Hollow (Wildwater Falls 6) CINCO
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CINCO

Georgia

L a feria local de primavera de Wildwater Falls se extendía por la explanada principal del pueblo, un laberinto ruidoso y colorido de puestos de comida, toldos de artesanía, cajas de madera con verduras de temporada y pequeños escenarios donde algunos músicos locales afinaban sus guitarras.

Para Savannah y para mí, este lugar siempre había sido un refugio.

Desde que éramos pequeñas, la feria representaba nuestro lugar feliz.

Evelyn, con sus aires de grandeza y su necesidad de aparentar, detestaba el polvo, las multitudes y el ambiente rural, así que se negaba en rotundo a pisar el recinto.

Para nosotras, eso era sinónimo de libertad absoluta: un día entero a solas, sin críticas veladas sobre nuestro aspecto, sin juicios y sin la presión constante de tener que ser perfectas.

Me apoyé contra el lateral de un pequeño puesto de madera especializado en cafés de autor y miré el menú escrito con tiza.

A pesar de que tanto mi hermana como yo teníamos gustos extremadamente sencillos y nos bastaba con un café negro, la feria tenía sus propias reglas.

Nuestra tradición dictaba pedir la bebida más extravagante e imposible de la pizarra y bebérnosla mientras paseábamos.

A los pocos minutos, la vi aparecer entre la gente.

Savannah brillaba con luz propia. Llevaba un vestido primaveral con un estampado de flores pequeñas y una cazadora tejana por encima, sonriendo a un par de vecinos mientras se abría paso.

Al verla, me ajusté mi propia chaqueta tipo kimono sobre el top verde y me metí las manos en los bolsillos de los vaqueros ajustados.

Para mí, la comodidad siempre iba antes que la apariencia.

Esa elección era una pequeña rebelión personal, algo que a Evelyn siempre le había sacado de quicio y que yo, por pura cabezonería, disfrutaba haciendo.

Savannah llegó a mi lado justo cuando el dependiente me entregaba un vaso humeante cubierto por una montaña inestable de nata, sirope de caramelo y virutas de algo que parecía chocolate blanco.

Mi hermana soltó una carcajada limpia al ver el mejunje.

—Por favor, Gia, dime que no pretendes beberte todo ese azúcar sin entrar en coma diabético.

—Es un frappé de macadamia con extra de vainilla y nubes tostadas —le respondí, levantando el vaso a modo de brindis con una sonrisa desafiante—. Y te reto a que pidas algo peor.

A Savannah le brillaron los ojos. Se giró hacia el dependiente y pidió un invento helado con leche de avena, sirope de lavanda y trozos de galleta.

En cuanto tuvo su propio vaso extravagante en la mano, nos alejamos del bullicio de los puestos de comida para adentrarnos en la tranquilidad de la zona de artesanía.

Caminamos hombro con hombro, esquivando a las familias y a los perros que paseaban con correa.

—¿Qué tal van las obras de la casa? —le pregunté, dándole el primer sorbo a mi café. Era demasiado dulce, pero me supo a gloria.

La cara de Savannah se iluminó de inmediato. Hablar de nuestra antigua casa de la infancia la transformaba.

—Van a buen ritmo. Los operarios terminaron de aislar el tejado el jueves. Ian está encima de ellos todo el tiempo para asegurarse de que conservan la estructura original. Quiere que nos mudemos antes del invierno.

Sentí una punzada de calor en el pecho al escucharla hablar con tanta ilusión de formar allí su futura familia.

Aquella casa era mucho más que madera y ladrillos.

Ian le había comprado la propiedad a Evelyn cuando Savannah tenía solo dieciocho años, en secreto, únicamente para proteger el lugar donde ella había crecido.

Había conservado la casa intacta durante casi una década, cuidándola mientras mi hermana estaba atrapada en un matrimonio asfixiante con Phillip Brooks.

Ian lo hizo por amor, de ese amor tan desinteresado que pocas veces se ve, esperando el momento de poder devolvérsela.

Y ahora, estaban construyendo su vida juntos para criar a su propia familia en esa casa.

—Ayer, Ian habló con el contratista jefe —continuó Savannah, bajando la vista hacia su vaso con una sonrisa tierna—. Le hizo firmar por escrito que no tocarían el marco de madera del porche trasero.

Me detuve un segundo, sintiendo que se me cortaba la respiración.

—¿El marco de la puerta?

—Sí. Donde papá nos medía. Ha pedido que lo lijen con cuidado y le apliquen un barniz protector para que las marcas no se borren nunca.

Tragué saliva, luchando contra el nudo áspero que se me formó en la garganta.

El recuerdo de nuestro padre era difuso, fragmentado por los años.

Había muerto cuando éramos muy niñas, pero yo aún conservaba ráfagas de su voz, de lo inmensamente cariñoso y atento que era con nosotras, al igual que nuestra abuela paterna, que falleció poco después.

Perderlos a los dos nos había dejado a merced de Evelyn, pero ese marco de madera con las muescas de nuestra altura era la prueba tangible de que alguna vez fuimos amadas de forma incondicional.

—Es un buen hombre, Sav —murmuré, retomando el paso y rozando mi hombro con el suyo—. El mejor.

Me sentí inmensamente agradecida de haber regresado.

Sí, Wildwater Falls había despertado mis peores pesadillas y me había arrojado de bruces contra la presencia de Luke, obligándome a lidiar con culpa, arrepentimiento y dolor.

Pero estar aquí, caminar junto a mi hermana y formar parte de su vida, compensaba cualquier tormenta. No me arrepentía de haber vuelto.

Seguimos paseando entre los puestos hasta que me detuve instintivamente frente a un mostrador de terciopelo negro. Era un puesto de joyería artesanal. El artista trabajaba la plata moldeándola en formas vegetales: hojas de roble, enredaderas y flores de todo tipo.

Mi mirada hizo un barrido rápido, pero se quedó clavada en una pieza del centro.

Era un collar de plata fina. Del centro de la cadena colgaba una pequeña flor silvestre, un trilio blanco, la típica flor de los bosques más profundos de Oregón. Tenía los tres grandes pétalos almendrados esculpidos en el metal con una precisión exquisita, abrazando un centro delicado.

Se me cortó la respiración. Ese collar era la réplica exacta de los pendientes de plata que guardaba en el fondo de mi joyero en casa. Mi mayor tesoro. El primer regalo que Luke me había hecho cuando nos enamoramos hacía doce años.

La piel se me erizó al recordar el tacto de sus dedos rozándome los lóbulos de las orejas al ponérmelos, bajo la luz de la luna, en la cabaña del bosque a la que nos escapábamos cada fin de semana.

—¿Has visto algo que te guste?

La voz de Savannah me sacó del recuerdo de golpe. Me giré hacia ella, intentando relajar la expresión de mi cara.

—Todo es precioso —respondí con un hilo de voz.

Savannah siguió la trayectoria de mi mirada y se fijó en el collar. Sus ojos se abrieron con reconocimiento.

—¡Oh, Gia, es espectacular! —exclamó, acercándose al mostrador para señalar la pieza de plata—. Y se parece muchísimo a esos pendientes que tienes. Ya sabes, los de la flor de tres pétalos que te pones a veces para salir.

Asentí lentamente, dándole la razón. Esa era la única debilidad que me había permitido en los últimos doce años. En único recuerdo tangible que conservaba de él.

Antes de que pudiera apartarme del mostrador, Savannah se giró hacia el joyero.

—Me lo llevo —dijo mi hermana, sacando la cartera de su pequeña bandolera.

—Savannah, no. No hace falta... —intenté protestar, levantando una mano.

—Tonterías —me cortó ella, con esa firmeza dulce que usaba cuando había tomado una decisión—. Es un regalo. Así tendrás un conjunto precioso. Considéralo un regalo tardío de bienvenida al pueblo.

Me quedé en silencio mientras el artesano envolvía el collar en una pequeña caja de cartón negro. La verdad era que tener esa pieza, a juego con el recuerdo de Luke, me hacía una profunda ilusión.

Tras guardar la cajita en el bolsillo de mi chaqueta tipo kimono, continuamos nuestro recorrido. Compramos un par de frascos de mermelada casera, algo de fruta fresca y nos reímos un buen rato viendo a un artesano tallar divertidas figuras de osos en troncos de madera.

Cuando el sol empezó a apretar y los estómagos nos avisaron de que ya era la hora del almuerzo, abandonamos la zona de artesanía y nos dirigimos a los puestos de comida caliente. El olor a queso fundido y pan tostado nos guio hasta un ruidoso puesto de bocadillos italianos.

Tuvimos suerte y logramos agenciarnos una mesa pequeña de aluminio bajo un toldo a rayas rojas y blancas, justo en el borde de la explanada, donde el ruido era un poco más soportable.

—Un panini de porchetta para mí —dijo Savannah, acomodándose en la silla de tijera.

Le hice una seña a la chica que atendía las mesas y pedí dos bocadillos contundentes con extra de queso y dos botellas de agua fría.

Me recosté en la silla, apoyando la espalda contra el metal, y cerré los ojos un segundo, dejando que la brisa de primavera me acariciara el rostro, agradecida por aquel instante de paz.

La chica del puesto se acercó a nuestra pequeña mesa y dejó dos cestas de mimbre con los bocadillos italianos humeantes frente a nosotras. El olor a pan tostado, romero y queso fundido inundó el ambiente.

Savannah desenvolvió la mitad de su panini , le dio un bocado pequeño y masticó despacio. Sin embargo, sus ojos avellana no estaban fijos en la comida, sino clavados en mi rostro. Tenía esa expresión evaluadora que había empezado a usar conmigo desde nuestra última cena juntas.

Tardó un par de minutos en romper el silencio, limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta de papel.

—Gia —empezó, con un tono bajo para que el ruido de la feria amortiguara sus palabras—. Llevo días dándole vueltas a lo que me contaste en el piso. Sobre la noche que murió Marvin Anderson.

Me tensé. Mis dedos se apretaron instintivamente alrededor del papel que envolvía mi bocadillo, arrugándolo.

—Sav...