SEIS #4
Sus dedos, en lugar de empujarme lejos, se cerraron sobre la tela de mi camiseta, aferrándose a mí con una fuerza desesperada.
Me devolvió el beso con un ahínco salvaje, con la misma ansia que me consumía a mí.
Chocó sus dientes contra los míos, mordiéndome el labio inferior con una agresividad deliciosa, abriendo la boca para dejar que mi lengua la saqueara sin piedad.
Gimiendo, Gia metió su propia lengua en mi boca, hurgando hasta el fondo, devolviéndome el golpe, sabiendo a cerveza y a deseo puro.
La excitación que me llevaba castigando toda la noche exigió su peaje.
Separé los pies, metí mi rodilla derecha entre sus muslos y empujé hacia arriba, obligándola a abrir más las piernas.
Acorralada contra la puerta, todo el sexo de Gia, protegido apenas por su ropa interior, se frotó con dureza contra el tejido áspero de los vaqueros de mi muslo.
Un gemido roto vibró en su garganta. Estaba tan húmeda que, en apenas unos segundos de fricción, pude sentir el calor de su humedad traspasando las capas, dejando una mancha oscura y evidente en la tela vaquera de mi pantalón.
Me separé de sus labios lo justo para respirar. Teníamos los pechos agitados, chocando el uno contra el otro. Apoyé la frente contra la suya, mirándola a los ojos, que ahora estaban oscurecidos, dilatados por la pura lujuria.
—Mírate —le dije, con la voz convertida en un susurro ronco —. Estás tan excitada... toda mojada. Me has dejado los vaqueros empapados.
Gia soltó una carcajada sin aliento. Lejos de amilanarse, su expresión se volvió descarada. Bajó la mirada hacia mi entrepierna, donde mi erección palpitaba contra el tejido.
—Cállate tú —replicó, escupiéndome las palabras sin rastro de vergüenza —. Tu polla está tan dura que está a punto de reventar la cremallera de tus pantalones.
Agarré sus caderas y la giré bruscamente, invirtiendo nuestras posiciones hasta colocarla de cara a la pared lateral.
Al ser un baño adaptado, el gran espejo rectangular estaba mucho más abajo de lo normal.
Nos devolvió el reflejo de ambos, enmarcándonos a la perfección desde la línea de las rodillas hasta los ojos.
Me pegué a su espalda. Con mi erección clavándose en su perfecto y redondo culo.
Subí una mano hasta su cuello. No apreté.
Si Gia hubiera querido, habría podido liberarse con un simple giro de hombros.
Pero necesitaba sentirlo, como siempre me pasaba con ella, necesitaba sentir su pulso bajo mi palma, sentirlo acelerarse cuando se excitaba y como se desbocaba cuando estaba a punto de correrse.
Gia lo sabía. Sabía lo que ese gesto significaba y por eso no intentó liberarse. Por el contrario, dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, apoyando todo su peso contra mi cuerpo.
—Quizá —le susurré al oído, con la voz vibrando directamente en su nuca—, como has estado dejándote tocar por otros hombres con tanta soltura toda la noche, también te dejes tocar por mí.
Los ojos de Gia centellearon en el reflejo del espejo.
Era un golpe bajo, pero ella no retrocedió.
Apretó los dientes y, en un movimiento calculado, arqueó la espalda, echando las caderas hacia atrás para apretar el culo aún más contra mi erección.
Era un gesto obsceno y tan erótico que me arrancó un gruñido ronco desde el fondo del pecho.
—Yo solo me dejo tocar por quien tiene el valor de reconocerme en una sala —siseó, escupiéndome a la cara la humillación de no haberla presentado ante mis amigos, de haberla ignorado como si fuera invisible.
Me lo merecía. Pero a pesar de la dureza e ironía de nuestras palabras, nuestros cuerpos estaban reaccionando con la misma pasión de siempre. Reconociéndose el uno al otro.
Bajé mi mano libre desde su cintura, recorriendo la curva de su cadera, y la deslicé lenta e inexorablemente bajo el dobladillo de su falda. Al sentir el roce de mis dedos en su piel desnuda, Gia separó aún más las piernas, concediéndome un acceso total, abriéndose para mí.
Nuestras miradas estaban fijadas la una en la otra a través del cristal. El mundo exterior dejó de existir. Mantuve mi mano apoyada sobre la tela de encaje de sus bragas, quieto. Busqué sus ojos avellana en el reflejo, pidiéndole permiso sin pronunciar una palabra.
Gia me sostuvo la mirada. Su pecho subía y bajaba.
Asintió levemente con la cabeza, sin romper el contacto visual.
—Sigue —ordenó, con la voz ronca, temblando de pura anticipación.
No necesité escuchar nada más. Aparté a un lado la tira húmeda de su ropa interior y encontré su centro.
Estaba caliente, hinchada, empapada y lista para mí.
Empecé a masturbarla lentamente, trazando la longitud resbaladiza de sus pliegues con las yemas de mis dedos, saboreando el calor de su cuerpo antes de encontrar el nervio de su clítoris.
Gia soltó un jadeo largo, arqueando la espalda, y cerró los ojos un segundo antes de volver a clavarlos en el espejo.
—Ah... —suspiró, aferrándose al borde del lavabo—. Más rápido.
Esa era una de las cosas que recordaba de Gia con una claridad aplastante.
Lo que me había vuelto adicto a ella. No era tímida con el sexo.
Nunca lo fue. No era de esas mujeres que se dejaban hacer pasivamente; ella exigía su propio placer, marcaba el ritmo, pedía tanto como daba. Era descarada y me encantaba.
Le di exactamente lo que estaba deseando.
Aumenté el ritmo y la presión de mis dedos, hundiendo dos en su interior mientras mi pulgar frotaba su centro sin piedad, en círculos rápidos y constantes.
Mantuve mi mano en su garganta. Sentía el latido desbocado de su pulso golpeando contra mi palma, los jadeos sucios que le arañaban la laringe, la vibración cada vez que me pedía más.
—Más, Luke... joder, ahí —gimió, retorciéndose contra mi mano, perdiendo por completo el control.
Froté con más dureza, llevándola sin tregua hacia el borde del precipicio.
El cuerpo de Gia se tensó como la cuerda de un violín a punto de estallar.
Sus caderas se clavaron hacia atrás, buscando una fricción desesperada contra mis dedos y contra mi sexo, y entonces se rompió.
Se deshizo por completo sobre mi mano, temblando violentamente, ahogando un grito largo y agudo en el silencio del baño mientras las contracciones rítmicas e imparables de su orgasmo apretaban mis dedos en su interior.
Fui bajando el ritmo gradualmente mientras ella descendía de la cima, dejando que los espasmos se calmaran hasta convertirse en pequeños temblores. Su respiración agitada llenó el pequeño espacio. Cerró los ojos brevemente, tratando de recuperar el aliento.
Como si alguien hubiera bajado un interruptor de golpe, cortando la electricidad, Gia se enderezó.
Su cuerpo se volvió tan rígido como una tabla.
Retiré mis manos de ella al instante, retrocediendo un paso.
Se bajó la falda del vestido, alisándose la ropa con movimientos mecánicos, borrando en segundos cualquier rastro de la mujer que acababa de derretirse contra mi pecho, suplicando.
Se giró hacia la puerta. No me miró. Su rostro era una máscara de absoluta neutralidad.
—Gracias por el orgasmo —soltó, con una frialdad que me congeló la sangre.
Quitó el pestillo de metal y salió disparada del baño antes de que yo pudiera articular una sola palabra, huyendo hacia la seguridad de la música y la multitud.
La puerta se cerró lentamente con un clic.
Me quedé completamente solo. Parado en medio del baño, con la mano aún húmeda por sus fluidos, la respiración entrecortada, una erección dolorosa que me partía por la mitad y una sensación agridulce y hueca aplastándome los pulmones.
Me apoyé contra el lavabo, cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia adelante.
La había cagado.