Hollow (Wildwater Falls 6) SEIS
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SEIS

Luke

H abía pasado casi toda la semana fuera del pueblo.

Entre las interminables reuniones con la junta de accionistas en la ciudad para liberar los fondos del fideicomiso, y un par de días en West Linn visitando a mi madre y a mi hermana pequeña, apenas había tenido tiempo de pisar Wildwater Falls.

Sin embargo, antes de marcharme, dejé instrucciones precisas para convocar esta reunión el viernes a primera hora.

Necesitaba empezar a trazar de forma tangible el plan de reestructuración para que el Hospital Regional pudiera asumir los nuevos programas de formación de la academia de rescate.

Estaba sentado a la cabecera de la inmensa mesa de caoba de la sala de juntas. El reloj de la pared marcaba las ocho en punto de la mañana. Me ajusté los puños de la camisa blanca con calma, pero con la mente operando a una velocidad vertiginosa.

El suave clic de la puerta abriéndose rompió el silencio de la sala.

Sloane entró primero. Llevaba un traje sastre impecable y una tableta bajo el brazo. Detrás de ella caminaba Hannah, con un café humeante en la mano y el pijama quirúrgico verde asomando por debajo de su bata.

—Buenos días, Luke —saludó Sloane, tomando asiento a mi izquierda con la eficacia que la caracterizaba—. Espero que todo haya ido bien en la ciudad. Dicen que el tráfico es una pesadilla diaria.

—Buenos días, Sloane. Hannah —correspondí con un asentimiento—. El tráfico es lo de menos. Son los abogados los que consiguen drenarme la energía.

Hannah soltó una risa suave mientras se sentaba junto a la directora médica.

Estaba a punto de hablarle sobre las novedades que me habían comunicado respecto a la financiación de los nuevos programas, cuando el sonido de pasos en el pasillo me hizo detener. La puerta volvió a abrirse. Entraron Savannah y Georgia.

El oxígeno pareció abandonar la sala. Gia llevaba el pelo caoba recogido en una pinza que dejaba a la vista la línea pálida de su cuello.

Su bata blanca estaba perfectamente abrochada sobre el pijama azul, pero lo que me golpeó fue la tensión extrema que irradiaba su cuerpo.

Al cruzar el umbral, su mirada hizo un escrutinio rápido y calculado de la sala.

Se detuvo en la única silla vacía que quedaba en la cabecera de la mesa, justo a mi derecha, a escasos cincuenta centímetros de mí.

Vi cómo la línea de sus hombros se tensaba aún más. Su paso vaciló. Trató de disimularlo, pero su lenguaje corporal fue alto y claro. Desvió su trayectoria de inmediato hacia el extremo opuesto de la mesa, huyendo claramente de mí.

Savannah, que caminaba apenas un paso por detrás de ella, se quedó medio suspendida en el aire.

Sus ojos avellana pivotaron rápidamente de la espalda de su hermana mayor hacia mi rostro.

Captó el pánico de Gia, y reaccionó en consonancia.

En un movimiento rápido, Savannah dejó caer su carpeta sobre la mesa y tomó asiento en la silla contigua a la mía.

Lo hizo con una naturalidad aplastante, fingiendo que esa había sido su intención desde el principio.

Esa simple maniobra salvó a Gia, permitiéndole refugiarse en la última silla del extremo derecho, lo más alejada posible de la cabecera.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que los dientes me rechinarían si no estuviera apretando también los labios. Clavé la mirada en los folios que tenía delante, obligándome a respirar despacio para que nadie notara cómo el músculo me saltaba bajo la piel.

Me hervía la sangre. Una furia sorda comenzó a treparme por la garganta.

¿Por qué actuaba ella como la víctima aterrorizada?

¿Por qué me miraba con ese pánico esquivo?

Si alguien en esta maldita sala tenía el derecho a levantar un muro de hielo, a sentirse incómodo, resentido y a mostrarse implacable, era yo.

Yo fui el que se quedó atrás hace doce años.

Yo fui el que la buscó desesperadamente hasta que encontró una cobarde nota de despedida bajo el limpiaparabrisas de mi coche.

Yo fui el herido. Yo fui el humillado. Y, sin embargo, ahí estaba ella, rehuyéndome como si el monstruo fuera yo.

—Buenos días a todos —dije, y mi voz salió mucho más fría y cortante de lo que había planeado. Evité mirar en dirección a Gia.

—Buenos días —murmuró Gia desde el fondo de la mesa. Mantuvo la vista rígidamente clavada en la superficie de la mesa, con las manos entrelazadas sobre su regazo.

Tragué aire, aplacando el fuego que me quemaba el pecho, y me obligué a adoptar el rol por el que todos estaban allí.

—Vamos a ir al grano —comencé, apoyando los antebrazos sobre la mesa—.

El objetivo de esta reunión es establecer la hoja de ruta para integrar los programas formativos entre la base aérea y este hospital.

El primer paso es identificar los puntos débiles críticos de cada uno de sus servicios.

Necesitamos un diagnóstico claro. A partir de ahí, mi equipo creará un plan de acción y un soporte financiero para empezar a eliminar esas debilidades.

Miré a Sloane, luego a Hannah y finalmente a Savannah. Ignoré deliberadamente la presencia de Gia. Si ella me ignoraba, dos podían jugar al mismo juego. Sabía que era un comportamiento infantil, pero no podía evitar dejar salir algo del resentimiento que me quemaba por dentro.

—Solo cuando las áreas de urgencias y trauma funcionen con absoluta fluidez, con cero fisuras operativas, daremos luz verde al plan de construcción de la nueva ala de formación. No vamos a construir una academia de élite sobre unos cimientos de barro. Sloane, ¿qué tenemos?

Sloane asintió con profesionalidad. Deslizó una carpeta gruesa, perfectamente encuadernada, hacia el centro de la mesa y abrió su copia en la tableta.

—He preparado un informe preliminar recopilando las debilidades operativas de nuestros departamentos —empezó la directora médica, con su tono claro y autoritario—.

Seamos realistas: el hospital funciona a un gran nivel.

Tenemos un talento humano excepcional. Sin embargo, el estrés al que sometemos al sistema revela fracturas.

Siempre hay un requerimiento constante de más personal de enfermería especializado, como bien sabe Savannah.

Y si Avery Collins estuviera aquí nos diría lo mismo.

Savannah asintió, tomando la palabra por un instante.

—Estamos doblando turnos en triaje con demasiada frecuencia. Si vamos a traer cadetes o estudiantes para formación, necesitamos al menos cinco enfermeras de trauma más en plantilla fija solo para cubrir la rotación docente sin desatender a los pacientes reales.

—Anotado. Lo presupuestaremos —respondí sin dudar—. ¿Qué más?

—Material innovador —intervino Hannah, inclinándose hacia adelante—. Necesitamos ecógrafos portátiles de última generación para los boxes de urgencias y actualizar las mesas quirúrgicas del quirófano tres. El equipamiento es lo que nos permite ser más rápidos y precisos en triaje y diagnóstico.

—Eso también está contemplado —Sloane pasó una página de su informe—.

Pero el punto más crítico, Luke, lo que de verdad nos frena para poder dar el salto cualitativo que buscas, es que el Hospital Regional carece de una unidad de investigación propia.

Si queremos que este proyecto formativo tenga prestigio, si existe la posibilidad real de asociarnos con alguna universidad estatal o nacional, ese factor es innegociable.

Las universidades exigen investigación activa para avalar programas de residencia de élite.

No hablamos de ponernos a investigar sobre cualquier tema, ni siquiera debe ser investigación sobre todas y cada una de las especialidades de nuestro hospital.

Pero si vamos a formar a cirujanos de trauma y ortopedia, deben ser campos en los que destaquemos también en investigación.

Abrí la carpeta que me había tendido Sloane y repasé las cifras, los diagramas de flujo y las proyecciones a tres años. Estaba todo ahí. Desglosado con una exactitud milimétrica.

—Es un análisis impecable, Sloane —admití, levantando la vista, genuinamente impresionado—. Y lo has evaluado en apenas unos días. Es un informe extremadamente preciso.

—El mérito no es mío, Luke —replicó ella, negando con la cabeza y apartando el halago con un gesto elegante de la mano—.

Yo solo he ordenado los números. Las jefas de área me pasaron los datos brutos de sus departamentos, identificando las carencias operativas en tiempo récord.

Su visión es lo que sostiene ese documento.

Un leve carraspeo rompió el ritmo de la conversación. Gia se removió en su silla al final de la mesa. Enderezó la columna, separando la espalda del respaldo, y levantó la vista. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos avellana brillaban con esa determinación profesional que siempre la transformaba.

—Al revisar el flujo de trabajo de mi departamento para el informe de Sloane, me di cuenta de una carencia estructural que arrastramos desde hace tiempo —empezó Gia.

Su voz era firme, despojada de cualquier emoción personal—.

Mientras estuve trabajando en Portland, uno de los factores que marcaba la mayor diferencia en el tiempo de respuesta frente a traumas severos era...

La palabra Portland me golpeó como un bate de béisbol en pleno rostro.

—Sí, por supuesto —la interrumpí, con la voz destilando un hielo tan cortante que bajó la temperatura de la sala—. No me cabe la menor duda de que tu larga estancia en Portland te otorgó una experiencia fascinante. Estoy seguro de que tu experiencia allí fue... muy reveladora.

El silencio que siguió a mis palabras fue ensordecedor.

Hannah parpadeó, girando la cabeza hacia mí con la boca ligeramente abierta, incapaz de procesar el ataque gratuito.

Sloane arqueó una ceja perfecta, entrelazando los dedos sobre la mesa con expresión de severa advertencia.

Savannah se tensó a mi lado; sentí cómo su cuerpo entero se volvía de piedra, y me lanzó una mirada cargada de hostilidad.