DOS #2
Pero si de algo me sentía orgulloso en esta vida, era de lo que hice después.
Cuando firmamos los papeles, fui yo quien animó a Ethan a tomar la iniciativa.
Él siempre la había mirado de una forma distinta, y yo sabía que mi mejor amigo sí era un hombre capaz de amarla sin reservas.
Leah se resistió al principio; su instinto le decía que estaba mal involucrarse con el mejor amigo de su exmarido.
Pero me senté con ellos, les di mi bendición y, un año después, me planté en el altar como el padrino de Ethan.
Me alegraba en el alma haber hecho bien las cosas por fin. Así es como debió ser siempre.
Y esa vida estaba a punto de multiplicarse. Leah estaba embarazada de cinco meses, esperando su primer hijo. Si todo salía según lo previsto, yo sería el padrino de esa criatura.
Salí de la camioneta, cerrando la puerta con suavidad, y caminé por el sendero de grava hasta el porche.
Llamé a la puerta un par de veces. A los pocos segundos, la madera se abrió, revelando a Leah.
Llevaba un vestido holgado que marcaba la curva incipiente de su vientre y una de esas sonrisas radiantes que le iluminaban los ojos.
—¡Luke! —exclamó, echando los brazos hacia adelante.
Me incliné para envolverla en un abrazo cálido y cuidadoso.
—Estás radiante, Leah —le dije, separándome un poco para mirarla—. Te sienta bien tener a Ethan cocinando para ti todos los días.
Ella soltó una carcajada cristalina y se apartó para dejarme entrar.
—Ethan está en la cocina, peleándose con la lasaña —dijo, cerrando la puerta a mis espaldas—. Vamos.
La seguí por el pasillo de madera clara hasta la cocina, amplia y luminosa. Ethan estaba frente a los fogones, con un delantal de flores atado a la cintura, removiendo una olla con salsa. Al verme entrar, levantó la cuchara de madera a modo de saludo.
—Llegas a tiempo, Holloway. Y, por cierto, ya he puesto a Leah al tanto de tus grandes planes, incluida la genial idea de la mudanza permanente a Wildwater Falls.
Me detuve en seco. Le lancé a Ethan una mirada de advertencia, pero él se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa inocente. Traidor.
Leah se apoyó contra la isla central de la cocina, cruzándose de brazos sobre su vientre. Su sonrisa dulce había desaparecido, sustituida por una expresión evaluadora que conocía demasiado bien.
—Muy bien, Luke. ¿Cuál es el motivo real de esta mudanza? —preguntó, directa al grano.
Me acerqué a la encimera y me apoyé en el borde, adoptando una postura relajada para intentar desviar el interrogatorio.
—Es por la academia de rescate —respondí, manteniendo el tono firme y sosegado—. Y por el hospital. Hay proyectos estructurales que necesitan mi supervisión directa como accionista...
—No me lo trago —me interrumpió Leah, negando con la cabeza. Sus ojos se entrecerraron—. Te conozco, Luke. Sé que te importa el hospital y lo de la academia es nuevo, pero también sé que hay algo más.
El silencio cayó sobre la cocina, interrumpido solo por el borboteo de la salsa de tomate. Leah me sostuvo la mirada durante unos segundos, analizando mi lenguaje corporal. De repente, abrió mucho los ojos, como si las piezas acabaran de encajar en su cabeza.
Se giró ligeramente hacia mí, bajando la voz.
—¿Ha vuelto ella al pueblo?
Fruncí el ceño, metiendo las manos en los bolsillos de los vaqueros, y me obligué a mantener la máscara de indiferencia.
—¿A quién te refieres? —pregunté, haciéndome el tonto con toda la intención.
Leah chasqueó la lengua, visiblemente irritada por mi intento de evasión.
—No me tomes por tonta, Luke Holloway. Sabes perfectamente de quién hablo. ¿Gia ha regresado?
Solté un suspiro largo y pesado, rindiéndome. No tenía sentido mentirle a Leah; ella había vivido de primera mano las consecuencias de la ausencia de Georgia.
—Sí. Ha regresado al pueblo.
Leah se quedó en silencio un instante, asimilando la información.
—¿Y está trabajando en el hospital? —preguntó despacio—. ¿En el hospital del que tú eres accionista?
Me resistí a contestar. Sentí la mirada de Ethan clavada en mi nuca desde los fogones, esperando mi respuesta con la misma expectación que su mujer. Apreté los dientes y aparté la vista hacia la ventana.
—Sí. Es la nueva jefa de Urgencias.
Leah suspiró hondo, dejando caer los brazos a los costados. Se giró hacia Ethan, que había dejado de remover la salsa.
—Bueno —dijo Leah, con un tono cargado de resignación—. Ya sabemos el motivo real de todo esto.
—La academia es un proyecto real, Leah —intervine, dando un paso al frente para defenderme—. Es dinero de mi familia y son vidas de rescatistas. Lo voy a hacer de todas formas.
—No voy a meterme ni a opinar sobre lo que hagas con tu dinero o con tus mudanzas —me cortó Leah, acercándose a mí. Me puso una mano pequeña y cálida en el antebrazo —. Pero más te vale tener cuidado con ella, Luke. No quiero que te vuelvan a romper el corazón. No otra vez.
El nudo de culpa y gratitud que siempre sentía hacia Leah se apretó en mi garganta. Cubrí su mano con la mía y le di un apretón suave, asintiendo lentamente.
—Tendré cuidado. Te lo prometo.
Ethan, con un sentido de la oportunidad perfecto, golpeó la cuchara contra el borde de la olla para romper la tensión.
—La cena está lista. Sentémonos antes de que se enfríe.
Nos trasladamos a la mesa redonda de madera de la cocina. Mientras Leah servía el agua y Ethan repartía las raciones de lasaña humeante, me quedé mirando la superficie de mi vaso, perdido en mis propios pensamientos.
Lo que pretendía hacer con la academia de rescate y la inyección de capital en el hospital era un deseo real, un proyecto de vida en el que creía firmemente. Georgia no tenía nada que ver en esos deseos estructurales.
Pero la verdad pura y dura era que resultaba increíblemente difícil quitarse de la cabeza esos ojos color avellana.
Desde que nos cruzamos por primera vez en el despacho de Sloane hace meses, su mirada me perseguía.
Una mirada que siempre se clavaba en mí con miedo y con un rastro de arrepentimiento que me desarmaba.
O, quizá, mi propio deseo de que ella sintiera algo por mí después de doce años era tan grande, que solo estaba imaginando lo que yo mismo quería ver.
✽✽✽
El sol de mayo brillaba en lo alto, recortando la silueta oscura de los pinos contra un cielo de un azul inusualmente brillante y despejado. Apagué el motor de la camioneta y apoyé las manos sobre el volante, escuchando el crujido de la grava bajo los neumáticos.
Estaba en Raven Ridge, la zona residencial de las afueras de Wildwater Falls donde las casas de madera con terreno propio se camuflaban entre los árboles.
Era el lugar perfecto para instalarse una temporada larga: lo bastante aislado para garantizar la intimidad de un hombre acostumbrado a los espacios abiertos, pero situado estratégicamente en la misma carretera por la que se llegaba directamente al hospital y a la base de rescate aéreo.
Lo que no les había dicho a Ethan y a Leah la noche anterior durante la cena era que mi discurso sobre una futura mudanza no era un plan.
Era un hecho consumado. No les había confesado que el contrato de alquiler de la cabaña frente a la que estaba aparcado ya llevaba días firmado.
Y, desde luego, había omitido el detalle más incriminatorio de todos: que antes de elegir esta zona, había investigado dónde vivía Georgia Robbins.
Abrí la puerta de la camioneta y el aire fresco de la montaña me golpeó el rostro.
Llevaba unos vaqueros desgastados, mis botas de trabajo favoritas y una camiseta de manga corta que dejaba mis brazos al descubierto.
Fui hacia la parte trasera, bajé el portón del maletero y saqué mi maleta, una caja de cartón y la bolsa con comestibles básicos que Leah me había obligado a aceptar.
Mis cosas de verdad llegarían al día siguiente en un camión de mudanzas, pero la cabaña de madera ya estaba amueblada con lo básico.
Dejé las cosas en el porche y me giré hacia la línea del bosque.
La llamada de los árboles era demasiado fuerte.
Necesitaba moverme, inspeccionar el terreno, leer la humedad de la tierra y la dirección del viento.
Sabía que esta zona estaba entrelazada con varias rutas de senderismo y caminos vecinales, perfectos para explorar ahora que la primavera y el verano abrían el valle.
Me adentré por un sendero estrecho de tierra batida. Mientras caminaba, me repetía mentalmente que solo estaba reconociendo el terreno, que para nada estaba intentando descubrir en cuál de aquellas cabañas con porches de madera vivía Gia. Para nada.
El crujido de mis botas rítmico y constante se vio interrumpido por un sonido repentino. A escasos doscientos metros, donde el sendero trazaba una curva suave, escuché risas. Dos voces de mujer, claras y relajadas, acompañadas por las bromas de una niña.