CUATRO
Luke
E l silencio en el interior de la sala de juntas del Wildwater Regional era denso, interrumpido únicamente por el murmullo lejano de los pasillos del hospital.
Era miércoles por la mañana. Había pedido específicamente a Sloane Parker, la directora médica del centro, que mantuviera la máxima discreción sobre esta convocatoria y sobre la identidad de la persona que la había solicitado.
Sabía que Sloane había cumplido su palabra; ni Hannah O’Malley, la jefa de trauma, ni Georgia Robbins, la jefa de urgencias, tenían la menor idea de que yo iba a cruzar esa puerta.
Empujé la manivela y entré.
El comandante Harris, responsable de la base aérea de rescate, estaba junto al gran ventanal charlando en voz baja con Sloane. A un lado, apoyadas contra el borde de la inmensa mesa de caoba, estaban Hannah y Gia.
Gia estaba de espaldas a la puerta. Llevaba el pijama médico azul bajo la bata blanca inmaculada.
—Buenos días —saludé, proyectando la voz con la misma calma que utilizaba para coordinar una línea de cortafuegos.
Pude ver el instante exacto en el que el sonido de mi voz la alcanzó. La línea de la columna de Gia se tensó bajo la tela blanca y sus hombros se enderezaron de golpe, abandonando la postura relajada. Se giró lentamente.
Cuando sus ojos avellana se encontraron con los míos, algo en mi interior, esa coraza endurecida, cedió con una facilidad dolorosa.
Estaba igual de preciosa que siempre. Espectacular.
Era, sin atisbo de duda, la mujer más impresionante que había visto jamás.
Pero lo que me desarmaba no era solo la simetría de su rostro o su pelo caoba; era esa mirada afilada, aguda y profunda, capaz de diseccionar el alma de cualquiera que se atreviera a sostenerle el contacto visual.
Noté cómo el corazón se me aceleraba, pero me obligué a ignorarlo. Carraspeé levemente, ajustándome los puños de la camisa blanca, y señalé las sillas de cuero dispuestas alrededor de la mesa.
—Por favor, tomen asiento. Les agradezco que hayan hecho un hueco en sus agendas.
Los cinco nos acomodamos. Ocupé la cabecera de la mesa, asumiendo mi posición natural como miembro de la junta directiva. Gia se sentó a mi derecha. Su perfil estaba rígido, la mandíbula apretada y la vista fija en la superficie de madera pulida.
Tomé el fajo de carpetas con los informes que mi equipo había preparado y comencé a repartirlos.
Deslicé la última carpeta por la mesa hasta detenerla justo frente a Gia.
No aparté la mano. Mantuve mis dedos apoyados sobre el cartón oscuro durante un segundo de más, esperando.
Ella levantó la vista, cruzando su mirada con la mía, y posó su mano sobre la esquina opuesta de la carpeta.
No nos tocamos directamente. Había un centímetro de cartón entre nosotros, pero la corriente arrolladora que me subió por el brazo fue tan nítida y eléctrica como tocar un cable pelado.
Me recompuse, apartando la mano, y me dirigí al resto de los asistentes.
—Los he convocado esta mañana porque quiero conocer su opinión profesional sobre un nuevo proyecto que pretendo financiar e impulsar de forma inmediata —comencé, sin andarme con rodeos—.
Si esto se hace realidad, nos mantendrá a todos muy ocupados los próximos meses y años.
Y para que funcione, necesito la implicación directa de los presentes.
Todos parecieron intrigados. El comandante Harris, que solo me conocía por mi reputación como smokejumper en Redmond y no de forma directa, se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos sobre su informe.
—Como saben, la academia de rescate sufrió un revés monumental hace unos meses con el accidente durante el simulacro de los cadetes.
Ese fallo demostró carencias que no podemos permitirnos —continué, apoyando los antebrazos sobre la mesa, barriendo la sala con la mirada—.
Mi plan es financiar la remodelación integral de la academia de rescate, pero quiero ir un paso más allá.
Quiero que el Wildwater Regional se convierta en una extensión de esa formación. Quiero unir ambos mundos.
Hice una pausa para dejar que la idea calara.
—El objetivo es mejorar las instalaciones, ampliar los programas de formación táctica y especialización en rescate de alto riesgo y, además, integrar esa formación aquí, en el hospital.
Necesitamos que los profesionales sanitarios y los técnicos de emergencias estén entrenados conjuntamente en escenarios de trauma masivo, accidentes de múltiples víctimas y catástrofes naturales.
Y quiero que esa formación sea impartida por profesionales de alta especialización, con experiencia real, como los cirujanos y el personal de urgencias de este centro.
Vi la sorpresa dibujarse en los rostros de Hannah y Gia. Sin embargo, en Sloane y en Harris vi una aceptación inmediata, el brillo del reconocimiento ante una estrategia perfecta.
—Esto dotaría a nuestro personal de emergencias de una formación de élite —añadí, bajando el tono de voz para darle más peso a mis palabras—.
Podríamos crear programas formativos a nivel estatal, nacional e, incluso, internacional.
Wildwater Falls tiene el entorno, la casuística de accidentes de montaña y el talento médico para convertirse en el punto de referencia de emergencias de primer nivel en todo el país.
Y para ello, los necesito a ustedes. Harris y Sloane dirigirían la estructura general de los programas.
Hannah, Georgia... ustedes dirigirían la formación específica médica y de triaje de campo.
Harris asintió, tamborileando con los dedos sobre la mesa.
—Un plan de esta magnitud es exactamente lo que necesita la academia para recuperar el prestigio —comentó el comandante, evaluando la propuesta con pragmatismo—.
Tener planes transversales de formación de alta calidad es el futuro.
Pero, seamos realistas, Holloway. Tras el accidente de los cadetes, nuestros presupuestos están congelados.
Reestructurar la academia, remodelar y crear nuevos programas requerirá una inyección de capital masiva.
—El capital no es un problema —respondí de inmediato, mirándolo a los ojos—.
Tengo a mi equipo legal y financiero trabajando en ello desde hace semanas.
Tengo la capacidad de conseguir inversores e incluso asumir una buena parte a través de mis corporaciones.
Pero soy consciente de que el hospital también necesitará espacios nuevos: aulas de simulación de alta tecnología y, a medio plazo, asociarnos con instituciones de educación superior y universidades que avalen los programas.
—Es un plan profundamente ambicioso, Luke —intervino Sloane, ojeando los primeros gráficos del informe—. Estamos hablando de reestructurar el enfoque de nuestro centro de trauma por completo.
—Lo sé. Por eso necesito saber qué requieren desde el punto de vista operativo. Qué áreas nuevas hay que construir y qué sistemas hay que modernizar para conectar la base aérea con el hospital sin fisuras.
Me giré hacia la jefa de trauma.
—Hannah, tú lidiarías con los peores escenarios en los quirófanos. ¿Cuál es tu opinión?
Hannah se mostró tan profesional como siempre, pero el entusiasmo le brillaba en los ojos.
—Las posibilidades clínicas son inmensas, Luke. Si logramos estandarizar los protocolos de estabilización desde el barranco hasta la mesa de operaciones y entrenamos a los cadetes con nuestro propio equipo médico, los tiempos de isquemia y mortalidad bajarían drásticamente. Estoy dentro.
Asentí, agradecido por su instinto. Entonces, giré la cabeza hacia mi derecha, centrando toda mi atención en la mujer de pelo caoba.
—Georgia. Tú diriges Urgencias. Eres la primera línea de defensa. ¿Qué opinas?
Gia levantó la cabeza de la carpeta. Mantuvo la barbilla alta, mirándome con esa fiereza que siempre lograba dejarme sin aliento.
—Coincido con Sloane en que es un plan sumamente ambicioso —dijo su voz, clara y profesional —.
Pero también le doy la razón a Hannah sobre el mundo de posibilidades que abre algo así.
Poder ofrecer una formación transversal y de alta calidad es esencial para un entorno hostil como el nuestro.
Puede ser vital para muchísimos profesionales que operan en áreas rurales o de alta montaña.
Gia hizo una pausa. Sus ojos se oscurecieron ligeramente, dudando. Vi cómo sus dedos acariciaban el borde de la carpeta, trazando una línea invisible.
La conocía demasiado bien. Sabía que había algo detrás de esa pausa.
—¿Pero? —pregunté suavemente, inclinándome unos milímetros hacia ella—. Dime si tienes alguna duda, Georgia. O algún inconveniente.
Ella sostuvo mi mirada, negando con la cabeza despacio.
—No tengo inconvenientes técnicos de ningún tipo. Es brillante —concedió —. Pero un plan como este, con remodelaciones, aprobaciones universitarias y currículums de élite, no puede ejecutarse de un día para otro. Es un plan a medio y largo plazo. Un proyecto de vida, prácticamente.
El silencio cayó sobre nosotros. Comprendí en una fracción de segundo las implicaciones de lo que no estaba diciendo en voz alta.
Gia estaba leyendo entre líneas. Estaba dándose cuenta de que este nivel de implicación financiera, estructural y personal requería mi presencia permanente.
Que no me había alquilado esa cabaña para pasar un par de semanas de retiro.
Asentí con lentitud, dándole la razón, reconociendo el mensaje oculto que acababa de lanzarme.
—Tienes toda la razón. El proyecto implica un trabajo conjunto durante un tiempo muy largo, asumiendo que todos decidan apuntarse al plan y quedarse a bordo —dije, sin apartar mis ojos ámbar de los suyos—.
Pero también hay mejoras, protocolos y reestructuraciones logísticas que podemos introducir de forma casi inmediata en Urgencias y en la Base.