Hollow (Wildwater Falls 6) SIETE #2
22%

SIETE #2

El zumbido constante de los fluorescentes de la sala de urgencias me perforaba las sienes como un taladro. Era sábado por la mañana, apenas pasaban de las siete y media, y yo me sentía como si me hubiera arrollado un tren de mercancías.

Me apoyé contra el mostrador de la estación de enfermería, envolviendo mis manos frías alrededor del vaso de cartón de mi tercer café del día.

No había pegado ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los párpados, mi mente me arrastraba sin piedad de vuelta al interior de aquel baño en The Switchback .

Podía sentirlo todo con una nitidez que me torturaba.

El calor asfixiante del espacio reducido.

La dureza de su pecho aplastando mi espalda.

El roce de sus dedos dentro de mi ropa interior, llevándome al límite con una maestría que me había dejado temblando.

Podía oler a bosque y esa loción de afeitado cara que usaba ahora, mezclándose con el aroma a sexo.

Su voz ronca seguía susurrándome cosas eróticas en la nuca.

Solo de recordarlo, el calor se me acumuló en el bajo vientre, humedeciéndome de nuevo.

Me removí incómoda dentro de mi pijama médico, cruzando las piernas bajo el mostrador.

Era patético. Me odiaba por excitarme con el recuerdo de un hombre que me había follado con los dedos por pura rabia, pero la memoria de mi cuerpo era más fuerte que mi dignidad.

Durante esos minutos, la realidad era que había sido perfecto.

Era Luke. Y jamás en mis treinta y tres años de vida me había sentido tan jodidamente segura, como cuando estaba entre sus brazos.

Pero había algo más que me había mantenido en vela.

La conversación con Leah en la acera oscura seguía repitiéndose en mi cabeza en un bucle doloroso.

Se casó. Había conocido a otra mujer. A alguien a quien quiso lo suficiente como para plantarse frente a un altar.

Alguien con quien había decidido construir un hogar, compartir una cama a diario y planear pasar el resto de su vida junto a ella.

Cuando se casó, seguro que estaba pensando en algo permanente. En un amor a largo plazo, quizá en una familia.

No sabía qué sentir al respecto. El pecho me dolía con una presión insoportable.

Ni siquiera sabía si tenía el derecho a sentirme herida o traicionada.

La lógica me gritaba que no tenía derecho a sentirme así.

Yo no era la víctima en esta historia. Pero, a pesar de todo, de la culpa y de la racionalidad, era exactamente como me sentía.

Profundamente traicionada. Los celos me quemaban las entrañas como ácido puro.

Y lo que lo convertía en una auténtica mierda, era que no podía decirle absolutamente nada.

No podía plantarme frente a Luke y reclamarle nada.

No podía enfadarme, ni gritarle, ni exigirle explicaciones por haber metido a otra mujer en su vida.

Había perdido ese derecho, y cualquier otro, el día que lo abandoné.

Lo dejé destrozado, haciéndole creer que una ambiciosa y brillante carrera en un hospital de Portland era más importante para mí que él.

La pura y trágica realidad era que nada en este jodido mundo era más importante que él. Bueno, quizá Savannah, pero incluso así, el amor que sentía por mi hermana y el que sentía por Luke estaban a la par en mi corazón, ocupando todo el espacio, aplastando cualquier otra ambición.

—Si sigues mirando ese café con tanta intensidad, se va a evaporar solo por miedo.

La voz áspera y divertida de Cormac me sacó de mi tormenta interna.

Parpadeé, enfocando la vista, y lo vi apoyado en el extremo del mostrador, ya vestido con su propio pijama azul y un fonendoscopio colgando del cuello.

Este fin de semana nos tocaba cubrir juntos el turno de guardia de cuarenta y ocho horas que los médicos de plantilla rotábamos una vez al mes.

Dejé escapar un suspiro largo y esbocé una media sonrisa, agradeciendo la distracción que siempre me proporcionaba Mac. Nos compenetrábamos a la perfección en el plano médico, con una eficiencia casi telepática, y en los últimos meses sentía que había encontrado en él a un amigo leal y seguro.

—Estoy intentando absorber la cafeína por ósmosis —le respondí, frotándome los ojos cansados—. No ha habido suerte. ¿Qué tal el resto de la noche en el bar después de mi espantada?

Mac soltó una carcajada ronca, agarrando su propia tableta de historiales.

—Te perdiste lo mejor. Una partida de dardos absolutamente épica. Barrí el suelo con el "super bombero" de Ian Collins.

—No te lo creo —me reí, sintiendo que la tensión de mis hombros aflojaba un poco ante su fanfarronería—. Ian tiene un pulso de cirujano.

—Pues anoche le temblaba el pulso de cirujano, Gia. Le di una paliza monumental en tres rondas seguidas. Estaba tan cabreado que pagó la cuenta entera y se llevó a Savannah a casa murmurando sobre la aerodinámica de los dardos del local.

—No te confíes, Mac —le advertí, dándole un golpe amistoso con el codo mientras ambos nos poníamos en marcha hacia el pasillo de observación—.

Conociendo a mi cuñado, ahora mismo debe estar construyendo una diana profesional en su salón y entrenando como un maldito loco para la revancha. Te va a destrozar la próxima vez.

Mac sonrió con arrogancia, pero la dejó a un lado en cuanto nos detuvimos frente a los boxes de los pacientes que habían pasado la noche ingresados.

El trabajo nos absorbió. Durante la siguiente hora, nos dedicamos a evaluar y dar el alta a un par de pacientes.

Uno de ellos era un chico joven que había ingresado de madrugada con una intoxicación etílica y un esguince leve tras caerse en la acera a la salida del bar.

Revisamos las constantes juntos, firmamos las prescripciones y le explicamos los cuidados de su tobillo con la máxima profesionalidad, pero sin dejar de soltar un par de bromas sutiles para aligerar la vergüenza del chaval.

Estábamos saliendo del box dos, con Mac haciendo un comentario sarcástico sobre la incapacidad humana para caminar en línea recta después de cuatro cervezas artesanales.

Yo me reí, una carcajada genuina y abierta que me hizo echar la cabeza hacia atrás por un segundo, sintiéndome normal por primera vez en toda la mañana.

Al bajar la vista, la risa se me murió en la garganta.

Al otro lado del pasillo principal, a unos veinte metros de distancia, parado junto a las puertas de la zona de administración, estaba Luke.

Iba vestido con su habitual traje impecable que se ajustaba a sus hombros y pecho de forma indecente.

Se quedó allí, completamente inmóvil, observando la escena. Sus ojos ámbar nos escanearon a Mac y a mí de arriba abajo. Había visto perfectamente cómo nos reíamos, cómo bromeábamos de forma cómplice. Y la reacción en su rostro fue devastadora por la absoluta falta de ella.

El hombre que la noche anterior me había inmovilizado contra un espejo, hirviendo de furia y de celos al verme charlar precisamente con Mac, ahora era una estatua de hielo. Su mandíbula estaba relajada, sus ojos vacíos de cualquier calor.

Mac se dio cuenta de mi parálisis repentina. Siguió mi línea de visión y, al ver a Luke, su postura se volvió un poco más rígida. Sin embargo, no retrocedió. Caminamos hacia el pasillo, donde nuestras trayectorias estaban obligadas a cruzarse.

—Holloway —saludó Mac con su tono despreocupado habitual, asintiendo con la cabeza al llegar a su altura—. ¿Qué te trae al hospital un sábado por la mañana? Los despachos de la junta directiva suelen estar cerrados los fines de semana.

Luke metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Su postura era relajada, proyectando esa autoridad natural que lo seguía a todas partes.

—Tenía trabajo pendiente, Donovan —respondió Luke, con una voz sosegada y un tono conversacional impecable.

Solo miraba a Mac—. He venido a recoger y revisar los últimos informes del departamento financiero para la próxima reunión extraordinaria de la junta.

Quiero tener toda la viabilidad estudiada antes de que nos sentemos a debatir el nuevo plan formativo.

—No pierdes el tiempo.

—No en cosas que importan.

El intercambio fue fluido y profesional.

Y durante cada segundo que duró la conversación, Luke actuó como si yo fuera invisible.

No es que fuera cruel. No hubo ningún sarcasmo, ni ninguna mirada de odio que yo pudiera enfrentar.

Simplemente, mantuvo una frialdad estratosférica.

No me saludó. No hizo ningún contacto visual conmigo.

Para Luke Holloway, en ese pasillo del hospital, la jefa de urgencias, la mujer a la que había llevado al orgasmo la noche anterior, no existía.

La hostilidad manifestada en esa indiferencia me dolió mil veces más que si me hubiera abofeteado. Me sacaba de quicio. Era un castigo diseñado para recordarme exactamente cuál era mi lugar en su vida ahora: la nada absoluta.

—Bueno, que te cundan los informes —se despidió Mac, notando la caída en picado de la temperatura y poniéndose instintivamente un poco por delante de mí—. Nosotros tenemos altas que firmar.

—Que tengáis un buen turno —respondió Luke.

Por una fracción de segundo, sus ojos ambarinos pasaron sobre mí. Fue un roce visual carente de cualquier chispa. Como si estuviera mirando una pared blanca. Luego, se dio media vuelta y desapareció por el pasillo.

Tragué el nudo gigante que amenazaba con ahogarme, apretando los dedos alrededor de la tableta de historiales hasta que el plástico crujió. Me resigné a ver cómo Luke volvía a la actitud de siempre conmigo. Al hielo.

Y lo peor de todo, mientras caminaba de vuelta al mostrador arrastrando los pies junto a un silencioso Mac, era saber que no podía culparle por tratarme como a un fantasma.

Yo misma me había encargado de cavar mi propia tumba doce años atrás.

Ahora, solo me quedaba aprender a respirar bajo la tierra.

✽✽✽