CUATRO #3
—Si necesitas un guía para hacer alguna ruta, llámame. Conozco bien la zona y los mejores lugares para practicar escalada.
Solté una carcajada breve, mirándolo de reojo.
—Sospecho que eres algo más que alguien que "conoce la zona", Ian. Sé perfectamente que hay pocas personas en todo el estado que conozcan mejor estas montañas y estos barrancos que tú.
Ian bajó un poco la cabeza, asintiendo con esa sencillez que lo caracterizaba.
—Me he criado aquí. Entre estos senderos, estas paredes de roca y estos ríos.
Es algo que hacía con mi padre desde que aprendí a caminar.
Él fue quien me enseñó a orientarme, a leer y a respetar el entorno.
Todo lo que sé sobre la montaña empezó con él.
Y supongo que eso fue lo que me llevó a convertirme en bombero de rescate.
Quería trabajar en el lugar que él me enseñó a amar.
Le di un trago a mi cantimplora, sintiendo un leve pinchazo de envidia sana.
—Yo no tuve nada parecido a eso de pequeño —confesé, bajando el ritmo al llegar a un claro del bosque—.
Mi madre fue madre soltera hasta que cumplí los cinco años.
Luego se casó con un abogado corporativo y nos instalamos en West Linn.
Siempre tuve una vida de ciudad. Mis abuelos maternos vivían en Dunthorpe, en una de esas mansiones inmensas donde el ambiente era cualquier cosa menos hogareño.
Ian me escuchaba en silencio, sin juzgar, dejando que la conversación fluyera al ritmo del sendero.
—Cuando empecé el instituto, me sentía asfixiado —continué, esbozando una media sonrisa al recordarlo—.
Así que encontré un escape en el bosque.
Empecé a perderme por rutas largas, pasando días enteros fuera.
Aprendí a leer el clima, el viento, a descifrar los olores y los sonidos de la naturaleza en estado puro.
Era el único lugar donde no tenía que cumplir las expectativas de nadie.
Y entonces... vi de cerca uno de los incendios más devastadores que han golpeado Oregón.
El recuerdo del cielo teñido de naranja y ceniza hizo que se me tensaran los músculos de la mandíbula.
—Mi madre y mi padrastro casi perdieron su casa.
Ver aquella destrucción, la furia incontrolable del fuego devorándolo todo, me espoleó.
Me marcó de una forma que no sé explicar.
Se convirtió en mi guía. En cuanto pude, tomé el camino para ser bombero forestal.
Quería estar en la primera línea. Esa fue la primera vez en mi vida que empecé a sentirme como yo mismo.
Comenzamos a subir por una pendiente más pronunciada que bordeaba una caída rocosa. Ian clavó la bota en una piedra firme y me miró por encima del hombro.
—Y, conociendo todo eso, ¿cómo demonios casaste esa vida con el traje de rico heredero que tus abuelos tenían preparado para ti?
Me eché a reír, una risa ronca que espantó a un par de pájaros cercanos.
—Mis abuelos no tenían la menor intención de convertirme en su heredero.
Yo les dejé muy claro que quería vivir mi vida a mi manera.
Prefería ser feliz y tragar humo antes que asumir responsabilidades de un imperio que ni quería ni estaba preparado para manejar.
Ellos lo sabían y lo respetaban a su manera.
Nos detuvimos en un saliente de roca que ofrecía una vista espectacular del valle inferior y del cauce oscuro del río encajonado.
—Pero años después, cuando yo ya tenía mi vida totalmente asentada en Redmond, mi padrastro tuvo una serie de problemas financieros —le expliqué, cruzándome de brazos—.
Hizo unas cuantas inversiones fallidas y sin querer perjudicó gravemente algunos de los negocios madereros de mis abuelos.
Estaban a punto de perder una parte importante de su patrimonio. No tuve más remedio que intervenir.
—¿El smokejumper bajó a los despachos? —preguntó Ian, alzando una ceja, claramente divertido.
—El smokejumper bajó, leyó los contratos y limpió el desastre.
Por raro que parezca, se me dio bien salvar la situación, leer el entorno, la casuística y encontrar una estrategia.
Es el mismo método que usamos para atacar incendios forestales.
No tenía miedo a perder nada, así que negocié con la misma calma con la que apago un foco de incendio.
Mi abuelo empezó a verme con unos ojos distintos.
Me vio como alguien capaz de tomar las riendas cuando él ya no estuviera.
Me comunicó que iba a hacer "un pequeño cambio" en el testamento poco después.
Solté un suspiro, mirando hacia las copas de los árboles.
—Ambos murieron tres años después, con unos meses de diferencia.
Y ahí descubrí que el pequeño cambio no era tan pequeño.
Me lo legaron todo. Pero lo hicieron con una cláusula blindada: no tengo posibilidad de cesión ni venta de ningún activo o inmueble comercial durante veinte años.
Estoy obligado a gestionarlo. La única excepción fue una parte considerable de su fortuna que metieron en un fideicomiso a nombre de mi hermana pequeña, la hija de mi madre y mi padrastro, aguardando a que acabe la universidad para que pueda disponer de él.
Ian soltó un silbido bajo, comprendiendo la magnitud de la trampa en la que me habían metido.
—Así que te obligaron a asumir una responsabilidad que nunca pediste.
—Exacto. Pero descubrí que ponerme el traje se me daba bien sin tener que esforzarme demasiado. Al principio me disgustó profundamente. Odiaba las juntas, las corbatas y la hipocresía. Pero luego vi la luz al final del túnel.
Me giré hacia Ian, sintiendo que por fin podía articular en voz alta el propósito de toda esa farsa.
—Me di cuenta de que, al ser el heredero de todo y no poder venderlo, tenía el control absoluto.
Podía hacer lo que quisiera. Podía obligar a mejorar las condiciones laborales y de seguridad de los trabajadores de mis propios aserraderos.
Podía controlar a la junta de accionistas avariciosa de nuestro hospital, frenar sus recortes y empezar a invertir el dinero en cosas que realmente importaran.
Ese, y solo ese, es el único motivo por el que acepté convertir al Luke Holloway smokejumper en el magnate de la sala de juntas.
Ian me observó durante un largo rato, asimilando mis palabras. Su rostro, habitualmente duro, reflejó un respeto profundo.
—Me alegro de que acabaras aterrizando en Wildwater Falls, Luke —dijo Ian finalmente, dándome una palmada firme en el hombro—. Estoy seguro de que tu visión de las cosas nos va a beneficiar a todos. Hacía falta alguien con tu instinto en esos despachos.
Asentí en silencio. Miré hacia el horizonte recortado por las montañas y, de forma inevitable, el rostro de Gia inundó mis pensamientos.
—Yo también espero poder ayudar, Ian —le respondí, con la voz volviéndose ronca—. Con lo que sea necesario.