SIETE
Georgia
S alí del estrecho pasillo de los baños caminando tan rápido que casi choco contra un camarero que llevaba una bandeja llena de jarras.
El estruendo de la música me golpeó de frente, pero apenas los registré.
Tenía los oídos taponados por el latido frenético de mi propio corazón.
Mi respiración era un desastre irregular y las piernas me temblaban tanto bajo la tela del vestido verde que temí que me fallaran antes de llegar a la puerta.
El cuerpo me ardía. Aún podía sentir la presión de los dedos de Luke en mi interior, la fuerza de su mano en mi garganta, el calor de su boca saqueando la mía. Me sentía sobreestimulada y, al mismo tiempo, viva. Viva como no me había sentido en años.
Me abrí paso a empujones entre la multitud hasta llegar a la mesa grande del rincón. No me senté. Agarré mi bolso de la silla con un movimiento brusco.
—Me marcho ya. Estoy agotada —anuncié, interrumpiendo la conversación sin importarme lo más mínimo la falta de educación.
Me incliné y le di un beso rápido en la mejilla a Savannah.
Al separarme, mi hermana me atrapó la mirada.
Sus ojos avellana estaban muy abiertos, escaneando el rubor de mis mejillas, mis labios hinchados y el temblor de mis manos.
Estaba alarmada. Ella, mejor que nadie, conocía mi historia con Luke.
Y conociendo a Savannah, no me cabía duda de que había visto perfectamente cómo él se levantaba de su mesa para seguirme hacia los baños.
Me lanzó una pregunta muda, llena de preocupación, pero yo la esquivé de inmediato.
—Conduce con cuidado, Gia —dijo Ian, dándole un apretón silencioso en el muslo a Savannah.
—Nos vemos el lunes —murmuré, despidiéndome del resto con un gesto tenso de la mano, y me di media vuelta.
Hui hacia la salida sin mirar hacia la mesa de Luke. Empujé la pesada puerta de madera y salí a la calle.
El aire frío de la noche me golpeó el rostro como un jarro de agua helada, pero lo agradecí.
Aunque era primavera, por las noches aún refrescaba.
Caminé por la acera hasta llegar a mi todoterreno, aparcado un poco más abajo en la calle principal, y me apoyé de espaldas contra la chapa fría de la puerta.
Cerré los ojos y tomé una bocanada de aire profundo, intentando llenar mis pulmones, intentando que el temblor de mis muslos cesara y que la humedad caliente que aún me manchaba la ropa interior dejara de recordarme lo patética que había sido rindiéndome a él con tanta facilidad.
Unos pasos ligeros a mi espalda me hicieron enderezarme.
—Disculpa... ¿Gia?
La voz era suave, femenina y completamente desconocida.
Me giré despacio y me encontré frente a la amiga de Luke.
Leah. La mujer embarazada que había llegado de Redmond con su marido.
La farola de la calle iluminaba su rostro y, por primera vez, no pude evitar mirarla con detenimiento.
Tenía un rostro precioso, rodeado por un cabello cobrizo que brillaba bajo la luz amarillenta.
Pero lo que más destacaba en ella era su expresión: parecía una chica inmensamente dulce, amable, con unos ojos azules enormes que transmitían una serenidad absoluta.
Me quedé en silencio un segundo, evaluando la situación, y finalmente asentí con un movimiento corto de cabeza.
—Sí. Soy yo —respondí, cruzándome de brazos sobre el pecho, a la defensiva.
Leah se acercó un par de pasos, frotándose las manos, por frío o nerviosismo.
—No quería incomodarte, de verdad —empezó, con un tono conciliador y una pequeña sonrisa comprensiva—. Solo quería acercarme a saludarte como es debido. Antes, en la mesa, Luke no te ha presentado por tu nombre y me ha parecido... descortés. Soy Leah.
Parpadeé, descolocada por su educación en medio de todo el desastre. Asentí de nuevo, aceptando el saludo, pero algo en sus palabras anteriores se me quedó clavado en la mente.
—Encantada, Leah —dije, con la voz un poco rasposa—. Pero, si Luke no pronunció mi nombre en la mesa... ¿cómo sabes mi nombre de pila? ¿Cómo sabes mi diminutivo?
Leah se encogió de hombros con naturalidad, como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.
—Así es como siempre te ha llamado Luke. Gia. Desde que lo conozco, siempre se ha referido a ti de esa manera. Sinceramente, no sabía que fuera un diminutivo o un apelativo íntimo. ¿Está bien que te llame Gia?
El corazón me dio un vuelco doloroso. Sentí que el suelo bajo mis botas se volvía inestable.
—Es el diminutivo de Georgia. Pero no me molesta. Puedes llamarme Gia —le quité importancia rápidamente. Tragué saliva, incapaz de frenar la pregunta que me quemaba en la lengua—. Has dicho que así es como se refiere a mí... ¿A qué te refieres exactamente? ¿Luke habla de mí con vosotros?
Leah me sostuvo la mirada con una franqueza que me desarmó.
—Luke siempre ha hablado de ti. Desde que lo conozco, has estado presente en sus conversaciones.
Solté una risa corta, áspera y carente de humor. El sarcasmo fue mi único escudo ante la idea de Luke desgranando nuestro pasado frente a sus amigos de Redmond.
—Ya me imagino lo que puede haber dicho de mí —murmuré, desviando la mirada hacia el asfalto oscuro—. Seguramente nada bueno.
Leah no me rebatió. Se limitó a encogerse de hombros, con una tristeza sosegada en sus ojos claros.
—Es de esperar, ¿no crees? —respondió con suavidad, sin una pizca de maldad, pero con una honestidad brutal—. Teniendo en cuenta lo que sucedió entre vosotros y cómo terminaron las cosas, es lógico que haya hablado desde el enfado. Pero te equivocas. Él no habla mal de ti, en absoluto.
Me atraganté con mi propia respiración. El aire se me quedó atascado en la tráquea. Di un paso instintivo hacia ella, abandonando la chapa de mi coche.
—¿Qué sabes tú de lo que pasó entre nosotros? —pregunté, y la voz me tembló, traicionándome.
Leah me miró con una compasión que me dolió más que una bofetada.
—Todo —respondió en un susurro—. Lo sé todo, Gia. Sé cómo lo dejaste. Sé la nota que encontró. Conozco el estado en el que quedó cuando te fuiste.
Asentí, bajando la cabeza, sintiéndome repentinamente minúscula, incapaz de articular una sola palabra en mi defensa. No podía defenderme. Era culpable de los cargos.
—La verdad... —prosiguió Leah, dando un paso más, acortando la distancia—, ahora que te he visto en persona, me doy cuenta de que no eres la persona fría y calculadora que imaginé en mi mente durante años.
Tienes una mirada triste. Pero debes entender que...
ver sufrir a Luke durante tanto tiempo fue muy difícil para los que le queríamos.
Ver cómo intentó desesperadamente seguir adelante, ver cómo se casó y cómo su matrimonio terminó fracasando estrepitosamente por todo lo que le sucedió contigo... dejó muchas cicatrices.
Levanté la cabeza de golpe. La sangre abandonó mi rostro tan rápido que me mareé.
—Espera. ¿Qué? —la interrumpí, con los ojos muy abiertos. Mi cerebro se negó a procesar las palabras en el orden correcto—. ¿El matrimonio de Luke? ¿Luke... se casó?
Leah me miró con cierta sorpresa, como si no pudiera creer que yo no supiera un detalle tan monumental de la vida del hombre del que hablábamos.
—Sí. Se casó cuando tenía veintiséis años. Intentó construir una familia. Pero su matrimonio apenas duró tres años.
Me apoyé contra el coche de nuevo, sintiendo que las rodillas me fallaban. Había estado casado. Había jurado amor eterno a otra persona. Se había metido en una cama, había compartido una casa, una vida, mientras yo vivía mi vida solitaria y vacía en Portland.
—No... no lo sabía —logré balbucear, sintiendo un pinchazo de celos tan agudo, tan absurdo, que me dio náuseas.
Leah suspiró, acariciándose el vientre de forma inconsciente.
—No fue culpa suya —añadió, y noté cómo su tono se volvía más íntimo, casi protector, aunque no entendí hacia quién—.
Luke lo intentó con todas sus fuerzas. Pero...
para la esposa de Luke fue muy difícil convivir con tu fantasma, Gia.
Ella se dio cuenta de que él nunca iba a poder amarla del todo, porque una gran parte de él seguía anclada aquí.
Contigo. Al final, fue ella quien tuvo que pedirle el divorcio para liberarlos a ambos.
No tenía palabras para responder a eso. Ni siquiera sabía qué pensar.
Me parecía egoísta por mi parte sentir celos o traición.
Yo lo dejé, yo me alejé y lo hice con todas las consecuencias, sabiendo que él tenía todo el derecho de rehacer su vida.
Pero no podía evitar ese sentimiento de desazón en mi interior, como si algo se hubiera roto definitivamente.
Leah me dedicó una última sonrisa, suave y conciliadora.
—Me alegro mucho de haberte conocido en persona, Gia. De verdad. Cuidamos de él todo lo que pudimos, pero... espero de corazón que las cosas mejoren entre vosotros. Por el bien de los dos. Buenas noches.
—Buenas noches, Leah —respondí de forma escueta.
Leah se dio media vuelta y caminó de regreso hacia la puerta del local, desapareciendo de nuevo en el bullicio y la música, dejándome completamente sola en la calle oscura.
Abrí la puerta de mi todoterreno, me dejé caer en el asiento del conductor y cerré con un golpe seco.
Apoyé la frente contra el volante de cuero. Estaba tan confusa que sentía vértigo. La humillación de lo que había sucedido en el baño se mezclaba ahora con el dolor lacerante de saber que había tenido una esposa. Una esposa que tuvo que dejarlo porque él no podía olvidarme.
No sabía cómo asimilar nada de esto. No sabía cómo las cosas podían mejorar, como ingenuamente esperaba Leah. Todo estaba demasiado liado, demasiado enrevesado, aún había demasiados secretos entre ambos. No veía un final para esta historia que no acabara con los dos hechos pedazos.
Giré la llave en el contacto. El motor rugió, ahogando un sollozo que se me escapó de los labios, y aceleré hacia mi cabaña, arrastrando mis fantasmas conmigo.
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