Hollow (Wildwater Falls 6) CINCO #3
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CINCO #3

Estaba paralizado por la sorpresa del volantazo, pero su rostro recuperó casi al instante esa máscara impasible y gélida que parecía llevar soldada a la piel. No nos habíamos chocado. Nos habíamos quedado a centímetros del desastre. Era la jodida metáfora perfecta de nuestra historia.

Se mantenía impertérrito en su asiento, con una mano grande y firme apoyada en la parte superior del volante y la otra baja, aferrando la palanca de cambios.

Su postura destilaba control. Yo, en cambio, estaba hiperventilando, con los ojos abiertos de par en par, incapaz de apartar la mirada de sus facciones.

El tiempo pareció suspenderse. Entonces, vi cómo Luke levantaba una ceja oscura, en un gesto interrogante, esperando pacientemente a que yo hiciera algo.

Salí de mi estupor de golpe. Tragué aire, asentí con un movimiento de cabeza tenso y rígido, y le indiqué con la mano que iba a dar marcha atrás, ya que mi lado del camino era el único que tenía algo de margen para maniobrar hacia la cuneta.

Pisé el embrague con el pie temblando sin control y metí la marcha atrás, retrocediendo un par de metros con torpeza.

A través del cristal, vi cómo Luke me devolvía un único y seco asentimiento de cabeza.

Sin mostrar una sola fracción de emoción, sin una segunda mirada, puso su inmenso todoterreno en marcha y me rodeó para continuar su camino hacia la carretera principal.

No bajó la ventanilla. No hizo el menor gesto de comprobar si yo estaba bien.

El motor de su coche se alejó, dejándome sola en el cruce. Solté el volante y me dejé caer contra el reposacabezas, soltando una risa corta y cargada de ironía al pensar en lo aterradoramente diferente que era este hombre del Luke que yo había conocido.

Cerré los ojos y el recuerdo me arrastró sin piedad.

Hace doce años

El calor del verano se colaba por las copas de los árboles, llenando el aire de olor a musgo húmedo y resina.

Estábamos en medio del bosque, en una antigua cabaña para cazadores.

Era sencilla, pero absolutamente perfecta para pasar un fin de semana asilados del mundo, rodeados de naturaleza salvaje.

A un lado del pequeño prado cuajado de flores blancas, una cascada cristalina rompía contra las rocas para formar una poza profunda de un color turquesa irreal.

Luke y yo nos habíamos pasado el día entero nadando en el agua helada, compartiendo un picnic improvisado en la hierba y charlando hasta quedarnos sin voz.

Habían pasado casi seis meses desde el accidente del autobús.

Durante todo ese tiempo, Luke había estado orbitando alrededor del pueblo.

Visitaba a Marvin con una regularidad asombrosa, acompañándolo a casi todas sus citas médicas en el hospital.

Yo estaba profundamente impresionada. Ver cómo un hombre que apenas había tenido relación con su padre en la infancia podía volcarse de esa manera me desarmaba.

Luke no solo estaba asumiendo la carga económica de la recuperación de Marvin, sino que era infinitamente generoso a nivel emocional.

Lo había visto tratar a su padre con una paciencia y un cariño que me derretían, y no dudaba en reñirlo cuando Marvin se saltaba las indicaciones médicas de rehabilitación.

En esos seis meses, Luke y yo nos habíamos convertido en amigos.

Puntos de apoyo el uno para el otro. Cuando él estaba en Redmond, en la academia de bomberos, se encargaba de mantener el contacto de forma constante.

Los mensajes y las llamadas nocturnas se habían convertido en el eje de mis días. Y yo no podía estar más encantada.

Aunque la etiqueta oficial era "amigos", yo estaba loca por él.

Luke Holloway se había convertido en mi lugar seguro.

Y quería, necesitaba creer, que yo también era el suyo.

Aún no me había dicho que le gustaba o que estaba enamorado de mí, pero no hacía falta que lo verbalizara.

La forma en la que sus ojos dorados me seguían por la habitación, la forma en que su cuerpo se inclinaba siempre hacia el mío, era una declaración a gritos.

Y aquel fin de semana en la cabaña solo estaba confirmando lo que mi cuerpo ya sabía: estaba irremediablemente perdida por él.

Luke salió del agua y se dejó caer a mi lado, en el borde de piedra caliente de la poza.

El sol de media tarde calentaba nuestra piel húmeda sin llegar a quemar.

Yo llevaba un bañador de una pieza azul cielo, y él llevaba uno verde oscuro que se ajustaba peligrosamente a sus caderas.

Tragué saliva. Le quedaba de infarto. Las gotas de agua resbalaban por los músculos marcados de su abdomen, perdiéndose en la línea de vello oscuro que descendía, tentadora, por debajo de la cinturilla mojada.

Era sexy, inmenso y destilaba una seguridad en sí mismo que me volvía loca. Me giré hacia él y me di cuenta de que me estaba mirando fijamente. Sus ojos estaban oscurecidos, clavados en mi boca con una intensidad que parecía querer devorarme allí mismo.

—¿Tengo algo en la cara? —le pregunté, con la voz un poco más aguda de lo normal por los nervios.

Luke ladeó la cabeza, su mirada subiendo lentamente hasta mis ojos.

—Sí —respondió, con esa voz ronca y paciente—. Tienes una cara preciosa.

El calor me subió a las mejillas violentamente. Luke soltó una carcajada baja, un sonido oscuro y gutural que vibró en mi propio pecho, y se inclinó hacia mí. Sus labios rozaron la comisura de mi boca en un beso suave, apenas un roce húmedo y cálido.

El contacto me hizo estremecer de pies a cabeza.

El deseo me golpeó como un latigazo. Sentí cómo mis pezones se endurecían al instante, marcándose dolorosamente contra la fina tela azul del bañador.

Luke bajó la vista una fracción de segundo, notando mi reacción, y su respiración se volvió más pesada.

Yo tampoco pude evitarlo; bajé la mirada hacia su entrepierna y vi la forma evidente de su polla endureciéndose, marcándose bajo la tela verde con una tensión innegable.

Me incorporé sobre mis rodillas mojadas y me senté a horcajadas en su regazo, aplastando mis muslos contra los suyos. Luke no lo dudó un segundo; sus manos grandes y ásperas subieron de inmediato para agarrarme por las caderas, anclándome contra su erección.

Levanté las manos, hundiendo los dedos en su pelo oscuro y húmedo.

—Hola —murmuró Luke, con los labios a un milímetro de los míos.

—Hola —respondí, con un susurro tembloroso.

Entonces, me besó. Pero esta vez fue de verdad.

Sus labios tomaron los míos con una posesividad hambrienta.

Abrió mi boca y su lengua se abrió paso, saqueando el interior con una profundidad que me hizo gemir contra su garganta.

Fue un beso voraz, empapado de seis meses de tensión acumulada.

Y yo no me quedé atrás; le respondí con el mismo entusiasmo, frotando mi cadera contra la dureza de su sexo, saboreando el calor de su boca.

Nos besamos durante un rato largo, hasta que el oxígeno se convirtió en una necesidad urgente. Cuando por fin nos separamos, ambos teníamos la respiración agitada, la piel encendida y los labios hinchados y enrojecidos.

Luke me miró, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, sin soltarme las caderas.

—Acabamos de mandar a la mierda nuestra amistad, Gia —susurró, con la voz ronca por la excitación.

Le sonreí, acariciándole la nuca mojada.

—Menos mal.

El pitido estridente y prolongado de un claxon me devolvió bruscamente a la realidad.

Abrí los ojos de golpe. Seguía en el cruce de entrada a Raven Ridge, bloqueando el paso con mi coche detenido en medio del camino. Una furgoneta de reparto me estaba pidiendo paso.

Me pasé las manos temblorosas por la cara, obligándome a serenarme.

Metí primera y aceleré, avanzando por el sendero hacia mi cabaña, sintiendo el contraste brutal entre el hombre de mi recuerdo y el que acababa de cruzarse conmigo.

El Luke que me había devorado en aquella poza ya no existía.

Lo había asesinado yo misma. Y la frialdad con la que me había mirado, ese vacío en sus ojos ámbar, dolía mil veces más que cualquier choque frontal.