Hollow (Wildwater Falls 6) CUATRO #2
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CUATRO #2

Me lancé a describir las fases iniciales del proyecto: la actualización del material de los paramédicos, las nuevas vías de comunicación directa entre el triaje de campo y la sala de reanimación, y las contrataciones de apoyo para liberar la carga del personal titular.

Hablaba con seguridad, sabiendo que tenía la atención de la sala.

Gia me miraba fijamente mientras yo desglosaba las cifras, con los ojos avellana brillando intensamente y algo profundo e indescifrable agitándose detrás de ellos. Y por un segundo, me permití la estúpida y peligrosa fantasía de creer que ella también quería que me quedara.

✽✽✽

La reunión de la junta directiva que siguió a nuestra presentación matutina fue un trámite denso de presupuestos, votaciones y firmas. En cuanto logré deshacerme de los últimos vocales y de mis obligaciones como accionista, bajé directamente a la planta de urgencias.

Necesitaba hablar con Gia. A solas.

La encontré en el área de enfermería, revisando el monitor de constantes vitales de uno de los boxes. Me detuve a unos pasos de distancia, observando la concentración absoluta en su perfil.

—Georgia. ¿Tienes un minuto?

Ella dio un pequeño respingo y se giró. La sorpresa le abrió mucho los ojos avellana, pero casi al instante, vi cómo levantaba una barrera entre nosotros.

—Tranquila, es un asunto estrictamente profesional —me apresuré a aclarar, manteniendo un tono monocorde y distante.

Gia asintió con rigidez. Dejó la tableta sobre el mostrador y me hizo un gesto para que la siguiera.

Caminamos por el pasillo hasta que abrió la puerta de la sala de descanso de los médicos de urgencias.

Era una habitación pequeña, equipada apenas con un par de taquillas, un pequeño lavabo y una cama individual que solía estar vacía durante los turnos de día.

Cerró la puerta tras nosotros. El espacio era tan reducido que sentí el calor de su cuerpo chocar con el mío.

El ambiente se volvió espeso, cargado de esa corriente arrolladora que nos perseguía desde hacía doce años.

Estábamos más cerca de lo que habíamos estado en toda una década, y mi cuerpo reaccionó con la misma intensidad de siempre, una atracción visceral, casi violenta, que parecía ser superior a mi propia voluntad.

Sin embargo, el recuerdo del abandono, de aquella mísera nota de despedida bajo mi limpiaparabrisas, me endureció la mandíbula. Me escudé tras mi máscara de frialdad implacable y no dejé que nada de aquel resentimiento se filtrara en mis facciones.

Me di cuenta de que le costaba horrores mirarme a los ojos. Mantenía la vista fija en un punto indeterminado a la altura del nudo de mi corbata.

—¿De qué querías hablar? —preguntó, cruzándose de brazos en una clara postura defensiva.

—Del proyecto que acabo de presentaros —respondí, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón con calculada tranquilidad—.

Lo que os he expuesto ahí dentro es una iniciativa puramente profesional.

Y quiero dejar las cosas claras contigo desde el principio.

Independientemente de lo que haya pasado entre nosotros a nivel personal en el pasado, sé reconocer a una buena profesional cuando la veo.

Eres rápida, intuitiva y tienes el carácter necesario.

Eres la persona ideal para encabezar el programa formativo de urgencias.

Gia no dijo nada, manteniéndose como una estatua de sal, así que continué.

—Me gustaría que pudiéramos dejar de lado nuestras cuestiones personales para centrarnos única y exclusivamente en las cuestiones profesionales.

Se hizo el silencio. Gia me miró durante un largo rato, mordiéndose el interior del labio inferior como si estuviera sopesando si atreverse a pronunciar las palabras que le rondaban la cabeza desde la reunión. Finalmente, desvió un poco la mirada hacia el suelo de linóleo.

—Tu estancia en Wildwater Falls... —comenzó, con la voz ligeramente inestable—. ¿Es temporal?

Me quedé callado un segundo.

—No.

Su cabeza giró hacia mí de golpe.

—Mi estancia aquí es permanente —le aclaré, dando un paso casi imperceptible hacia ella—. Como tú misma apuntaste en la reunión con muchísima precisión, mi plan de formación en la academia y en el hospital exige una planificación a largo plazo. Y eso requiere mi implicación directa y permanente.

—¿Vas a implicarte personalmente en todos los planes? —preguntó, tragando saliva.

—Eso es exactamente lo que te estoy diciendo.

Gia asintió de nuevo, casi de forma robótica, sin saber qué más decir. Procesar que iba a tenerme allí, en su propio territorio, la había dejado sin palabras. Vi su incomodidad, la forma en que sus hombros se encogían ligeramente bajo la bata blanca.

A pesar de lo resentido y furioso que seguía con ella por haber huido a Portland sin mirar atrás, una parte traicionera de mí quiso suavizar el tono. Pero el Luke que se negaba a mostrar vulnerabilidades ante ella se impuso.

—¿Es eso algo con lo que puedes lidiar, Georgia? —le pregunté —. ¿Puedes dejar de lado nuestras rencillas personales para centrarte en lo profesional?

El efecto fue inmediato. La Gia asustada y dubitativa desapareció en un segundo. Enderezó la columna vertebral de golpe, elevando la barbilla hasta clavar sus ojos fieros y avellana directamente en los míos. Su pecho subió y bajó con fuerza bajo el pijama médico.

—Por supuesto que puedo lidiar con ello, Luke —replicó, con una firmeza que me golpeó como un latigazo—. Llevo toda una vida lidiando con absolutamente todo. Y esto no será diferente.

Fruncí el ceño, descolocado ¿A qué se refería exactamente con que llevaba "toda una vida lidiando con todo"?

No me dio tiempo a averiguarlo. Con un movimiento brusco, se despidió murmurando una excusa apresurada e intentó pasar rozando mi hombro para alcanzar el pomo de la puerta y huir. Otra vez.

El instinto fue más rápido que mi capacidad de raciocinio. Alargué el brazo y la detuve, sujetándola firmemente por el codo.

El contacto fue como encender un fósforo en una habitación llena de gasolina.

En el instante en que mis dedos se cerraron sobre la tela de su bata y percibí el calor de su piel debajo, la chispa saltó.

La misma atracción cruda, pura y salvaje de nuestra juventud nos envolvió a ambos.

Sentí cómo Gia se ponía completamente tensa bajo mi agarre, su respiración cortándose en un jadeo ahogado.

Sus ojos buscaron los míos de inmediato, vibrando con una intensidad dolorosa que demostraba que ella estaba tan afectada como yo por ese simple roce.

Pero la mujer que me devolvía la mirada, con esa armadura y ese agotamiento crónico, ya no era la chica soñadora de la que me había enamorado. No conocía a esta Gia.

La solté lentamente, abriendo los dedos como si su piel me hubiera quemado.

Ella no añadió ni una sola palabra. Sin volver a levantar la cabeza, giró el pomo y salió por la puerta casi a la carrera, dejando que se cerrara tras de sí.

Me quedé completamente inmóvil en medio de la sala de descanso, con el pecho agitado, hecho un lío y con la palma de la mano derecha hormigueando.

✽✽✽

El jueves por la tarde, el aire en Raven Ridge era denso y estaba cargado con el olor a tierra húmeda y pino.

Me había puesto unos pantalones cortos de lona, una camiseta de algodón desgastada y mis zapatillas de deporte, listo para salir a caminar por los alrededores y sacudirme la tensión de los últimos días.

Los bosques de Wildwater Falls no tenían nada que ver con la densidad uniforme de los pinares de Redmond.

Aquí, la naturaleza era mucho más salvaje y vertical.

Los árboles centenarios se aferraban a barrancos escarpados de roca afilada, abriéndose paso entre valles estrechos, salientes peligrosos y rincones donde cascadas de agua cristalina te cortaban la respiración de golpe.

Era un paisaje fascinante. Y, de un modo extraño y doloroso, me recordaba a Gia: absolutamente precioso y lleno de peligro.

Me estaba atando los cordones en el porche de la cabaña cuando escuché el crujido de unos pasos acercándose por el camino de grava. Levanté la vista.

Ian Collins venía hacia mi puerta. Llevaba ropa cómoda y una bolsa de papel en la mano.

De todos los habitantes de este pueblo, Ian era el único al que yo conocía de antes, excepto Gia.

Nuestros caminos se habían cruzado un par de veces en grandes operativos conjuntos, él como bombero de rescate y yo como smokejumper .

Con ese aire de hombre profundamente arraigado a la montaña y su carácter imperturbable, siempre sentí que hablábamos el mismo idioma.

Era el tipo de hombre que sabías que te guardaría las espaldas.

—Collins —lo saludé afablemente, enderezándome y bajando un par de escalones para recibirlo.

—Holloway —respondió Ian, con un asentimiento sobrio pero una mirada amistosa—. Me enteré de que te habías instalado oficialmente en el pueblo. Savannah quería asegurarse de que no sobrevivieras a base de comida enlatada, así que te manda esto.

Me tendió la bolsa de papel. El olor a mantequilla fundida y chocolate caliente me golpeó al instante.

—Dile a Savannah que acaba de ganarse mi lealtad absoluta —dije, aceptando las magdalenas recién horneadas—. Estaba a punto de salir a dar una vuelta por el bosque para estirar las piernas. ¿Quieres acompañarme?

Ian aceptó sin dudarlo, dejando claro que para él cualquier excusa era buena para adentrarse en la montaña. Dejé la bolsa dentro de la cabaña y echamos a andar, tomando uno de los senderos ascendentes que se alejaban de la zona residencial.

Caminamos a un ritmo rápido y constante. El sonido de nuestras pisadas sobre las hojas secas llenaba el silencio.

—¿Eres más de senderismo o de alpinismo? —me preguntó Ian, apartando una rama baja de abeto para dejarme pasar.

—Senderismo, sobre todo —le respondí, esquivando una raíz que sobresalía del suelo—. Me gusta cubrir terreno rápido para leer la orografía. Aunque, estando rodeado de estas paredes de roca, no descarto probar a colgarme de un arnés alguna vez.