Hollow (Wildwater Falls 6) OCHO #3
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OCHO #3

Escuchar el nombre de mi padrastro me produjo esa habitual sensación de respeto paterno.

Marcus Preston era un buen hombre. Un abogado corporativo y estructurado que había aparecido en nuestras vidas cuando yo tenía cinco años.

Hasta ese momento, mi madre me había criado sola, haciendo malabares para sacarnos adelante sin aceptar la ayuda controladora de sus propios padres.

Incluso sospechaba que fue la presencia de Marcus lo que impulsó a mi madre a buscar a Marvin y contarle de mi existencia.

Cuando Marcus y Lily se casaron, mi vida dio un giro hacia la comodidad.

Tuve una buena educación, una casa grande en West Linn y estabilidad, aunque muy lejos de la jaula de oro y el imperio de rico heredero que me habría tocado si mi madre hubiera seguido bajo el ala de mis abuelos.

Marcus me quiso a su manera y yo le respetaba profundamente, pero jamás lo llamé papá.

Nunca tuvimos una relación paterna al uso.

Yo era muy consciente de que mi padre biológico era Marvin Anderson, un tipo que vivía a cientos de kilómetros, y jamás permití que Marcus tomara ese lugar, por mucho que mi relación con Marvin se limitara a un par de visitas incómodas al año y una cordialidad distante.

Marcus lo entendió y nunca forzó la máquina.

—Saluda a Marcus de mi parte —le dije a mi madre, dándole un trago a la cerveza que sostenía en la otra mano—. ¿Cómo estáis los dos?

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio cargado de esa intuición maternal que es imposible de esquivar.

—Nosotros estamos bien, Luke. La pregunta es cómo estás tú —replicó Lily, bajando el tono de voz —. Cariño... sigo preocupada por esta decisión tuya de instalarte en Wildwater Falls de forma permanente.

Cerré los ojos, frotándome el puente de la nariz.

—Mamá, ya hemos hablado de esto. Es una decisión de negocios y de infraestructura para la academia. Tengo que estar aquí para supervisar el hospital.

—Lo sé. Sé que eres un hombre adulto y que tomas tus propias decisiones, y estoy inmensamente orgullosa de lo que estás haciendo con el legado de tus abuelos.

Pero... —Lily suspiró, y pude escuchar el peso de su preocupación a través del auricular—.

Ese pueblo está lleno de fantasmas para ti, Luke.

Sé lo mucho que te afectó lo que sucedió con tu padre hace doce años.

Sé cómo te rompió su muerte. No quiero que estar rodeado de esos barrancos y de ese hospital te arrastre de nuevo a la oscuridad.

Tragué saliva, sintiendo un nudo áspero en la garganta.

Mi madre creía conocerme. Para ella, el colapso que sufrí a los veintitrés años, la coraza emocional que construí a mi alrededor y mi negativa a hablar del pasado tenían un único culpable: el trágico final de Marvin Anderson.

Lo que Lily no sabía, lo que jamás me atreví a confesarle a nadie porque pronunciarlo en voz alta lo habría hecho demasiado real, era que perder a mi padre dolió, sí, pero lo que me destrozó el alma, lo que me aniquiló hasta dejarme vacío por dentro, fue perder a Gia.

Fue buscarla en medio de la peor tormenta de mi vida y encontrar solo una nota arrugada bajo un limpiaparabrisas. Fue darme cuenta de que la mujer con la que planeaba construir una vida entera me había abandonado como si yo fuera un estorbo.

—Estoy bien, mamá —mentí, manteniendo la voz firme y sosegada—. No me voy a dejar arrastrar por nada. Lo tengo todo bajo control. Nos vemos el sábado. Te quiero.

—Y yo a ti, Luke. Cuídate mucho.

Colgué. El sonido de la pantalla bloqueándose resonó en el silencio del porche.

Dejé el teléfono sobre la mesa de madera y me llevé la botella a los labios, acabándome la cerveza de un solo trago largo.

El líquido estaba perdiendo el frío, pero no me importó.

No me moví de la hamaca. Me quedé allí, descalzo, escuchando el crujido de los abetos mecidos por el viento, esperando pacientemente a que la tarde muriera y anocheciera sobre las montañas.

Las sombras comenzaron a alargarse por la parcela, devorando la luz, pero la oscuridad no trajo ningún tipo de paz.

«Lo tengo todo bajo control».

Qué puta e inmensa mentira.

En la soledad del porche, sin nadie a quien engañar, la verdad me aplastaba.

No podía quitarme de la cabeza el olor de Gia.

Ese aroma limpio y a algo profunda y únicamente suyo que se me había quedado incrustado en los pulmones.

Aún sentía el tacto de su piel ardiendo bajo mis yemas.

Recordaba la forma en que sus caderas se habían movido contra mí en aquella diminuta sala de descanso, la humedad de su sexo manchándome la ropa, el sonido roto de su garganta al pedirme más.

Recordaba la suavidad de sus labios hinchados bajo los míos, respondiendo a mi furia con una entrega que me había desarmado por completo.

Me pasé las manos por la cara, hundiendo los dedos en mi propio pelo.

Leah tenía toda la razón. Dios, era imposible superarla. Daba igual los años que pasaran, los kilómetros que pusiera de por medio, los matrimonios fallidos o las barreras de hielo que construyera. Daba igual lo mucho que me repitiera frente al espejo que ya no la amaba.

Georgia Robbins seguía clavada en mi pecho. Y la cruda realidad era que prefería sangrar por esa herida el resto de mi vida antes que dejarla marchar de nuevo.