Hollow (Wildwater Falls 6) NUEVE
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NUEVE

Georgia

E l lunes por la mañana en Urgencias tenía el olor inconfundible a sudor rancio, alcohol barato y desinfectante industrial.

Apenas pasaban de las diez y el servicio ya parecía una zona de guerra.

Habíamos estabilizado a dos adolescentes con intoxicaciones etílicas agudas, suturado los cortes de cuatro chicos implicados en una pelea multitudinaria y derivado a traumatología a una anciana del pueblo que había resbalado en su cocina, destrozándose el cuello del fémur.

El ritmo era absolutamente frenético. Mac y yo nos movíamos por los pasillos con una sincronía automática, esquivando camillas y celadores mientras despachábamos historiales.

Al fondo, cerca de las puertas dobles, Savannah coordinaba el triaje con una autoridad firme y serena, pero la marea de pacientes no parecía disminuir y ninguno pasaba de los veinticinco años.

Me acerqué al mostrador de enfermería, frotándome la nuca bajo el cuello del pijama azul.

—Dime que la sala de espera está empezando a vaciarse, Sav —le pedí, revisando la pantalla de ingresos por encima de su hombro—. ¿De dónde demonios están saliendo todos estos veinteañeros un lunes por la mañana?

Mi hermana ni siquiera levantó la vista del teclado. Sus dedos volaban sobre las teclas.

—Me acaba de llamar el sheriff del condado para avisarnos.

Al parecer, ha habido una de esas fiestas clandestinas con caravanas en la linde del bosque.

Llevan todo el fin de semana acampados entre Wildwater Falls y Springwater.

Música techno , alcohol destilado en garrafas y todo lo que hayan podido esnifar, fumar o tragar.

El sheriff ha desmantelado el campamento hace dos horas, y el resultado son las salas de urgencias de dos condados completamente desbordadas.

Iba a responder con un bufido sarcástico cuando el zumbido agudo de la radio del mostrador nos cortó. Instantes después, las puertas automáticas de la entrada de ambulancias se abrieron de par en par.

Inspiré hondo, preparando el cuerpo para el impacto.

Dos paramédicos entraron empujando una camilla a toda velocidad.

Sobre ella, un chico de apenas veinte años se retorcía y gritaba, luchando salvajemente contra las gruesas correas de lona que lo mantenían atado a la estructura metálica.

Tenía la ceja izquierda completamente abierta, sangrando profusamente sobre su propio ojo, y un par de hematomas feos oscureciéndole el rostro.

Pero lo que me hizo tensar la mandíbula fue la gasa empapada en rojo brillante que uno de los técnicos presionaba contra el lado derecho de su abdomen.

Una laceración profunda que no dejaba de sangrar.

—¡Savannah, activa el protocolo de seguridad! —ordené de inmediato, elevando la voz por encima de los gritos del paciente.

Giré la cabeza buscando la envergadura de Mac para que me ayudara a reducir al chico, pero estaba metido en el box tres, lidiando con otros dos jóvenes de la pelea que requerían puntos de sutura urgentes. No podía interrumpirlo.

Corrí hacia el box uno, indicándoles a los paramédicos que metieran la camilla bajo los focos halógenos.

—¿Qué ha tomado? —les exigí saber, poniéndome un par de guantes de nitrilo mientras esquivaba una patada que el chico lanzó al aire, haciendo traquetear las barandillas. Su respiración era agitada, sus pupilas estaban dilatadas al máximo y sudaba a mares.

—Ni idea, doctora —jadeó uno de los técnicos, apoyando todo su peso sobre el hombro del chico para inmovilizarlo—.

Estaba corriendo por el bosque, se cayó sobre unos hierros oxidados del campamento y se rajó el abdomen.

Sus amigos dijeron que llevaban días mezclando alcohol, metanfetaminas y Dios sabe qué más.

Maldije por lo bajo. A estas alturas, podía tener cualquier cóctel químico destrozándole el sistema nervioso central.

—No puedo sedarlo por vía intravenosa a ciegas sin saber qué lleva en la sangre —dictaminé, evaluando el sangrado de su vientre—.

Si tiene depresores mezclados con estimulantes, un bolo de midazolam podría causarle una parada respiratoria.

Necesito hacerle la transferencia a la cama y hacer compresión directa en esa herida ya mismo.

Miré hacia la puerta del box. Dos celadores robustos acababan de llegar, alertados por el código de seguridad.

—Chicos, necesito contención mecánica total —les indiqué a los celadores con voz firme y profesional—. Sujetadle las cuatro extremidades. Vamos a soltar las correas de transporte y a pasarlo a la cama a la de tres.

Me coloqué en el lateral derecho de la camilla, justo al lado del abdomen herido, lista para aplicar presión en la laceración en cuanto lo moviéramos. Los celadores tomaron posiciones. Los técnicos de la ambulancia desabrocharon las correas de lona gruesa de los tobillos y los hombros.

Todo ocurrió en una fracción de segundo.

En el instante exacto en que la última hebilla hizo clic y el chico se vio libre de sus ataduras, una fuerza sobrehumana, se apoderó de él. Antes de que los celadores pudieran asegurar un agarre firme en sus muñecas resbaladizas por el sudor, el chaval se revolvió como un animal salvaje.

Lanzó un rugido gutural y se abalanzó hacia el único obstáculo que tenía delante. Yo.

No me dio tiempo a retroceder. El peso de su cuerpo chocó brutalmente contra mi pecho. El impacto me levantó del suelo y me lanzó hacia atrás. Mi espalda golpeó contra el suelo de linóleo con un ruido sordo que me vació los pulmones por completo.

Me quedé sin aire, aturdida por el golpe en las costillas, pero no terminó ahí. El chico se dejó caer sobre mí, completamente enloquecido, soltando puñetazos al aire. Uno de sus nudillos conectó de lleno contra mi pómulo izquierdo.

El crujido del hueso resonó en mi propia cabeza. Un destello de luz blanca me cegó por un segundo y el sabor metálico de la sangre me inundó la boca cuando me mordí el interior de la mejilla.

Gritos. Ruido de botas. El caos estalló a mi alrededor.

Los celadores se lanzaron sobre el chico, agarrándolo por los hombros y el cuello, tirando de él hacia atrás con toda su fuerza para arrancarlo de encima de mí. Lograron arrastrarlo hasta la cama del box, inmovilizándolo a duras penas mientras él seguía escupiendo y lanzando patadas al aire.

Me quedé tirada en el suelo, tosiendo, intentando obligar a mis pulmones a que volvieran a funcionar, con una mano apretada contra mis costillas y la cabeza dándome vueltas.

Una sombra enorme bloqueó la luz del techo.

Mac.

No dudó ni una milésima de segundo. Sus ojos serios escanearon mi cuerpo en el suelo, evaluaron la sangre que me empezaba a resbalar por la cara y luego se clavaron en el chico enloquecido.

Mac extendió la mano hacia el carrito de paradas, agarró una jeringa precargada de ketamina muscular y se acercó a la cama con una frialdad aterradora.

Clavó la aguja directamente a través de la tela del pantalón del chico, vaciando el sedante de golpe.

—Ya averiguaremos qué cojones se ha metido cuando esté dormido —bramó Mac, con una ira helada, tirando la jeringa vacía al contenedor—. Pero no voy a tratar a un salvaje en este estado en mi puta sala.

Unos segundos después, el chico dejó de pelear, cayendo en un estado disociativo profundo.

—¡Gia!

Savannah cayó de rodillas a mi lado, pálida como un fantasma. Sentí sus manos temblorosas tocándome los hombros, evaluando mi nivel de consciencia.

—Sácala de aquí, Savannah —ordenó Mac, sin levantar la voz, pero con una autoridad que no admitía réplicas—.

Llévala al box del fondo. Ordena a Carla que asuma el triaje y llama al busca del tercer médico de guardia de medicina interna para que baje a cubrirla ahora mismo.

Quiero una radiografía de ese pómulo y del tórax.

—Estoy... estoy bien —logré balbucear, tosiendo. El dolor me atravesó el costado como una lanza al hablar, pero me obligué a apoyarme sobre los codos.

—No, no lo estás —replicó Mac, agarrándome por el brazo ileso para ayudarme a poner de pie con una suavidad que contrastaba con su corpulencia—. Tienes una brecha en la cara y estás sangrando. Vete al fondo. Yo me encargo del abdomen del chico.

Me dejé guiar. El pasillo parecía moverse ligeramente bajo mis pies. Savannah pasó un brazo por mi cintura, sosteniendo la mitad de mi peso, y me arrastró lejos del caos, hasta el último box de la sala de urgencias, el más aislado y silencioso.

Corrió la gruesa cortina verde, cerrándonos al exterior, y me ayudó a sentarme en el borde de la camilla.

—Levanta los brazos. Despacio, Gia —me pidió Savannah, con la voz profesional de jefa de enfermeras temblando solo un poco en los bordes.

Obedecí, siseando de dolor cuando el estiramiento tiró del músculo intercostal. Savannah me palpó las costillas derechas con dedos expertos. Dolía como el infierno, una quemazón aguda con cada inspiración profunda, pero no había crepitación. No había fractura evidente.

—No hay hueso roto, al menos al tacto —dictaminó mi hermana, exhalando un suspiro de alivio—. Pero el golpe en la cara es feo, Gia. Tienes un corte limpio justo sobre el hueso cigomático. Tienes que hacerte una radiografía de cráneo para descartar una fisura.

Levanté una mano para tocarme la mejilla, pero ella me apartó los dedos con suavidad. Sentía el lado izquierdo de la cara ardiendo, hinchado y palpitando al ritmo de mis latidos.

—No hace falta radiografía, Sav —murmuré, con la voz pastosa—. Es solo chapa y pintura. No es la primera vez que un borracho me tumba en la sala de urgencias. Gajes del oficio.