Hollow (Wildwater Falls 6) TRES
8%

TRES

Georgia

E l clic metálico de la puerta de mi taquilla resonó en el vestuario vacío.

Lunes a primera hora de la mañana. Me quité la ropa de calle, me enfundé el pijama médico azul y descolgué la bata blanca de la percha, deslizando los brazos por las mangas.

Antes de salir, me detuve un instante frente al espejo sobre los lavabos y me apoyé en el borde de cerámica.

El reflejo me devolvió la imagen de una mujer que llevaba demasiados días sobreviviendo a base de café y tensión acumulada.

Mi piel clara parecía casi translúcida bajo las luces fluorescentes, haciendo que las leves pecas del puente de mi nariz resaltaran más de lo habitual.

Me pasé los dedos por la media melena de color caoba, peinando los mechones ondulados que caían por encima de mis hombros y afilaban el contorno de mi barbilla.

Tenía los labios apretados en una línea dura, y mis ojos avellana, aunque brillantes, estaban enmarcados por unas ojeras violáceas inconfundibles que ni todo el corrector de maquillaje del mundo podría ocultar.

Inspiré hondo, llenando los pulmones hasta que me dolió el pecho, y solté el aire despacio.

Llevaba con los músculos del cuello agarrotados desde el sábado.

El hecho de que Luke hubiera alquilado una cabaña en Raven Ridge, a escasos doscientos metros de la mía, me había descolocado por completo.

Y lo peor no era su proximidad, sino la forma en la que lo había visto frente a ese porche.

Vestido con vaqueros desgastados y una camiseta de manga corta que se ajustaba a sus brazos musculosos, parecía el antiguo Luke.

El chico del bosque. Atractivo, letalmente sexy, con esos ojos dorados que me leían el alma.

Y, al mismo tiempo, tan inalcanzable y frío como la cara oculta de la luna.

Me alejé del espejo, sacudí la cabeza para despejar los fantasmas y empujé la puerta del vestuario. El ruido constante de la planta de urgencias me envolvió al instante. Caminé hasta el mostrador central, esquivando a un par de celadores con el ritmo rápido que exigía mi puesto.

Savannah ya estaba allí. Mi hermana pequeña tecleaba con agilidad en el ordenador principal, revisando la pila de historiales de los pacientes que habían quedado ingresados en los boxes de observación durante el turno de noche.

—Buenos días —la saludé, dejándome caer sobre el taburete alto a su lado—. ¿Cómo ha ido la noche?

Savannah levantó la vista de la pantalla y me dedicó una sonrisa dulce, acomodándose un mechón de pelo caoba oscuro detrás de la oreja.

—Buenos días, Gia. Todo bajo control. Tenemos a tres pacientes esperando cama libre en la planta de medicina interna, pero están estables. Solo hay un alta pendiente del box cuatro, una gastroenteritis aguda que ya tolera líquidos. Solo necesita tu firma.

Tomé la tableta que me tendía, revisé las constantes y las analíticas del paciente con un vistazo rápido y experto, y tracé mi firma en la pantalla.

—Listo. Encárgate de darle las pautas de hidratación y que se marche a casa.

—A sus órdenes, jefa —bromeó Savannah, cogiendo la tableta.

—Veo que la burocracia de los lunes por la mañana es tan divertida como siempre.

La voz ronca de Mac sonó a mis espaldas. Me giré en el taburete y le vi acercarse con dos vasos de café humeante de la cafetería. Me tendió uno sin decir palabra.

—Gracias, Mac. Me acabas de salvar la vida —murmuré, dándole un sorbo al líquido negro y amargo.

—¿Qué tal el fin de semana? —preguntó, apoyando los antebrazos sobre la encimera del mostrador, con su habitual postura de estar montando guardia.

—Tranquilo. Leer, dormir, lo de siempre —mentí, manteniendo la voz nivelada.

Evité deliberadamente cualquier mención al sábado y al hecho de que Luke Holloway ahora era vecino de Raven Ridge.

Mac le dio un trago a su café, mirándome de reojo. Una de sus cejas oscuras se arqueó milimétricamente. Como mellizo de Caleb, la información dentro del clan Donovan fluía con una rapidez letal.

—No tan tranquilo si tenemos nuevos vecinos en el bosque —soltó Mac, con esa franqueza que no dejaba lugar a escapatorias.

Apreté los dientes alrededor del borde del vaso de cartón.

—Las noticias vuelan.

—Hannah le comentó a Caleb que os cruzasteis con Holloway cerca de la cabaña, y Caleb me lo dijo a mí —explicó Mac, encogiéndose de hombros, como si estuviera dando el parte meteorológico—.

Es raro, ¿no te parece? Un tipo como Luke, que ha hecho toda su carrera en Redmond, que tiene un montón de intereses empresariales en la ciudad y reuniones de junta día sí y día también, de repente se muda a una cabaña en Wildwater Falls.

Mantuve la expresión neutra, obligándome a encogerme de hombros con la misma indiferencia fingida.

—No sé mucho de él, Mac. Supongo que querrá vigilar sus inversiones más de cerca. O le gusta el aire puro.

Mac no apartó la vista de mi cara. Sus ojos, marca Donovan, escanearon mi postura rígida, la tensión en mis hombros, el ligero temblor en los dedos que sostenían el café.

Sabía que yo estaba haciendo un esfuerzo monumental para restarle importancia a la presencia de Luke en el pueblo.

Noté su mirada suspicaz, pero también conocía su código. No iba a acorralarme.

Dio un golpecito con los nudillos sobre el mostrador, dando por zanjado el tema, justo cuando el zumbido de la radio de emergencias nos sacó de la burbuja.

— Wildwater Regional. Tenemos dos traumas en camino. Accidente en la ruta forestal de Granite Pass. Dos excursionistas varones cayeron por un desnivel de cinco metros sobre terreno rocoso y madera muerta. Llegada en cuatro minutos.

La adrenalina barrió cualquier pensamiento sobre Luke. Me puse en pie de un salto, dejando el café olvidado.

—Aquí la doctora Robbins. Dadme estado de los pacientes —respondí por el canal abierto.

— Víctima uno: fractura cerrada y desplazada de fémur izquierdo, dolor intenso, constantes estables. Víctima dos: contusiones múltiples, laceraciones en extremidades y una herida avulsiva en el tejido blando del abdomen. Sangrado controlado por compresión, pero presenta signos incipientes de shock.

Miré a Mac y asentimos a la vez.

—Savannah, prepara los boxes de trauma uno y dos —ordené, la sangre latiéndome con fuerza en los oídos—. Mac, tú te quedas con el fémur. Yo asumo el abdomen.

—Recibido —dijo Mac, sacando un par de guantes de nitrilo de la caja de la pared.

Cuatro minutos después, las puertas de urgencias se abrieron de golpe. Actuamos con una sincronía envidiable, sin necesidad de darnos órdenes. Mientras Mac estabilizaba la pierna rota del primer paciente en el box uno, yo recibí al segundo excursionista en el box dos.

—Tranquilo, estás en el hospital —le dije al chico, cuya respiración era rápida y superficial por el pánico—. Savannah, ponle oxígeno a cuatro litros y canaliza una vía. Pásame las tijeras.

Corté la ropa técnica cubierta de barro y sangre seca.

Al retirar el vendaje de compresión del abdomen, fruncí el ceño.

La laceración era fea, profunda, rasgando el tejido y el músculo.

Pero lo que me hizo tensar la mandíbula fue el trozo de madera oscura y astillada que sobresalía del fondo del tejido muscular.

—Tiene restos de una rama incrustados en la fascia muscular —informé, palpando con extremo cuidado los bordes de la herida—.

Es potencialmente peligroso. Si ha perforado el peritoneo o hay daño vascular oculto, no podemos limpiarlo aquí abajo.

Savannah, avisa a trauma. Dile a Hannah que tenemos un cuerpo extraño penetrante en abdomen y que subimos a quirófano para exploración y desbridamiento.

Estabilizamos la hemorragia, empaquetamos la herida con gasas estériles y subimos rápidamente por los ascensores quirúrgicos. Hannah ya nos esperaba en el quirófano número dos, con el pijama verde y las manos lavadas.

—Buen trabajo estabilizándolo abajo, Gia —dijo Hannah, evaluando la herida mientras el anestesista sedaba al paciente—. Lávate. Vas a asistirme en esta.

No lo dudé. Me enfundé la bata estéril y los guantes.

Durante la siguiente hora, asistí a Hannah en la mesa de operaciones.

Afortunadamente, fue una cirugía sencilla.

La rama no había perforado órganos vitales.

Retiramos las astillas, limpiamos el tejido, contuvimos una pequeña hemorragia de los vasos superficiales y cerramos.

A pesar de que Hannah era años más joven que yo, su habilidad con el bisturí era asombrosa. Era una cirujana excepcional, segura, con una técnica casi virtuosa. Me encantaba esa parte de la medicina de trauma, la precisión milimétrica, y sentía que siempre podía aprender muchísimo de ella.

Cuando terminamos y me quité los guantes manchados de sangre, sentí esa familiar oleada de satisfacción profesional. En el hospital, en la sala de urgencias, haciendo triajes bajo presión y tomando decisiones de vida o muerte en fracciones de segundo, me sentía completamente segura, invencible.

Caminé hacia los lavabos para frotarme las manos con jabón antiséptico, mirando la espuma desaparecer por el desagüe.

Ojalá el resto de mi vida fuera tan sencillo. Ojalá las emociones fueran como una herida abierta: ves el problema, aplicas presión, retiras el cuerpo extraño y lo coses.

Pero cuando se trataba de Luke Holloway, era todo lo contrario.

No había protocolos ni manuales de cirugía.

No sabía cómo actuar cuando lo tenía delante.

No sabía qué decir ante su frialdad, ni qué hacer con este nudo ardiente y doloroso que se me instalaba en el estómago cada vez que esos ojos ámbar me miraban como si fuera una extraña.

Mantenerme alejada de él era lo más seguro. Era el tratamiento más racional y la decisión más prudente.

Me sequé las manos con una toalla de papel y dejé caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Era lo prudente, sí. Pero sostener esa muralla de hielo, día tras día, me estaba resultando absolutamente agotador.