reí. Fue una risa corta, dolorida por el esfuerzo de mis costillas, pero genuina. La tensión extrema que nos rodeaba se agrietó ligeramente.
—Estoy bien, de verdad —le repetí en voz baja, dejando que la honestidad tiñera mis palabras—. Solo son cosas que pasan. Trabajo en urgencias. Es parte del trato.
Luke no dijo nada más. Me miró un segundo más, con el pulgar aún descansando sobre mi piel, y vi cómo su pecho se expandía en una inspiración profunda.
Retiró la mano de mi rostro con lentitud, como si le costara un esfuerzo físico romper el contacto.
Abrió la boca, a punto de decir algo más, pero los engranajes de su mente parecieron detenerlo.
Apretó los labios, se tragó las palabras y dio un paso atrás.