Hollow (Wildwater Falls 6) UNO #3
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UNO #3

Los paramédicos entraron corriendo. Mac interceptó la primera camilla.

Me bastó un segundo para ver la pierna del hombre mayor: un amasijo de carne, músculo triturado y astillas de hueso asomando por encima de la bota de trabajo.

Mac no dudó. Se movió apretando un tercer torniquete por encima de la rodilla destrozada, gritando órdenes para asegurar la vía aérea y reponer volumen de inmediato.

Su capacidad para el triaje era de otro mundo.

Yo me giré hacia la segunda camilla. El chico joven estaba pálido como el papel, gimiendo, con los brazos elevados por encima del pecho. Los vendajes de compresión que los paramédicos le habían puesto en el aserradero estaban empapados, goteando un rojo brillante sobre las sábanas blancas.

—Conmigo, al box dos —indiqué, caminando rápido junto a la camilla.

Una vez bajo los potentes focos, retiré los vendajes empapados.

El estómago me dio un vuelco, pero mi rostro no reflejó nada.

El daño era devastador. Las cuchillas le habían desgarrado las palmas y las muñecas, dejando a la vista los tendones seccionados, que se habían retraído hacia el antebrazo como gomas elásticas rotas.

La sangre arterial bombeaba a un ritmo alarmante.

—Canaliza dos vías periféricas de grueso calibre, calibre catorce —le pedí a una de las enfermeras de mi equipo—. Inicia la transfusión y ponle analgesia fuerte, fentanilo intravenoso, ahora mismo.

Apliqué presión directa sobre los puntos sangrantes y controlamos la hemorragia tras unos minutos de tensión agonizante. Lo estabilicé lo suficiente para que no se desangrara en la camilla, pero sus manos necesitaban una reconstrucción microscópica urgente o las perdería para siempre.

—Trauma vascular y cirugía plástica están esperando en el quirófano tres —me informó Savannah, acercándose al box, con el uniforme salpicado de sangre del otro paciente—. Logan ya está con el hombre de Mac, lo suben ahora mismo.

—Bien. Vamos allá.

Me coloqué a la cabecera de la camilla del chico y ayudé al celador a empujarla por los pasillos que conectaban las Urgencias con el bloque de ascensores quirúrgicos.

Las ruedas chirriaban contra el suelo pulido.

Mi mente estaba enfocada en el ritmo cardíaco del paciente que pitaba en el monitor portátil, hasta que giramos la última esquina.

Las luces fluorescentes parpadearon ligeramente. A mitad del pasillo vacío, caminando en dirección opuesta, apareció él.

Luke.

Llevaba la chaqueta del traje desabrochada, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y el teléfono en la otra. Al vernos acercar con la camilla llena de sangre, se detuvo por completo y se hizo a un lado para dejarnos espacio.

Al pasar por su lado, levanté la vista. Nuestros ojos chocaron.

Fue solo un segundo, pero el tiempo pareció dilatarse.

Me quedé prendada en esos ojos felinos. Eso era algo que no había cambiado en doce años.

Porque bajo la fachada del magnate de la junta, había algo primitivo en su postura, la misma tensión alerta del smokejumper acostumbrado a saltar en paracaídas al centro de un incendio.

Mi respiración se atascó en mi garganta con un nudo doloroso que me impidió tragar.

No apartó la vista y no dijo nada.

El celador empujó la camilla dentro del amplio montacargas quirúrgico y yo entré detrás.

Me di la vuelta, apoyando las manos en la barandilla de metal de la cama.

Al levantar la vista, me di cuenta de que Luke no había reanudado su marcha.

Seguía allí, al final del pasillo, inmóvil.

Me miraba fijamente, pero su rostro era una máscara de hielo.

Una fortaleza inexpugnable. Era imposible saber qué pensaba, era imposible llegar hasta él.

Parecía haber un vacío indescifrable en sus ojos.

Retiré la mirada bruscamente, fijándola en los números del panel luminoso justo en el instante en el que las gruesas puertas de acero se cerraron con un golpe sordo, cortando la conexión.

El ascensor empezó a subir con un ronroneo profundo, pero el temblor de las manos delataba mis emociones. Me las froté contra el pijama médico, manchando la tela azul de sangre seca.

Iba a ser insoportable. Trabajar en el mismo hospital, caminar por los mismos pasillos y respirar el mismo aire iba a ser una tortura. Aún me removía, me sacudía por dentro.

Y lo que más me desesperaba no era el rechazo evidente, sino la contradicción. Sloane me había confesado que Luke Holloway había apoyado y firmado mi contratación para que regresara de Portland. Y sin embargo... ahora me trataba como a una presencia molesta.

Si me odiaba, ¿por qué no me lo gritaba en la cara? Quizá sería más fácil si lo hiciera. Si se acercara y me mostrara ira, odio, resentimiento o decepción. Cualquier emoción descontrolada sería mejor que esa frialdad, haciéndome sentir que yo ya no significaba absolutamente nada.

Tragué aire, sintiendo cómo el peso de la culpa, que llevaba más de una década conmigo, volvía a asentarse sobre mi pecho, haciendo que fuera imposible respirar. La manos no dejaban de temblar.

Ahora no. Ahora no podía permitirme el lujo de tener un crisis de ansiedad.

Daba igual lo que yo sintiera. Esa barrera que Luke había impuesto siempre iba a estar ahí, separándonos. Ese era el precio por haberlo abandonado para marcharme a forjar mi brillante carrera en Portland.