SEIS #3
El sonido ronco y suave de Gia me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica.
Clavé los ojos en el centro de la mesa para no mirarla.
Pero al final, algo en mi interior pudo más y acabé levantando los ojos hacia ella.
Gia se mantenía en un segundo plano, cordial y educada, pero sus ojos evitaban cualquier contacto con los míos.
Llevaba un vestido corto primaveral, sencillo, de un color verde oscuro que resaltaba su piel clara.
Le quedaba como un maldito guante. Al estar sentada con las piernas cruzadas, la tela se recogía ligeramente, dejando a la vista unas piernas kilométricas que amenazaban con hacerme perder el hilo de cualquier conversación.
—Casi todos aquí trabajamos en emergencias, Ethan. Es una deformación profesional juntarnos en nuestro tiempo libre — comenté, obligándome a hablar para desviar la atención, pero mi estrategia llegó tarde.
No me pasó desapercibida la mirada interrogante de Leah. Vi cómo mi exmujer ladeaba ligeramente la cabeza, observando a Gia en silencio. Los engranajes en el cerebro de Leah estaban girando a toda velocidad, y el reconocimiento no tardó en iluminar sus ojos azules.
Sabía exactamente lo que Leah estaba viendo.
Estaba viendo a una mujer alta, esbelta y preciosa.
Estaba viendo el parecido innegable que compartían.
Ambas tenían el cabello casi pelirrojo, aunque el de Leah era más cobrizo y el de Gia, de un caoba oscuro y denso.
Ambas tenían una piel clara salpicada por suaves pecas en el puente de la nariz, la misma altura elegante y unas manos de dedos largos y delicados.
Yo no tenía un tipo, hasta que conocí a Gia.
La diferencia radical radicaba en la mirada: mientras que Leah tenía unos ojos grandes, redondos y de un azul claro muy dulce, Gia poseía unos ojos almendrados, fieros y de un color avellana que te atrapaba sin remedio.
—Tirad un par de sillas y sentaos con nosotros —ofreció Ian, señalando el hueco libre en un extremo de la gran mesa de madera.
Se me tensaron los músculos de la mandíbula.
—Te lo agradezco, Ian, de verdad —decliné la invitación de forma elegante, levantando una mano—. Pero quiero que estos dos se relajen del viaje, y tenemos mucho que ponernos al día. Os dejamos disfrutar de la cena. Nos vemos el lunes en el hospital.
Lo último que estaba dispuesto a soportar era una cena con mi exmujer y mi exnovia sentadas en la misma mesa. Sabía que Leah me iba a dar la tabarra después, porque era dulce y me quería, pero su curiosidad no tenía límites. Y, sobre todo, no quería que Gia descubriera quién era Leah en realidad.
Nos instalamos en la mesa más pequeña, cerca de la barra, y pedimos unas hamburguesas completas y un par de cervezas. Intenté centrar la conversación en el trabajo de Ethan en la base de Redmond, pero en cuanto el camarero dejó los platos sobre la madera gastada, Leah se inclinó hacia adelante.
—Muy bien, Luke. Desembucha —disparó, bajando el tono de voz para que no nos escucharan con el ruido de fondo de la gramola—. ¿Quién era la mujer de pelo caoba a la que no nos has presentado por su nombre?
Le di un mordisco a una patata frita, masticando despacio, intentando ganar tiempo y quitarle importancia al asunto con un encogimiento de hombros.
—Es médica en el Hospital Regional. Ya te dije que el pueblo está lleno de sanitarios.
Leah me lanzó una mirada severa, apoyando los antebrazos a ambos lados de su plato.
—No puedes engañarme a mí, Luke Holloway.
—Leah, de verdad, no sé de qué me estás hablando.
—No me tomes el pelo —susurró ella, entrecerrando los ojos azules—. Me juego lo que quieras a que esa mujer es la jefa de Urgencias.
Cerré la boca de golpe. No tenía forma de negarlo. Ethan resopló, dándole un trago largo a su cerveza artesanal, y me miró con una mezcla de compasión y diversión.
—No hace falta que confirmes nada, hermano —dijo Ethan, en un tono bajo y cariñoso—. Era evidente desde que pusimos un pie junto a esa mesa quién es ella. Es Gia. Y la tensión que había entre los dos se podía cortar con un cuchillo de sierra. Me ha faltado poco para pedir un extintor.
Solté el aire que retenía en los pulmones, pasándome una mano por el pelo, y me recosté en la silla. Mi fachada de indiferencia acababa de saltar por los aires frente a las dos personas que mejor me conocían en el mundo.
—Comed, por favor. Disfrutad de la cena —les pedí, clavando la mirada en mi hamburguesa —. No hay ninguna tensión. Solo es una situación profesional que estamos gestionando. Lo juro. A nivel personal... lo tengo todo absolutamente superado con Gia.
Ethan cruzó una mirada silenciosa y elocuente con Leah por encima de la mesa. Era evidente que mis amigos no se creían ni una sola sílaba de mi discurso de superación.
Y el problema real era que ni siquiera yo mismo era capaz de creerme esa mentira.
✽✽✽
Ethan, sentado frente a mí, acababa de terminar de contar una anécdota desastrosa de nuestros primeros años en la unidad de Redmond, logrando que Leah soltara una de esas carcajadas limpias e incontrolables que hacían que se agarrara el vientre.
Yo sonreía, asintiendo en los momentos adecuados y dándole tragos cortos a mi cerveza oscura.
Por fuera, mantenía intacta la fachada del amigo relajado, del anfitrión perfecto.
Pero mi atención real estaba en la mesa grande del fondo.
La tenía de perfil. Estaba sentada en uno de los taburetes altos, con esas piernas kilométricas cruzadas, balanceando un pie al ritmo de la música.
Cada vez que echaba la cabeza hacia atrás para reírse de algo que Savannah le decía, el movimiento dejaba al descubierto la línea blanca y perfecta de su garganta, y el pelo caoba caía como una cascada oscura sobre su espalda.
Llevaba lidiando con una media erección persistente desde el segundo en que la vi al acercarme a su mesa.
Entonces, las puertas abatibles del local se abrieron y entró Cormac Donovan.
Vi cómo Mac se abría paso entre la multitud y se acercaba a su mesa.
Con esa familiaridad que da el compartir turnos de urgencias, se dejó caer en el taburete vacío justo al lado de Gia.
Mi respiración se atascó. Observé cómo Mac se inclinaba hacia ella, tomaba el vaso de cristal de Gia y le daba un trago a su cerveza con total naturalidad, antes de levantar una mano para pedirle su propia bebida a la camarera.
Gia no se apartó. Ni siquiera parpadeó. Solo le dedicó una sonrisa ladeada.
Mi cabreo iba en aumento exponencial. No quería desearla.
Me negaba a estar pendiente de cada uno de sus gestos, de sus risas o del movimiento de su pelo, pero la mera idea de que otro hombre estuviera cerca de ella, tocándola con esa soltura que una vez fue solo mía, me cegaba.
Era irracional y era estúpido. Y también era inevitable.
Vi cómo Mac pasaba un brazo fornido por detrás del respaldo de la silla de Gia, acomodándose para charlar con su mellizo, Caleb, por encima de la cabeza del resto.
Apreté el vaso de cristal que tenía entre las manos con tanta fuerza que mis nudillos crujieron, temiendo hacer estallar el vidrio.
—Luke.
La voz de Leah cortó mi trance. Parpadeé, girando el rostro de forma mecánica hacia mi mesa. Mi exmujer me miraba con las cejas fruncidas.
—¿Estás bien? —preguntó, bajando el tono de voz.
—Sí —mentí con rapidez, forzando una sonrisa —. Estoy perfectamente.
Ethan, a su lado, soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza, absolutamente incrédulo ante mi mentira, pero tuvo la decencia de no añadir más leña al fuego.
De reojo, capté un movimiento periférico. Gia se había bajado de la silla alta, alisándose la falda del vestido verde sobre los muslos, y comenzó a caminar hacia el pasillo oscuro del fondo que conducía a los baños.
Me debatí conmigo mismo durante tres agónicos segundos. Sabía que no debía ir. Pero al ver cómo su espalda se perdía en la penumbra del pasillo, el raciocinio se apagó por completo. Lo mandé todo a la mierda.
—Disculpadme un segundo —murmuré, levantándome de la silla con brusquedad antes de que Ethan pudiera soltar ninguna burla, y eché a andar.
Caminé a grandes zancadas. El pasillo estaba vacío, tenuemente iluminado por un neón amarillo. La alcancé justo antes de que empujara la puerta de madera del baño de mujeres.
Alargué la mano, cerré los dedos con firmeza alrededor de su codo desnudo y tiré de ella hacia atrás.
Gia soltó un jadeo de sorpresa, tropezando con sus propios pies.
Sin darle tiempo a reaccionar, abrí la puerta contigua que correspondía a la del baño adaptado, la empujé hacia el interior, entré detrás de ella y pasé el pestillo de metal con un clac sordo que nos aisló del resto del mundo.
—¡Qué coño estás haciendo! —gritó Gia, girándose sobre sus talones con rapidez.
Sus ojos avellana echaban chispas, ardiendo de indignación y de sorpresa. Su pecho subía y bajaba rápidamente, agitado bajo la tela del vestido, y sus manos estaban cerradas en puños.
—Cállate —gruñí.
Y la besé.
No hubo ternura. No hubo delicadeza. Fue un beso nacido puramente de la rabia cruda, de la frustración acumulada de doce años de silencio y del cabreo irracional de verla sonreír a Mac mientras a mí me miraba como si fuera un apestado.
La besé con dureza, aplastando mis labios contra los suyos, acorralándola contra la puerta de madera con el peso de mi cuerpo.
Suspiró contra mi boca, un sonido de protesta ahogado.
Gia levantó las manos y las apoyó en mi pecho.
Podría empujarme y yo me detendría. Me costaría, pero lo haría sin dudar.
Ella estaba en todo su derecho de hacerlo y eso era lo que esperaba.
Pero sus manos no hicieron el más mínimo esfuerzo en apartarme.