Hollow (Wildwater Falls 6) OCHO
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OCHO

Luke

E l sol del domingo se filtraba a través de las ramas de los abetos, bañando el porche trasero de mi cabaña con una luz cálida y perezosa.

Estábamos sentados alrededor de la mesa de madera rústica, apurando los restos de una comida al aire libre antes de que Ethan y Leah tuvieran que emprender el viaje de regreso a Redmond.

Ethan estaba recostado en su silla, con una cerveza en la mano, admirando la inmensidad del bosque que se extendía más allá de mi parcela.

—Es espectacular, Luke —comentó mi amigo, señalando con la botella hacia la línea de la montaña—. Vivir rodeado de esto todos los días... Empiezo a entender por qué te has establecido aquí. El paisaje de Wildwater Falls te limpia los pulmones solo con mirarlo.

—Es un buen lugar —concedí, dándole un sorbo a mi propia bebida.

Leah sonrió, apoyando una mano sobre la curva de su vientre.

El ambiente entre los tres era ligero, impregnado de una comodidad que llevaba semanas sin sentir.

Habíamos estado charlando sobre el futuro durante la última hora, y la expectación brillaba en los ojos de Ethan cada vez que miraba a su mujer.

—Por cierto, ya que te vas a quedar a vivir aquí y vas a ser una presencia constante... —empezó Ethan, inclinándose hacia la mesa con una sonrisa de oreja a oreja—. Los resultados de la última ecografía nos los dieron justo antes de venir. Es una niña.

—Una niña —repetí, sintiendo cómo una alegría inmensa y genuina me ensanchaba el pecho.

—No tenemos un nombre definido aún. Pero nos gusta Lucy —añadió Leah, con los ojos azules brillando de pura emoción.

—Lucy —probé el nombre en voz alta, asintiendo—. Es perfecto. Enhorabuena, chicos. De verdad. No podría estar más feliz por vosotros.

Y lo decía desde el fondo de mi alma. Me encantaba verlos así, radiantes, orbitando el uno alrededor del otro.

Mientras los observaba compartir una mirada cómplice, una verdad silenciosa se asentó en mi cabeza: así es como debieron ser las cosas desde el principio.

Si Leah no se hubiera cruzado conmigo en aquel bar de bomberos, si yo no le hubiera dado pie buscando algo a lo que aferrarme, tarde o temprano Ethan y ella se habrían encontrado.

Habrían construido esta vida sin que ninguno de los tres tuviera que pasar por el dolor de nuestro fracasado matrimonio y el posterior divorcio.

Pero hace nueve años, yo estaba demasiado hecho polvo. Me sentía tan profunda y devastadoramente solo tras la marcha de Gia que fui incapaz de ver la realidad de la situación. Fui un egoísta.

El mero pensamiento de Georgia hizo que se me tensaran los músculos del cuello.

Los recuerdos del viernes por la noche en el baño de The Switchback y del sábado por la mañana en la diminuta sala de descanso del hospital me asaltaron de golpe, como un puñetazo en el estómago.

Dos orgasmos. Dos encuentros desesperados, casi violentos, robados en lugares semipúblicos.

Yo no era así. Jamás en toda mi vida había tratado a una mujer de esa manera, arrinconándola, exigiéndole sumisión, dejándome llevar por una mezcla de rabia y pura lujuria.

Siempre me había enorgullecido de mi autocontrol, de mi temple.

Pero Gia tenía la capacidad de pulverizar mis defensas.

Me hacía perder el control, la razón y cualquier atisbo de objetividad.

Era superior a mí, y me molestaba profundamente que, después de doce años, ella siguiera teniendo ese poder sobre mi cuerpo y mi mente.

Yo creía tenerla superada. Estaba convencido de que la armadura de indiferencia me protegería de ella. Había sido un idiota.

Ethan se levantó de la silla con un crujido de la madera, interrumpiendo mis oscuros pensamientos. Empezó a apilar los platos vacíos y los cubiertos.

—Ethan, cariño —le pidió Leah, pasándole los vasos—, ¿puedes entrar y terminar de preparar el postre para traerlo a la mesa?

—Claro. Dame cinco minutos.

En cuanto la puerta mosquitera se cerró a las espaldas de mi amigo, el ambiente en el porche cambió de forma sutil pero inconfundible.

Vi la intención clara en la postura de Leah.

Quería estos minutos a solas. Me enderecé en la silla y me preparé mentalmente, porque sabía muy bien que su infinita dulzura y amabilidad jamás le impedirían decir exactamente lo que tuviera que decirme.

Leah esperó a que el sonido del agua corriendo en el fregadero se escuchara desde el interior de la casa antes de clavar sus ojos azules en mí.

—El viernes por la noche, antes de irnos del bar, charlé brevemente con ella —soltó, sin anestesia—. Con Gia.

Lo sabía. Gia me lo había escupido en la cara el sábado por la mañana, pero no había querido decirle nada a Leah. De algún modo ella también tenía derecho a hablar con Gia y conocía a Leah lo suficiente como para saber que jamás sería grosera o hiriente.

—La vi salir corriendo y la seguí hasta su coche para saludarla —continuó Leah, manteniendo un tono de voz suave, evaluando mi reacción—. Me sorprendió mucho conocerla, Luke. Y, por supuesto, soy plenamente consciente del parecido físico entre nosotras.

Apreté los dientes y desvié la mirada hacia el bosque. Una oleada de vergüenza me subió por el cuello. Había sido tan monstruosamente injusto con la mujer que tenía sentada enfrente que ni siquiera encontraba las palabras para empezar a disculparme.

—Leah... —la voz me salió ronca, rasposa—. Lo siento. Siento muchísimo todo lo que te hice pasar. Fui un cobarde.

Ella negó con la cabeza lentamente y levantó una mano, restándole importancia a mis disculpas con una gracia que yo no merecía.

—No te atormentes, Luke. Te mentiría si te dijera que hace años, no me dolió.

Y de haber sabido de nuestro parecido físico me habría sentido muy humillada.

Pero ya no me duele. Mírame. —Señaló hacia la cocina, donde se escuchaba a Ethan canturrear una canción pop muy conocida—.

Soy feliz. No podría serlo más. La vida que tengo ahora es todo lo que siempre quise.

Y cuando miro hacia atrás, la situación que vivimos los tres la veo como algo simplemente inevitable.

Leah se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre la mesa para asegurarse de que le prestaba toda mi atención.

—Ayer vi algo de lo que no era plenamente consciente.

Gia y yo no podríamos ser más diferentes en cuanto a personalidad.

Y tú te enamoraste de eso, no de una cara bonita.

Y de lo que llevo mucho tiempo segura es de que yo me interpuse en vuestra historia, Luke.

No al revés. Gia jamás fue mi rival, porque la historia siempre fue entre Gia y tú.

Yo solo fui un desvío en tu camino mientras estabas perdido.

Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada de sus ojos sinceros y desprovistos de cualquier rencor. Su capacidad de perdonar era abrumadora.

—Por eso mismo —prosiguió Leah, y esta vez su tono se volvió firme, casi autoritario—, quiero darte un último consejo. Y si me respetas lo más mínimo, si valoras lo que pasamos juntos y lo que sufrimos, lo mínimo que puedes hacer es escucharme: tienes que luchar por ella.

El corazón me dio un vuelco doloroso. Sacudí la cabeza involuntariamente, rechazando la idea.

—No lo sé, Leah. Te juro que no sé si quiero hacerlo. No sé si quiero luchar por Gia. Todo es demasiado enrevesado, demasiado oscuro. Ha pasado demasiado tiempo y hay... hay cosas que rompió que no sé si tienen arreglo. Es demasiado complicado.

—Por supuesto que es complicado —replicó ella, sin inmutarse—.

Pero eso es decisión tuya. Lo que no puedes hacer es seguir en este limbo.

No puedes vivir el resto de tus días instalado en la amargura, sin ser feliz y sin avanzar, solo para castigarla a ella y castigarte a ti mismo.

Además, vi como de afectada estaba por mis palabras.

Ella no es indiferente, ni muchísimo menos.

Hay una tristeza en sus ojos que delata sus verdaderos sentimientos.

Leah extendió la mano y cubrió la mía, dándome un apretón suave pero firme.

—O luchas por Gia de una vez por todas, o la dejas ir y pasas página.

Pero de verdad, Luke. Y pasar página de verdad implica perdonarla.

Implica aceptarla como lo que es: una mujer que es humana, que estaba asustada y que comete errores.

Tienes que dejar de verla como la mujer perfecta e idealizada que tú creías que debía ser, y empezar a verla como alguien real. Solo así podrás soltar el rencor.

Las palabras de Leah me golpearon con la precisión de un bisturí.

Había idealizado tanto a Gia, la había elevado a un pedestal de perfección absoluta, que cuando cometió el error humano de asustarse y huir, la caída me había destruido.

La había juzgado por no ser la mujer segura y madura que yo había construido en mi cabeza.

—Pero te conozco, Luke Holloway —concluyó Leah, retirando la mano y recostándose en su silla con una sonrisa astuta y triste—.

Sospecho que, por mucho que lo intentes, por mucho que te empeñes en ignorarla en ese hospital, jamás vas a poder pasar página con ella.

Así que, en realidad, solo te queda una opción. Luchar.

La puerta mosquitera se abrió de golpe en ese preciso instante. Ethan salió al porche llevando una bandeja de madera con una tarta de manzana humeante y tres platos limpios, completamente ajeno al terremoto que su mujer acababa de desatar en mi interior.

—Espero que tengáis hambre —anunció, dejando la bandeja en el centro de la mesa—, porque he encontrado helado de vainilla en tu congelador y no pienso dejar ni las migas.

La conversación se desvió rápidamente hacia la comida, el viaje de vuelta y el próximo trimestre del embarazo. Fingí normalidad, me reí de las ocurrencias de Ethan y me despedí de ellos en el camino de entrada una hora más tarde, prometiendo ir a verlos a Redmond antes de que naciera la niña.