UNO #2
Savannah le ofreció un plato pequeño a Luke.
—¿Quieres un trozo de tarta? —preguntó mi hermana, completamente ajena a la frialdad que emanaba de él —. Es de zanahoria, la favorita de Georgia.
—Por supuesto. Gracias, Savannah —respondió Luke, aceptando el plato.
Aproveché la distracción para dar un paso atrás, refugiándome cerca de la cafetera.
Me obligué a respirar, contando mentalmente hasta diez mientras el pecho me subía y bajaba de forma irregular.
Luke se alejó un par de pasos hacia la isla central y empezó a charlar con Hannah sobre las recientes derivaciones de trauma en accidentes de montaña.
Sloane me miró de reojo. Sus ojos castaños estaban cargados de preocupación. Conocía mi tendencia a la huida, y ver a Luke allí me estaba poniendo al borde del colapso.
Decidí que la única forma de sobrevivir a los próximos minutos era ignorarlo. Forcé una postura relajada y me giré hacia Mac, que observaba la escena con los brazos cruzados sobre su pecho ancho.
—Dime que los nuevos residentes de primer año no van a llorar en su primer turno de fin de semana —le dije a Mac, obligando a que mi voz sonara descarada y aburrida, aunque me tembló ligeramente al final de la frase—.
Porque si tengo que consolar a otro que se marea con una fractura abierta, juro que los mandaré a rellenar historiales al sótano.
Mac resopló, arrastrando la mirada desde la espalda de Luke hasta mi rostro. Sus ojos oscuros me escanearon durante un segundo, leyendo mi tensión, pero se ciñó al guion profesional.
—Llorarán, Gia. Te lo garantizo —respondió Mac con su voz áspera, arrastrando las palabras.
Sloane esbozó una sonrisa cansada y se unió a nuestro círculo.
—Por favor, Mac, intenta no aterrorizar a todo mi personal nuevo antes de que termine el mes de prueba —suspiró la directora médica, frotándose la sien—. Me cuesta una fortuna convencer a la junta para que aprueben los presupuestos de contratación. No los espantes.
—Yo no los espanto, Sloane —replicó, levantando una ceja—. Si no pueden con mi tono de voz, no podrán con una hemorragia arterial a las tres de la madrugada. Gia opina lo mismo, ¿verdad?
—Exacto —respondí demasiado rápido, dando un sorbo torpe a mi café—. En Urgencias no hay tiempo. O eres rápido, o te apartas.
Pero mientras hablaba, mi cuerpo entero seguía sintonizado con la presencia de Luke al otro lado de la habitación.
No podía evitar mirarlo de reojo. Observé la forma en que la tela gris del traje se tensaba sobre su espalda cuando se inclinaba para escuchar a Hannah.
Cada uno de sus movimientos irradiaba una calma que contrastaba con el caos de mis pensamientos.
Mac cambió el peso de un pie al otro, inclinándose ligeramente hacia mí.
—Gia —murmuró, con un tono tan bajo que Sloane apenas lo escuchó—. Si vas a apretar la taza con tanta fuerza, avísame antes de que la rompas para que me aparte.
Me congelé. Solté un poco de presión sobre la cerámica, sintiendo los dedos agarrotados. Mac no hizo preguntas, pero me había pillado. El esfuerzo por ignorar a Luke, por fingir que éramos un par de extraños, me estaba devorando la energía.
Pasado un rato, el reloj de la pared marcó las diez menos cuarto. Sloane suspiró, dejó su plato vacío en la encimera y se alisó la falda de tubo.
—Tengo que irme. La reunión preparatoria de la junta empieza en breve y tengo que repasar los gráficos de ingresos —Sloane alzó un poco la voz para dirigirse a Luke—. ¿Nos vamos, Luke?
—Claro —respondió él, dejando el plato sobre la mesa y limpiándose las comisuras con una servilleta de papel.
Luke empezó a despedirse de todos con amabilidad, estrechando la mano de Logan, despidiéndose de Avery y felicitando de nuevo a Savannah.
Yo me quedé paralizada junto a la cafetera, sintiendo cómo el estómago se me encogía al ver que su trayectoria hacia la puerta lo obligaba a pasar justo por mi lado.
Cuando se acercó, la distancia entre nosotros se redujo a escasos centímetros.
El olor a bosque mezclado con colonia cara me golpeó los sentidos de golpe, arrastrándome a los días en los que escondía el rostro en su cuello.
No detuvo su paso, no giró el rostro hacia mí, mantuvo la mirada fija en el pasillo que se abría más allá de la puerta.
Pero al rozar casi su brazo derecho contra el mío, bajó ligeramente la cabeza. Sus labios apenas se movieron, pero el sonido fue lo suficientemente claro y profundo como para hacerme estremecer.
—Adiós, Gia.
Un escalofrío violento me recorrió la espina dorsal, dejándome clavada en el suelo del linóleo, incapaz de mover un solo músculo mientras su figura ancha desaparecía por el pasillo, seguido por Sloane.
Savannah levantó la cabeza de golpe. Nadie, excepto mis amigos más íntimos, me llamaba de esa manera.
Menos aún un miembro de la junta directiva al que se suponía que no conocía.
Vi cómo la sorpresa abría mucho sus ojos avellana, seguida inmediatamente por un aluvión de preguntas que empezaban a formarse en sus labios.
Me giré bruscamente hacia el fregadero, dándole la espalda a mi hermana, a Mac y al pasillo.
Abrí el grifo del agua con violencia, dejando que el ruido ahogara el latido errático de mi propio corazón, esquivando cualquier mirada que pudiera delatar que, doce años después, Luke Holloway seguía teniendo el poder para destrozarme por completo.
✽✽✽
El ambiente festivo de la sala de descanso se había disipado en cuanto pisé de nuevo el área del mostrador central de Urgencias.
Me apoyé sobre la superficie metálica, deslizando el dedo por la pantalla de la tableta para repasar el cuadrante de turnos del fin de semana.
A mi derecha, Savannah tecleaba en su propio ordenador, pero podía sentir su mirada clavándose en mí cada pocos segundos.
Quería preguntar. Tenía los ojos avellana llenos de dudas sobre Luke, pero mi hermana era lo bastante lista como para saber que no era el momento ni el lugar, así que se mordía el labio inferior y contenía las palabras.
Mac estaba de pie al otro lado del mostrador, revisando un historial en silencio, cuando el zumbido áspero de la radio de emergencias nos interrumpió, cortando la tensión de raíz.
— Atención, Wildwater Regional. Aquí unidad de soporte vital básico y unidad medicalizada en ruta. Código rojo. Accidente laboral en el aserradero de Juniper Lane. Derrumbe estructural y vuelco de maquinaria de corte pesada sobre dos operarios.
Levanté la cabeza de la pantalla al instante. Savannah dejó de teclear y me miró con la decisión de la nueva jefa de enfermería de emergencias.
— Tiempo estimado de llegada cinco minutos —continuó la voz metálica del paramédico—.
Víctima uno: varón, unos cincuenta años, trauma masivo por aplastamiento y corte.
Amputación subtotal de la pierna derecha.
Hemos aplicado doble torniquete, pero está chocado.
Víctima dos: varón, veintitrés años, atrapamiento en la sierra.
Laceraciones bilaterales severas en ambas manos con afectación vascular y tendinosa grave. Sangrado arterial activo.
—Recibido. Preparad los boxes de reanimación uno y dos —ordené, mi voz volviéndose fría y mecánica —. Savannah, quiero dos equipos de transfusión rápida listos, protocolo de hemorragia masiva activado. Mac, tú te quedas con el de la pierna.
—Entendido —respondió, su rostro volviéndose una máscara de concentración —. Savannah, llama arriba. Que avisen a Logan de inmediato y que vayan abriendo un quirófano de trauma.
—Y buscad al cirujano plástico y vascular de guardia para las manos del chico —añadí, poniéndome un delantal de plomo por inercia y ajustándome un par de guantes de nitrilo—. Si tiene los tendones flexores y las arterias seccionadas, el tiempo de isquemia corre en su contra.
No hubo tiempo para más. Las puertas dobles de Urgencias se abrieron con un estruendo violento, dejando entrar el olor a serrín y el inconfundible tufo metálico de la sangre fresca.