TRES #2
Volvía a empujar la puerta del vestuario femenino por segunda vez en el día y me quité el pijama médico manchado.
Al sacar un conjunto limpio de la taquilla, mantuve la mirada rígidamente clavada en el metal de la puerta, evitando por todos los medios el espejo que colgaba sobre los lavabos.
Sabía exactamente qué iba a devolverme el reflejo.
Un rostro cansado y ojeroso como el de esta mañana.
Y, sin embargo, el fantasma de la voz de mi madre se filtró en el silencio del vestuario.
«Eres preciosa, Gia. Eres única, tan especial».
Evelyn siempre pronunciaba esas palabras con una cadencia posesiva, levantando la barbilla como si la simetría de mi rostro, el color avellana de mis ojos o la forma de mis labios fueran un triunfo suyo.
Como si la genética no fuera un puro accidente biológico.
Para ella, ser guapa era un mérito. Para mí, era algo que odiaba, sobre todo porque cada vez que Evelyn me ensalzaba, utilizaba el mismo tono para destruir a Savannah.
Recordé el tono condescendiente de mi madre, esa falsa lástima con la que miraba a mi hermana pequeña, y el modo en que la tristeza empañaba los ojos de Savannah cada una de las veces.
Me hervía la sangre solo de pensarlo. Evelyn la hacía sentir decepcionante por cosas que nadie podía elegir, ignorando por completo que Savannah era deslumbrante.
Mi hermana tenía un físico espectacular, unos ojos inmensos y una belleza interior tan rotunda que iluminaba cualquier habitación en la que entraba.
Terminé de abrocharme la bata blanca, me aseguré de que el bordado con mi nombre estuviera recto y salí al pasillo, frotándome las sienes para disipar la punzada de dolor que empezaba a formarse detrás de mis ojos.
—O te tomas un café ahora mismo, o te prescribo una cama en la sala de descanso.
Me giré. Sloane estaba apoyada contra la pared del pasillo, sosteniendo una carpeta de la dirección médica contra el pecho. Su mirada castaña y analítica me escrutaba de arriba abajo.
—Un café suena a gloria —admití, dejando caer los hombros.
Caminamos juntas hacia la cafetería del hospital. El murmullo de las visitas, el tintineo de las tazas y el olor a grano tostado nos envolvieron al entrar. Mientras hacíamos cola, le hice un resumen rápido de la emergencia de la ruta forestal.
—Es alucinante estar en un quirófano con ella —le confesé en voz baja, mientras recogíamos nuestras tazas—. La forma en que Hannah aísla el daño y contiene una hemorragia... es pura maestría.
Sloane sonrió, una de esas sonrisas genuinas que reservaba solo para su círculo íntimo.
—Me encanta que digas eso. Hannah es espectacular, y teneros a las dos liderando urgencias y trauma es lo mejor que le ha pasado a este hospital.
Nos abrimos paso hasta una mesa pequeña y redonda, situada en la esquina más alejada de la cafetería, justo junto al enorme ventanal que daba al aparcamiento y a las copas de los pinos en la distancia.
Sloane se sentó frente a mí, envolviendo la taza caliente con ambas manos, pero su expresión profesional dio paso a la de mi mejor amiga de la infancia.
—Gia, estás exhausta —dictaminó, sin rodeos—. Y no es por el trabajo.
Di un sorbo lento al café, sintiendo cómo el líquido quemaba agradablemente en mi garganta, y suspiré.
—Me está costando dormir últimamente. Demasiado ruido en la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante.
Inspiré hondo, trazando el borde de la taza con el dedo índice.
—¿Sabías que Luke iba a mudarse a Wildwater Falls?
Sloane se quedó completamente inmóvil. La sorpresa le borró cualquier atisbo de diplomacia del rostro. Parpadeó, genuinamente desconcertada, y dejó la taza sobre la mesa con un golpe sordo.
—No. No tenía la menor idea —respondió, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Cómo sabes eso? ¿Desde cuándo?
—Se ha alquilado una cabaña en Raven Ridge —le expliqué, bajando el tono—. Me lo encontré el sábado. Está a doscientos metros dela casa de Hannah y Caleb. Y de la mía.
Sloane se recostó en la silla, procesando la información con la mente estructurada de una directora médica.
—Es absurdo —murmuró, frunciendo el ceño—. Luke no ha mostrado jamás el menor interés en residir aquí. Es un smokejumper de Redmond, sus negocios familiares están en otra parte...
Me encogí de hombros.
—Quizá sea temporal —sugerí, mirando por la ventana—. No tiene por qué ser una mudanza permanente. Nos cruzamos apenas unos segundos, no dio demasiados detalles.
Sloane tamborileó con las uñas sobre la mesa, con los ojos clavados en mí.
—¿Habéis hablado? —quiso saber, con la voz suave pero firme—. A solas, quiero decir.
Negué con la cabeza, apartando la mirada de la ventana para centrarla en el fondo oscuro de mi café.
—No. Nuestras únicas interacciones han sido el día que entré en tu despacho y me lo encontré de frente, los cinco minutos de tensión en la sala de descanso durante la celebración del ascenso, y el cruce absurdo del sábado en Raven Ridge.
El silencio se instaló entre nosotras. Sloane me conocía mejor que nadie, pero incluso ella solo tenía unas pocas piezas del inmenso puzle que componía mi historia con Luke.
Conocía la versión corta: que Luke y yo habíamos empezado a construir algo hermoso hacía doce años, que yo estaba perdida y ciegamente enamorada de él, y que, de repente, algo sucedió y hui a Portland sin mirar atrás.
No conocía los detalles porque en aquel momento Sloane estaba librando su propia batalla personal, acababa de ser madre de un pequeño Jonah que necesitaba cuidados y atención.
—Gia... —empezó Sloane, con esa cautela que usaba cuando pisaba terreno minado—. ¿Qué pasó realmente hace doce años?
Se me tensó la mandíbula.
—Pasó mucho tiempo, Sloane. Eso es todo —esquivé la respuesta, forzando un tono monocorde—. Éramos unos críos. Ambos lo tenemos más que superado.
Sloane me lanzó una mirada de escepticismo. Ladeó la cabeza, adoptando esa postura analítica que usaba para desarmar a la junta directiva.
—¿Superado? —repitió, con suavidad—. Georgia, escúchame. Lo único en el mundo que liga a Luke Holloway a Wildwater Falls es este hospital. Y tú.
Solté una carcajada corta que no tuvo nada que ver con la alegría.
—Dudo muchísimo que se haya mudado por mí, Sloane —repliqué, sintiendo un nudo de ácido en la garganta—. Te aseguro que se ha mudado a pesar de mí. He visto cómo me mira. Y, sobre todo, cómo no me mira. Estoy convencida de que va a evitar cruzarse conmigo a toda costa.
Sloane negó con la cabeza, inflexible.
—Te equivocas. He llegado a conocer bastante bien al Luke que se enfrenta en cada reunión al resto de la junta de accionistas.
No es impulsivo, ni mucho menos tonto. Al contrario, es un hombre inmensamente astuto y calculador.
Si ha elegido Raven Ridge, no ha sido por casualidad ni por las vistas.
Ha investigado previamente quiénes iban a ser sus vecinos.
Sabía perfectamente que ibas a estar allí.
Las palabras de Sloane me golpearon el pecho, desconcertándome. La idea de Luke investigando mi paradero me provocó un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo.
Pero era imposible. Sacudí la cabeza, restándole importancia, negándome a alimentar una fantasía que solo me traería más dolor.
Luke no buscaba ningún acercamiento. Yo sabía mejor que nadie lo que le había hecho.
Sabía que cualquier oportunidad, cualquier chispa de futuro con él, la había quemado y convertido en cenizas el día que lo abandoné con una simple y cobarde nota de despedida bajo el limpiaparabrisas de su coche.
Lo que Sloane no sabía, lo que nadie en todo Wildwater Falls sabía excepto yo, era que mi amiga se equivocaba en algo fundamental. Luke sí tenía algo que lo unía a este pueblo. Y no era yo.
✽✽✽
El trayecto desde el hospital hasta el centro de Wildwater Falls lo hice casi en piloto automático. Aparqué frente al edificio de Savannah e Ian y subí las escaleras cargando con un par de bolsas de papel del supermercado.
Su piso era un espacio amplio de dos habitaciones, decorado con un estilo rústico contemporáneo que mezclaba la madera maciza con líneas limpias y mucha luz.
Era un lugar profundamente hogareño. Desde el primer momento en que Savannah se instaló allí, supe que por fin había encontrado su verdadero hogar, junto a Ian.
Cuando Savannah abrió la puerta, me recibió con una sonrisa cálida y el pelo recogido en un moño desordenado. Le tendí las bolsas casi con vergüenza.
—Siento no traer nada más elaborado que unos tristes aperitivos y unas bolsas de patatas —me disculpé, dejando las cosas sobre la isla de la cocina de concepto abierto.
Savannah le restó importancia con un movimiento de mano y me dio un beso en la mejilla.
—Ni te preocupes, Gia. Ian también ha tenido un día de locos en la base de rescate. Al final nos hemos rendido y hemos pedido comida china a domicilio. Del único restaurante chino del pueblo, claro, así que recemos.
—Me parece el plan perfecto —suspiré, dejándome caer en uno de los taburetes de la isla, notando cómo el peso del día me aplastaba los hombros.
Ian salió del pasillo en ese momento, vestido con unos pantalones de chándal grises y una camiseta negra ajustada, desprendiendo ese aura de tranquilidad que siempre lo acompañaba. Me saludó con un asentimiento y se acercó a la nevera.
—¿Te abro una cerveza, Gia? —ofreció.
—Solo si es sin alcohol, por favor. Luego tengo que conducir de vuelta hasta las cabañas de Raven Ridge y no quiero arriesgarme.
Ian asintió, destapó una botella y me la dejó sobre la encimera. Charlamos un rato de forma superficial, intercambiando anécdotas sobre los pacientes del día, hasta que sonó el timbre. Ian se encargó de pagar al repartidor y llevó todas las cajas de cartón blanco humeantes a la cocina.