DOS
Luke
E l olor de la base de smokejumpers de Redmond siempre lograba calmarme y centrarme.
Acababa de salir del despacho del jefe de la unidad tras una larga reunión para modificar el calendario de mis clases de instrucción.
Aunque mi etapa como bombero forestal en primera línea de fuego había quedado atrás para dar paso a la formación, seguía en la reserva, activo para saltar cuando la propagación del fuego requería una lectura técnica que solo la experiencia te da.
Al verme entrar, dejó la taza sobre la encimera y abrió los brazos.
—¡Mírate! Sigues de una pieza —exclamó.
Acorté la distancia y nos dimos un abrazo fuerte, palmoteándonos la espalda.
Hacía dos semanas que no nos veíamos. Ethan no era solo un compañero; era el hombre que me había guardado las espaldas en los peores incendios forestales de mi vida, el tipo al que le confiaría mi vida a ciegas sin dudar un solo segundo y mi mejor amigo desde el día en que entré a formar parte de la unidad.
Con él no necesitaba mantener la guardia alta.
Los demás compañeros terminaron de saludarme con palmadas rápidas y se fueron dispersando hacia los hangares, dejándonos por fin solos en la sala. Ethan se giró, cogió una taza limpia y me sirvió un café humeante antes de tendérmelo.
—Bueno, suéltalo —dijo, apoyando la cadera contra los armarios con aire divertido—. ¿Qué tal te ha ido estas dos semanas jugando a ser un magnate de los negocios?
Solté un resoplido ronco, le di un sorbo al café negro y me dejé caer en una de las sillas de madera.
—Deja la coña ya, Ethan.
—No es coña. Eres un rico heredero con asiento en la junta de un hospital, una multinacional de exportación maderera y tropecientos aserraderos en el estado. Tienes que admitir que tiene su gracia verte cambiar el traje ignífugo por la corbata de seda.
—Bien, te diré qué tal me ha ido —respondí, frotándome la nuca con la mano libre—. Ponerme el disfraz y codearme con un montón de ricos avariciosos no es la carrera que soñé para mi vida. Prefiero tragar humo. Pero admito que poder hacer algo útil con el dinero y el poder lo compensa todo.
Ethan asintió, su sonrisa perdiendo un poco del tono de burla para volverse más comprensiva.
—Presionar para mejorar las condiciones de los trabajadores en los aserraderos de tus abuelos era necesario, Luke. Has hecho lo correcto.
—Eso espero. Y también puedo defender los intereses de la gente en el hospital de Wildwater Falls. Si mis próximos planes salen bien, todo ese papeleo y las reuniones de etiqueta habrán valido la pena.
Ethan ladeó la cabeza, cruzándose de brazos. Su instinto era tan agudo para las personas como para el fuego.
—¿Próximos planes? ¿A qué te refieres exactamente?
Dejé la taza sobre la mesa y me eché hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Al accidente de hace unos meses durante el simulacro de rescate en la academia —le expliqué, bajando el tono de voz—.
Todo falló. Los cadetes salieron heridos de verdad y si no llega a ser por la intervención táctica y el equipo de la Wildwater Air Rescue Base , ahora estaríamos hablando de una tragedia monumental con muertos encima de la mesa.
—Lo leí. Fue un desastre de coordinación.
—No, Ethan, el problema no radica en los profesionales ni en su experiencia en la montaña.
Son excelentes en lo que hacen. El problema es sistémico.
Se enfrentan a presupuestos públicos ridículos, trabajan sin material de alta calidad, los instructores cobran sueldos precarios y el personal es a todas luces insuficiente.
—¿Y tú quieres solucionar eso? —preguntó, alzando las cejas, visiblemente impresionado.
—Quiero inyectar capital, reestructurar la academia de rescate y proveer equipo en condiciones. Sí.
Ethan soltó un silbido bajo.
—Eso es ambicioso, Luke. Muy ambicioso. Incluso para ti.
—Lo sé —admití, mirando el fondo oscuro de mi café—. Pero probablemente es el camino al que he estado destinado siempre. Una carrera como smokejumper en activo saltando sobre las llamas es demasiado corta. La instrucción es el paso lógico. Puedo marcar una diferencia real ahí arriba.
El silencio se instaló en la sala común.
Solo se escuchaba el zumbido de la vieja nevera y el sonido distante de un motor arrancando en los hangares exteriores.
Me pasé el pulgar por la mandíbula, tensando los músculos del cuello.
Sabía que la siguiente parte de la conversación no iba a ser tan fácil de explicar.
Levanté la vista y clavé mis ojos ámbar en él.
—Llevar a cabo ese trabajo requeriría un cambio logístico importante, Ethan. Tendría que trasladarme a Wildwater Falls de forma permanente.
Ethan se quedó completamente paralizado. El tono risueño y relajado desapareció de su rostro.
—¿Qué? —preguntó, parpadeando un par de veces—. ¿Hablas en serio? ¿Qué pasa con la unidad? ¿Qué pasa con la academia de smokejumpers de aquí?
—Tendré que dejarlas. Seguiría en la reserva, por supuesto, por si me necesitáis para una emergencia extrema o un incendio que se descontrole, pero mi base principal y mi residencia estarían en Wildwater Falls.
Mi mejor amigo se separó de la encimera y dio un paso hacia la mesa. Me observó con los ojos entrecerrados.
—¿Dar un paso tan radical solo para financiar y dirigir una academia de rescate aéreo?
Luke, no me jodas. Llevas en Redmond casi toda tu vida profesional.
Y al margen de tus responsabilidades como heredero Holloway, aquí tienes a tu unidad, tus amigos, tienes tu rutina, tu casa.
¿Por qué de repente esta urgencia por largarte de forma permanente?
—Es por el proyecto de la academia —respondí, manteniendo la voz firme y el rostro sosegado.
Ethan negó con la cabeza lentamente. No se lo tragaba en absoluto. Conocía cada uno de mis silencios, cada leve tensión en mis hombros.
—Conozco esa mirada, Luke —dijo en voz baja, apoyando ambas manos sobre la mesa para inclinarse hacia mí—. Hay algo más debajo de todo este discurso sobre presupuestos y cadetes, ¿verdad?
Sostuve su mirada durante un largo instante.
La imagen de Georgia con su pijama médico azul en el pasillo del hospital, la forma en que retiró la mano del brazo de Cormac Donovan y el impacto en sus ojos avellana cuando pronuncié su nombre en la sala de descanso cruzaron mi mente como una ráfaga de fuego.
El pecho se me contrajo con un nudo doloroso.
Solté un suspiro pesado, rindiéndome ante la perspicacia de mi amigo.
—Aún no sé si hay algo más, Ethan. Te juro que no lo sé.
Ethan me observó en silencio, analizando la confesión a medias y el peso evidente que cargaba en la voz. Finalmente, se apartó de la mesa y se pasó una mano por el pelo.
—Vale. No te voy a presionar aquí. Es evidente que hay algo serio que te ronda —sentenció, señalándome con el dedo índice—. Pero esto no se queda así. Necesitamos hablarlo bien, con tiempo y sin que ningún novato entre por esa puerta. Ven a cenar a casa esta noche. Haré la lasaña de Leah.
La mención de Leah, su mujer y mi exesposa, no trajo consigo ninguna incomodidad. Nuestro pasado estaba cerrado y resuelto de la forma más sana posible, y compartir mesa con ellos era algo habitual y reconfortante.
Asentí con la cabeza, agradeciendo mentalmente que no me hubiera acorralado en la sala común.
—Allí estaré.
✽✽✽
Apagué el motor de la camioneta y me quedé inmóvil en el asiento del conductor, con las manos aún apoyadas en el volante de cuero gastado.
A través del parabrisas, observé cómo el sol terminaba de hundirse en el horizonte, tiñendo el cielo de Redmond de un naranja oscuro que empezaba a dar paso al crepúsculo.
Frente a mí se alzaba la casa de Ethan y Leah.
Era una preciosa construcción de dos plantas, pintada en un tono claro, rodeada por un jardín cuidado al milímetro.
Tenía una terraza trasera perfecta para las barbacoas de verano y un amplio porche delantero de madera que albergaba un balancín clásico.
Aquella casa era la materialización exacta del sueño de Leah: un hogar seguro en el que formar una familia, un refugio donde amar, ser amada y construir una vida entera junto a un compañero de verdad.
Un compañero que yo jamás pude ser para ella.
El pecho se me encogió ligeramente al dejar que los recuerdos me invadieran.
Recordé a la chica dulce, paciente y complaciente que había sido cuando nos conocimos.
Recordé cómo me observó en silencio desde la barra de aquel bar de Redmond, el local donde siempre nos reuníamos los bomberos de mi unidad, hasta que, semanas después, reunió el valor suficiente para acercarse a hablarme.
Fue ella quien tomó la iniciativa de invitarme a salir.
Un año más tarde, fue ella la que, con una sonrisa temblorosa, me pidió que nos casáramos.
Me arrepentía profundamente de haber dejado que todo llegara tan lejos.
Fui cobarde e injusto. En el fondo de mi conciencia, siempre supe que no podría amarla como ella merecía, como una mujer tan buena y amable necesitaba ser amada.
Pero mi propia soledad, el vacío devastador que Georgia había dejado en mí al desaparecer de Wildwater Falls, me pesaba tanto que me dejé arrastrar por la calidez de Leah sin plantearme el daño que estaba haciendo.
La realidad nos alcanzó tres años después de la boda, y, una vez más, fue Leah quien tuvo el valor que a mí me faltaba.
Fue ella la que puso los papeles del divorcio sobre la mesa.
Supe que lo hacía porque, a pesar de mis intentos por disimular, ella siempre supo que mi verdadero amor era Georgia y que siempre estaría en un segundo plano en mi corazón.
Yo me sentía tan sumido en mi propio aislamiento que ni siquiera había sido capaz de dar el paso para liberarla.