Hollow (Wildwater Falls 6) SIETE #3
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SIETE #3

El zumbido de la pequeña nevera de la esquina era el único sonido que se filtraba en la pequeña sala de descanso de los médicos de urgencias. Me había refugiado allí, en ese habitáculo que apenas contenía una cama individual y una mesa desvencijada, buscando cinco minutos de paz.

La puerta se abrió de golpe, sin previo aviso.

Luke entró con la americana del traje desabrochada y esa presencia inmensa que parecía absorber todo el oxígeno disponible. Se detuvo en seco al verme.

—Esta es la sala de descanso exclusiva para el personal médico —le solté, cruzándome de brazos sobre el pecho para frenar el vuelco que me dio el corazón.

Luke metió las manos en los bolsillos del pantalón, apoyando un hombro contra el marco de la puerta con una arrogancia calculada.

—Estoy perfectamente informado de la distribución del hospital, Georgia. Y te aseguro que no me importa lo más mínimo tu opinión sobre dónde puedo o no puedo entrar.

—Parece que me estabas buscando —lo desafié, alzando la barbilla, sintiendo cómo la verdadera Gia, la que no se dejaba amedrentar por nadie, despertaba bajo mi piel.

Me lanzó una mirada cargada de ironía que me repasó de arriba abajo.

—Si te estuviera buscando, te garantizo que no sería por los motivos que tú te crees. No te des tanta importancia.

—Oh, yo no creo nada —repliqué, dando un paso hacia él, sintiendo cómo el sarcasmo me subía por la garganta—. Pero anoche tuve una conversación muy reveladora en la acera con tu amiga Leah.

El efecto fue inmediato. La fachada de indiferencia de Luke se resquebrajó. La mandíbula se le tensó con un chasquido audible y entrecerró los ojos, separándose del marco de la puerta.

—¿De qué hablasteis? —exigió saber. Su voz había bajado una octava, volviéndose peligrosa.

—Si estás tan interesado, podrías preguntarle a tu amiga —le espeté, disfrutando de la chispa de furia en sus ojos—. Pero el resumen corto de la charla es que me enteré de que todo tu jodido club de fans de Redmond me conoce por mi nombre de pila, y, lo que es mejor, que estuviste casado.

Luke se encogió de hombros con una brusquedad violenta, acortando la distancia entre nosotros con dos zancadas.

—No es de tu maldita incumbencia si estuve casado o no —siseó, parándose tan cerca que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo—. No es asunto tuyo si tengo pareja, si tengo novia, si me acuesto con alguien o si tengo rollos de una noche. Perdiste el derecho a hacer preguntas hace doce años.

Quizá tuviera razón. Pero lo que pasó la noche anterior me daba cierto derecho a decirle cuatro cosas.

Al menos sobre si tenía novia y a la vez se dedicaba a encerrarme en un baño y meter sus dedos debajo de mi falda.

Solté una carcajada amarga, áspera, y di un paso más, invadiendo por completo su espacio personal.

Tuve que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Después de que decidieras arrinconarme en un baño público y meterme los dedos hasta el fondo, diría que igual sí es de mi incumbencia saber si hay alguna pobre mujer incauta esperándote en casa —le escupí a un palmo de la boca.

La tensión en la pequeña sala se volvió insoportable. Ambos dejamos morir en el aire la idea de que él hablaba de mí con sus personas cercanas. Estábamos a centímetros, respirando el mismo aire.

Nos lanzamos el uno contra el otro como dos animales salvajes.

Luke me agarró por la nuca y aplastó su boca contra la mía. El beso empezó exactamente igual que la noche anterior: duro, posesivo, cargado de una rabia que buscaba castigar. Sus labios chocaron con los míos exigiendo sumisión, sus dientes rozando mi labio inferior con fiereza.

Pero esta vez, algo se rompió dentro de mí. Ya no quería pelear. Estaba agotada de la hostilidad, del resentimiento. No quería besarle con rabia. Necesitaba sentirlo. Necesitaba saborear al hombre que había sido mío.

En lugar de morderle de vuelta, solté un suspiro tembloroso contra su boca. Relajé los labios, abriendo la boca para recibirlo, y deslicé mis manos por las solapas de su americana hasta acariciar la línea dura de sus hombros. Suavicé el beso. Lo volví lento, profundo, entregándome por completo.

Luke se quedó paralizado una fracción de segundo ante el cambio de dinámica. Un gemido sordo vibró en su pecho y, de repente, el beso se transformó. Lo profundizó aún más, sin perder un ápice de esa pasión arrolladora, pero la ira se evaporó.

Sus manos grandes bajaron por mis costados, trazando la curva de mis caderas por encima de la tela del pijama médico.

Me estremecí. Sus dedos eran exquisitamente delicados.

El contraste entre la dureza de sus palabras previas y la suavidad absoluta de su tacto me partió el alma.

En ese roce, tuve la confirmación silenciosa que necesitaba: por mucho odio, por mucho rencor que hubiera acumulado, Luke Holloway jamás me tocaría con ira.

Siempre, incluso en su peor versión, me cuidaría.

Porque al margen de lo que nos separaba, él seguía siendo el mejor hombre que había conocido jamás.

Luke bajó las manos, me agarró por el culo con firmeza y me levantó en vilo contra él.

Gimiendo, envolví automáticamente las piernas alrededor de su cintura.

Mi centro húmedo chocó directamente contra la tela de su traje a medida, encontrando el bulto duro y palpitante de su erección.

No pude evitarlo; empecé a frotarme contra él, buscando la fricción a través de la ropa, loca por el contacto.

Me apretó contra la pared de la sala, sin dejar de besarme, saqueando mi boca mientras yo le acariciaba el pelo.

Luego, trazó un camino de besos húmedos por mi mandíbula hasta llegar a mi cuello.

Hundió el rostro en el hueco de mi garganta, y sentí el roce áspero de su lengua lamiendo exactamente el punto donde latía mi pulso.

Dejó los labios pegados allí, respirando mi piel, sintiendo el ritmo desbocado de mi corazón.

Cerré los ojos, sintiendo que me derretía. Siempre lo hacía en el pasado: buscar mi pulso, escuchar mi respiración, la vibración de mis gemidos. Era algo que a él le excitaba de un modo primitivo y que a mí me volvía absolutamente loca.

Luke estrujó mis glúteos, pegando mi pelvis a la suya con más fuerza, buscando que la fricción fuera directa.

Solté un jadeo, soltando el agarre de mis piernas alrededor de su cintura para dejar caer los pies al suelo.

Luke aflojó los brazos a regañadientes, pero antes de que pudiera protestar, llevé mis manos directamente a la cinturilla de su pantalón.

Desabroché el botón con dedos ágiles, bajé la cremallera y lo liberé de la ropa interior.

Saltó en mi mano. Pesado, caliente y duro como el acero.

Lo envolví con los dedos y empecé a masturbarlo con movimientos largos y firmes. Levanté la vista hacia su rostro. Quería verlo. Quería presenciar cómo se desmoronaba.

Su expresión era de abandono absoluto, cegado por la excitación.

Tenía los ojos cerrados, el ceño fruncido, y se estaba mordiendo el labio inferior con tanta fuerza que estaba blanco, luchando desesperadamente por ahogar esos gemidos roncos, puramente masculinos, que sabía que me encantaban.

Vi cómo la nuez de su garganta subía y bajaba al tragar con dificultad.

Sus manos, esas mismas manos que dirigían corporaciones y apagaban incendios forestales, temblaron levemente cuando bajaron hacia mi entrepierna.

Ni siquiera me bajó el pantalón del pijama.

Cubrió mi sexo por encima de la fina tela de algodón y empezó a frotar su palma contra mi clítoris con una presión perfecta.

—Joder, Luke... —jadeé, echando la cabeza hacia atrás.

Estaba tan encendida desde la noche anterior que la simple fricción contra la tela fue suficiente para mandarme al límite. El placer me atravesó como una corriente eléctrica.

En mi mano, el pene de Luke estaba cada vez más duro, latiendo entre mis dedos, tan tenso que parecía a punto de estallar con cada bombeo.

—Gia... —su voz rasgada estaba descontrolada—. Estoy muy cerca.

Aceleré el ritmo al instante. Apreté la mano, estrujándole el glande con el pulgar exactamente de la forma en que sabía que le volvía loco.

Fue su perdición. Luke soltó un jadeo roto y se abalanzó sobre mi boca para ahogar el sonido de su propio orgasmo.

Se derramó sobre mi mano en contracciones calientes, pesadas y descontroladas, completamente desarmado contra mi cuerpo.

Al mismo tiempo, el ritmo salvaje de su mano sobre mi sexo me empujó al vacío, y me deshice contra él, gimiendo en el interior de su boca mientras los espasmos me sacudían entera.

Nos quedamos allí, pegados a la pared, respirando el mismo aire a bocanadas desesperadas.

Cuando fuimos bajando de la nube orgásmica, Luke se separó unos centímetros.

Abrió los ojos y me miró fijamente. Detrás de ese ámbar encendido pasaron mil cosas a la vez: la pasión residual, un reconocimiento a lo que éramos juntos y algo que se parecía aterradoramente a la vulnerabilidad.

Estaba expuesto. Desnudo emocionalmente frente a mí. Pero apenas duró unos segundos.

Ese destello de vulnerabilidad desapareció bajo una capa de rechazo. Luke se apartó de mí de forma brusca. Se subió la cremallera, se abrochó el cinturón con manos rápidas, casi torpes, y se enderezó la americana del traje en un tiempo récord.

No dijo ni una sola palabra. Esta vez, fue él quien se marchó apresurado, huyendo de la sala de descanso como si el techo se le fuera a caer encima, dejando la puerta abierta a sus espaldas.

Me quedé sola, apoyada contra la pared, con la mano pegajosa, el corazón amenazando con salirse de mi pecho y la respiración rota.

Segundo orgasmo en menos de veinticuatro horas.

Y yo seguía hecha un absoluto lío, con lágrimas picando en los ojos, porque no tenía ni la más remota idea de qué significaba todo esto para nosotros. Ni siquiera sabía si significaba algo.