SEIS #2
Gia se quedó momentáneamente paralizada. Los labios se le entreabrieron y sus ojos avellana se dilataron. Vi cómo el dolor le cruzaba las pupilas en un destello rápido antes de que sus manos se cerraran en puños sobre sus propios folios, arrugando los bordes del papel.
Me arrepentí en el acto.
Perder el control de mis emociones de esa manera en una sala de juntas era un error patético y de principiante.
Era indigno de mí. Llevaba días repitiéndome a mí mismo que la había superado, que la química brutal que seguía existiendo entre nosotros no iba a doblegarme nunca más.
Y, con una sola frase, acababa de demostrarles a todos lo mucho que me afectaba su presencia, su voz.
Solté el bolígrafo que estaba estrangulando con los dedos y la miré directamente. Me obligué a dejar de ser mezquino. No hacía ningún bien a nadie que me comportara como un capullo.
—Disculpa la interrupción. Por favor, continúa, Georgia —le pedí. Forcé una expresión completamente neutral, bajando el tono de voz en un intento de enmendar el daño.
Ella tragó saliva de forma visible. Levantó la barbilla, pareciendo un animal acorralado que espera el siguiente zarpazo, pero negándose a agachar la cabeza.
—Como decía —continuó. Su voz era ahora mucho más tensa, como si esperara que yo desdeñara su aportación en cualquier momento—.
En Portland, un factor decisivo era tener una sala de comunicaciones propia y dedicada exclusivamente al hospital.
Actualmente, somos los propios jefes de área quienes recibimos las comunicaciones directas de los paramédicos y los pilotos en pleno vuelo.
O en su defecto de la jefa de comunicaciones de la Base de Rescate Aéreo.
Gia se inclinó ligeramente hacia adelante. Me obligué a mirarla y a mantenerme en absoluto silencio. Quería escucharla. Era la primera vez que la oía decir tantas palabras juntas desde que regresó.
—En algunas ocasiones —prosiguió Gia, gesticulando con una mano para dar énfasis a su argumento—, es la propia Sloane la que tiene que soltar la gestión del centro para convertirse en mando médico de comunicaciones por radio.
Y Savannah toma más de la mitad de las llamadas de los helicópteros mientras intenta coordinar los boxes.
Una mejora considerable en el tiempo de respuesta sería tener una sala de comunicaciones propia aquí, integrada en Urgencias.
Nuestro territorio de cobertura es enorme y orográficamente complejo.
Los tiempos de respuesta en alta montaña son largos por naturaleza, así que es imprescindible reducirlos al máximo en la recepción.
Centralizar la información salvará vidas.
Me quedé en silencio, asimilando la propuesta.
A pesar de la rabia, a pesar de mi comportamiento inmaduro de hacía un minuto, super reconocer la brillantez de la idea. Era un salto logístico que transformaría el hospital.
—Tiene toda la razón —intervino Hannah, saltando sobre la idea con entusiasmo —.
Sería una ventaja enorme. Alguien que controle las comunicaciones por radio, la disponibilidad interna de boxes, qué quirófanos están libres y el stock del banco de sangre en tiempo real, mientras nosotros estamos centrados en recibir a las víctimas.
Si liberamos a Gia y a Savannah de los transmisores, su tiempo de reacción física será un treinta por ciento más rápido.
Asentí despacio, rindiéndome ante la evidencia.
—Estoy totalmente de acuerdo —dije, girándome hacia la directora médica—.
Sloane, quiero que redactes un plan financiero, logístico y de infraestructura para implementar esa sala de comunicaciones.
Averigua qué necesitamos tirar abajo para construirla y qué tecnología de radioenlace se requiere. Quiero implementarlo lo antes posible.
Sloane asintió, tomando notas a toda velocidad en su tableta.
Gia se mantenía en el extremo de la mesa. En silencio.
Era una profesional excepcional. Y, aunque me odiara a mí mismo por ello, estaba profundamente impresionado por ella.
Fijé la vista en el folio de mi carpeta, trazando una línea con el bolígrafo, y hablé sin apenas mirarla, manteniendo mi tono profesional y distante.
—Es una magnífica idea, Georgia. Te doy las gracias por la aportación.
No esperé a ver su reacción. No quise ver si mis palabras la aliviaban o la tensaban aún más. Pasé la página de mis apuntes con un movimiento seco, devolviendo la atención al resto del grupo.
—Bien. Pasemos al siguiente punto del orden del día. El rediseño de las zonas de triaje para la integración de cadetes y estudiantes. Hannah, tu turno.
✽✽✽
El crujido de unos neumáticos sobre la grava del sendero que conectaba con la carretera principal de Raven Ridge me hizo apartar la vista de los informes que tenía esparcidos sobre la mesa de centro. Salí al porche justo cuando el todoterreno de Ethan se detenía frente a mi cabaña.
Antes de que el motor se apagara por completo, la puerta del copiloto se abrió y Leah bajó con cuidado. Sonreí al instante, sintiendo cómo la tensión de la semana laboral se disipaba. Bajé las escaleras de madera a zancadas y la recibí con los brazos abiertos.
—¡Estáis aquí! ¿Seguro que estás bien para viajar? —exclamé, envolviéndola en un abrazo cálido, ajustando mi fuerza para no presionar la curva ya evidente de su vientre de casi seis meses.
—Me alegro mucho de verte, Luke —murmuró ella contra mi hombro, con ese tono dulce y maternal que siempre usaba conmigo.
Ethan rodeó el capó del coche y me dio un abrazo fuerte, dándome un par de palmadas sonoras en la espalda.
—Ni lo intentes, Holloway —bromeó mi amigo, señalando a su mujer con el pulgar—. Lleva una semana dándome la tabarra. Ha insistido en hacer el viaje antes de que el bebé no le permita salir de casa. Solo para comprobar que no te has convertido en un ermitaño.
—Yo no he dicho eso —protestó Leah, aunque se sonrojó ligeramente—. Solo quería comprobar que estabas bien instalado.
—Estoy perfectamente. Pasad, os enseñaré el palacio.
Les hice un pequeño recorrido por la cabaña.
Les mostré el salón rústico con la chimenea de piedra, la cocina funcional y las dos habitaciones revestidas de madera.
Dejé que se instalaran en el dormitorio de invitados con sus bolsas de viaje.
Era viernes por la tarde, el aire empezaba a refrescar en la montaña y ninguno de nosotros tenía ganas de cocinar.
—Conozco el sitio perfecto para cenar —les propuse, apoyándome en el marco de la puerta de su habitación—. Se llama The Switchback . Es un bar-restaurante de montaña, el típico lugar donde la comida es contundente, sencilla y hay buena música. Va mucha gente del hospital y de la base aérea.
Quince minutos después, aparcaba mi camioneta frente a la fachada baja de madera oscura y el letrero de neón discreto de The Switchback .
Al empujar la puerta de entrada, el calor del local, el olor a cerveza, carne a la parrilla y el ruido de las conversaciones nos envolvieron.
El lugar estaba ya medio lleno de vecinos, trabajadores fuera de turno y algún turista rezagado.
Le hice una seña a Ethan para dirigirnos hacia una de las mesas vacías del fondo, la zona donde solían instalarse los lugareños para cenar y disfrutar de la música de la gramola.
Mientras nos abríamos paso entre las sillas de madera gastada, mi mirada hizo un barrido. Mis ojos se detuvieron en la mesa grande del rincón. Inevitablemente el corazón empezó a bombear contra mis costillas.
Allí estaban. Ian Collins, con el brazo apoyado en el respaldo de la silla de Savannah; Caleb Donovan, riéndose de algo junto a Hannah; y, sentada en el extremo opuesto, girando un posavasos de cartón entre sus dedos largos y delicados, estaba Georgia.
Ian levantó la vista de su cerveza, me reconoció al instante y alzó una mano a modo de saludo.
No tenía escapatoria sin parecer un grosero frente a mis amigos. Apreté los dientes, forcé una sonrisa afable y desvié mi trayectoria hacia la mesa del rincón, indicándoles a Ethan y a Leah que me siguieran.
—Collins. Donovan. Chicas —saludé al llegar, asintiendo hacia ellos. Mi vista pasó sobre la cabeza de Savannah y Hannah, saltándome deliberadamente a Gia. No pronuncié su nombre. Ni siquiera la miré directamente—. Qué casualidad veros por aquí.
—Es el mejor sitio para desconectar un viernes —respondió Ian con su voz áspera, levantando su vaso—. ¿Te unes a nosotros?
—Hoy vengo bien acompañado —dije, apartándome un poco para dejar paso a mis amigos—. Os presento a Ethan y a Leah. Son mis mejores amigos. Vienen desde Redmond a pasar el fin de semana. Chicos, estos son Ian y Caleb. Hannah y Savannah.
El intercambio de saludos fue rápido y cordial.
—Ethan y yo fuimos compañeros durante años en la unidad de smokejumpers de Redmond —añadí, mirando a los chicos—.
Ahora él es el que se traga todo el humo mientras yo me dedico a jugar a los despachos.
Ian y Caleb son dos de los mejores bomberos de rescate con los que me he cruzado.
Y Caleb es, sin dudarlo, uno de los mejores pilotos que he visto en acción.
—Exageras, Holloway —murmuró Caleb, aunque esbozó una sonrisa ladeada.
Ethan e Ian enseguida encontraron terreno común, intercambiando un par de comentarios sobre las diferencias de equipamiento entre la contención forestal y el rescate de alta montaña. Mientras tanto, Hannah bajó la mirada hacia el vientre de mi amiga.
—¡Enhorabuena por el embarazo! —la felicitó la cirujana con una sonrisa genuina—. Estás estupenda.
—Muchas gracias, Hannah —respondió Leah, acariciándose la curva bajo el vestido de punto.
Fue entonces cuando escuché su voz.
—Felicidades, Leah.