DOS #3
Al doblar la curva, el camino se abría frente a un grupo de dos casas.
En la primera de ellas, una cabaña de madera oscura con escaleras y un amplio porche delantero, estaban las dueñas de las voces.
Y en el sendero, justo frente a ellas, una niña de unos once años daba vueltas ágiles sobre una bicicleta de montaña, con el casco bien abrochado.
No me costó ningún esfuerzo reconocer la escena. La niña tenía el pelo oscuro trenzado y unos ojos brillantes de un color turquesa inconfundible; era obvio que se trataba de Octavia, la hija de Caleb Donovan.
En el porche, apoyada contra la barandilla, estaba Hannah O'Malley, la jefa de trauma del hospital y esposa de Caleb. Tenía el pelo largo y oscuro cayéndole en ondas por la espalda.
Y junto a ella, la segunda mujer.
Estaba de espaldas a mí, pero la reconocería en medio de un incendio a ciegas.
Esa media melena color caoba oscuro rozándole los hombros rectos.
Esa espalda esbelta. Esas manos delicadas, capaces de salvar vidas en un latido bajo los focos de la sala de reanimación.
Y esa voz... esa voz rota por la risa que me había perseguido en sueños cada maldita noche durante los últimos doce años.
Fue Hannah la primera en darse cuenta de mi presencia. Levantó la vista por encima del hombro de su amiga y me miró. Frunció el ceño durante un segundo, ajustando la visión a contraluz, hasta que abrió mucho los ojos al reconocerme.
—¿Luke? —soltó Hannah, saliendo de su estupor inicial.
Al escuchar mi nombre, Gia se quedó congelada. La carcajada se le cortó en seco en la garganta. Se giró de golpe, con tanta rapidez que la tela de su camisa ondeó a su alrededor, y se me quedó mirando.
Sus ojos avellana se abrieron de par en par. El color abandonó sus mejillas en cuestión de segundos.
Me obligué a relajar los músculos del cuello. Recompuse mis facciones bajo la máscara de control que tanto me había costado perfeccionar y acorté la distancia que nos separaba con pasos lentos y seguros.
—Buenos días —las saludé, esbozando una sonrisa amable.
—Luke, hola —respondió Hannah, devolviéndome la sonrisa con cierta curiosidad, alternando la mirada entre Gia y yo—. ¿Qué haces por aquí?
Me detuve a los pies de las escaleras del porche. Metí las manos en los bolsillos delanteros de los vaqueros, proyectando una tranquilidad absoluta.
—Me he mudado a la cabaña del final del sendero. Acabo de llegar con las primeras cajas —expliqué con voz sosegada—. Voy a instalarme en la zona una temporada larga. Necesitaba estar más cerca del hospital.
Gia no emitió ni un solo sonido. Seguía mirándome, con los labios ligeramente entreabiertos y las manos aferradas al borde de la barandilla de madera con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Parecía aterrorizada de que yo fuera un espejismo, o aterrorizada de que fuera real.
Subí el primer peldaño de la escalera, acortando la distancia física, y clavé mis ojos ámbar directamente en los suyos.
Me permití sostenerle la mirada un segundo de más. Solo un segundo en el que dejé que todo el peso de mi presencia cayera sobre ella.
—Hola, Gia.
El sonido de su nombre en mi boca sonó ronco, demasiado íntimo. Ella tragó saliva de forma visible y apartó la mirada al instante, fijándola en un nudo de la madera del suelo como si su vida dependiera de ello.
Hannah percibió la densidad del aire. Miró el perfil tenso de Gia y luego mis ojos fijos en ella. Era evidente la incomodidad entre ambos. Pero haciendo gala de su enorme empatía, Hannah desvió el tema con elegancia.
—Bueno, pues bienvenido al vecindario —dijo, señalando con el pulgar hacia la cabaña que se erguía al otro lado del sendero, a unos cien metros de distancia—. Caleb y yo vivimos justo en esa de ahí. Si necesitas algo ya sabes dónde estamos. Puedes pasarte cuando quieras.
—Te lo agradezco, Hannah. Lo tendré en cuenta.
Saqué las manos de los bolsillos y di una palmada suave sobre la baranda del porche, un golpe sordo que hizo que Gia diera un respingo imperceptible.
—Os dejo tranquilas. Voy a continuar inspeccionando la zona antes de comer.
Le dediqué un asentimiento de cabeza a Hannah y levanté una mano a modo de despedida hacia la niña, que me miraba curiosa desde su bicicleta. Finalmente, me giré hacia la mujer de pelo caoba.
—Adiós, Gia.
Di media vuelta sobre mis talones y empecé a caminar de regreso por el sendero, con la espalda recta y el paso firme.
Por fuera era una montaña de hielo, pero por dentro el pulso me retumbaba contra la caja torácica con tanta fuerza que casi me ahogaba.
El corazón estaba a punto de salírseme por la boca.
Sabía que ella me estaba mirando alejarme. Podía sentir el peso de sus ojos avellana quemándome entre los omóplatos.
Me mordí el interior de la mejilla hasta saborear la sangre, obligándome a no flaquear.
No me di la vuelta. Me negué rotundamente a mirar atrás.
No quería volver a hundirme en esos ojos que me volvían loco ni contemplar esos labios que tenía grabados a fuego en la memoria.
Si me giraba y la miraba una sola vez más, perdería todo el control.
Y no estaba dispuesto mostrarme tan vulnerable ante ella.