UNO
Georgia
L a luz de mediados de primavera entraba a raudales por los ventanales de la sala de descanso de Urgencias, pero ni siquiera el sol de la mañana lograba competir con la energía eléctrica que saturaba la habitación.
Hannah, nuestra jefa de trauma, acababa de dejar una tarta enorme sobre la mesa central con una sonrisa triunfal.
A su lado, Logan, el cirujano ortopédico estrella del hospital, intentaba robar un poco de glaseado con el dedo, ganándose un manotazo rápido y preciso de Avery.
Oficialmente, Avery estaba de baja por maternidad de su puesto como enfermera de cirugía, pero había dejado claro que no pensaba perderse la celebración por nada del mundo.
Me apoyé contra la encimera, sosteniendo una taza de café caliente entre las manos.
Desde mi rincón, tenía una vista perfecta de Savannah.
Mi hermana pequeña reía a carcajadas por algo que Logan acababa de decir, con los ojos avellana brillando de pura felicidad.
Me invadió una oleada de orgullo tan intensa que me cerró la garganta por un segundo.
Se lo merecía absolutamente todo. La acababan de nombrar jefa de enfermería de urgencias, y verla allí, reconocida, respetada y rodeada de gente que la quería, era como respirar aire limpio de nuevo.
Yo también me sentía orgullosa de mí misma.
Dirigir el servicio de Urgencias no era un regalo.
Me lo había ganado a pulso. Sabía que era buena.
Era rápida tomando decisiones, meticulosa hasta la obsesión y no dejaba que se me escapara un solo detalle.
Había aprendido por las malas que en esa sala una distracción costaba vidas.
—Si os acabáis el café, presentaré mi dimisión formal antes del mediodía.
La voz áspera y profunda de Cormac Donovan resonó desde el umbral.
Mac, era médico militar de operaciones especiales y ahora mi especialista en triaje masivo.
Él había estado ausente del pueblo durante más de quince años, por lo que nos entendíamos a la perfección.
Ambos éramos los hermanos díscolos que se habían largado del pueblo durante más de una década, solo para volver y hacernos cargo del servicio de urgencias más concurrido del estado.
—Llegas tarde, Mac —le solté, arrastrando las palabras con sarcasmo mientras le señalaba la cafetera a mis espaldas—. Pero te he salvado la última taza. Solo porque sin ti, el triaje de los viernes por la noche sería una pesadilla.
Mac soltó un bufido ronco que era lo más parecido a una risa que solía permitirse.
Compartíamos un humor negro y sarcástico.
Éramos demasiado parecidos: dos adictos al control con alergia a las conversaciones sobre sentimientos.
Me entendía a la perfección con él. No me presionaba, no me hacía preguntas personales incómodas y era un médico con un talento increíble.
A unos metros, Sloane nos observaba a todos con una media sonrisa.
Tenía esa expresión de directora médica implacable que acaba de ganar una partida de ajedrez, visiblemente orgullosa del equipo que había logrado reunir.
Sin embargo, su sonrisa se volvió ligeramente más tensa cuando se separó del grupo, se acercó a la encimera y se detuvo a mi lado.
—En una hora tengo reunión de la junta directiva —murmuró, con un tono lo bastante bajo para que solo yo la escuchara.
Di un sorbo al café. Mantuve la expresión neutra, casi aburrida, pero mi cuerpo me traicionó al instante. El corazón me dio un latigazo brutal contra el esternón y un sudor frío y repentino me humedeció las palmas de las manos.
Eso significaba que Luke Holloway estaba a punto de pisar el edificio. O, peor aún, ya lo había hecho.
Fingí indiferencia. Me encogí de hombros ante mi mejor amiga de la infancia como si el dato careciera de importancia, pero mi mente me arrastró sin piedad al día en que entré en el despacho de Sloane casi sin llamar, solo unos meses después de haber regresado al pueblo.
Recordé quedarme petrificada. Él estaba allí.
Pero no era el chico de veintidós años en vaqueros y camiseta manchada de hollín que yo recordaba.
El hombre que se giró hacia mí llevaba un traje de corte impecable, rezumaba sofisticación y tenía una presencia tan enorme que parecía consumir todo el oxígeno de la habitación.
Me miró con esos ojos ámbar hipnóticos, pronunció un simple «Gia» con una voz que me vibró en los huesos, y se despidió con la frialdad educada de quien saluda a una vieja conocida.
Sloane lo supo. Supo que el joven millonario de la junta de accionistas del hospital también era el chico del que me había enamorado profundamente doce años atrás.
Él era la razón por la que me había marchado a Portland y me había mantenido en el exilio más de once años.
Y desde aquel día en el despacho de Sloane, yo vivía esquivando la sombra de Luke por los pasillos.
Mac se acercó a nosotras, sacándome del bucle de mis recuerdos. Con su taza humeante en la mano, empezó a quejarse a Sloane sobre el protocolo de suministros, usando ese tono de exmilitar gruñón que tanto le caracterizaba.
Me obligué a centrarme en el presente, aferrándome a la conversación como a un salvavidas. Reí por la réplica de Sloane y lo gruñón que se volvía Mac cada vez que le llevaban la contraria.
Solté una carcajada genuina. Me incliné hacia atrás y le puse una mano en el antebrazo a Mac, todavía riéndome de su ocurrencia.
Escuché pasos a mis espaldas y la puerta abriéndose por completo.
—Buenos días.
Era una voz profunda y un poco rasgada. Una voz que yo había escuchado en mis pesadillas y en mis anhelos más oscuros durante la última década.
El aire abandonó mis pulmones de golpe y me quedé momentáneamente paralizada.
Me giré muy despacio, sintiendo cómo la sangre abandonaba mi rostro por completo.
Luke Holloway llenaba por completo el espacio del umbral.
Ya no quedaba ni rastro del chico de veintidós años que olía a bosque, aquel que llevaba botas de trabajo desgastadas y camisetas de algodón fino.
El hombre que estaba parado en la puerta, con su metro noventa de estatura y esa espalda inmensa que parecía capaz de cargar con el peso del mundo entero, se parecía más a un depredador.
Llevaba un traje a medida gris carbón de corte impecable que se ajustaba a sus hombros anchos, combinado con una camisa blanca inmaculada y una corbata azul marino.
Estaba sencillamente impresionante. Sofisticado, inalcanzable y aterradoramente atractivo.
Su mirada, de ese color dorado ámbar tan hipnótico, escaneó la sala durante un segundo antes de clavarse directamente en mí.
Sus ojos bajaron desde mi rostro, recorrieron la línea de mi cuello, la tensión de mis hombros bajo el pijama médico azul, hasta detenerse en un punto muy concreto: mi mano izquierda, que aún descansaba con familiaridad sobre el antebrazo de Mac.
Vi el instante exacto en que la mandíbula de Luke se endureció. Sin embargo, sus ojos se mantuvieron completamente gélidos, vacíos de cualquier emoción que yo pudiera descifrar.
Me sentí minúscula bajo esa mirada. Un calor repentino me trepó por el cuello mientras retiraba la mano del brazo de Mac con tanta brusquedad como si de repente me hubiera quemado.
Tragué saliva, sintiendo la garganta seca como el papel de lija, y me enderecé.
Eché los hombros hacia atrás en un intento desesperado por recuperar el control de mi propio cuerpo.
Luke avanzó hacia el interior de la sala, moviéndose con esa agilidad de bombero forestal que no terminaba de encajar con la rigidez elegante de su traje.
—Buenos días a todos —saludó, su voz profunda me hizo cerrar los ojos involuntariamente durante un segundo—. Siento interrumpir la celebración, pero el olor a café y a azúcar era un reclamo demasiado fuerte en el pasillo.
Hannah fue la primera en reaccionar, ofreciéndole una sonrisa radiante.
—Pasa, Luke. Llegas justo a tiempo para el corte oficial de la tarta.
Luke se acercó a la mesa central. Se detuvo a escasa distancia de Savannah y de mí. La proximidad me golpeó de lleno. Mis dedos se apretaron alrededor de mi taza de café de cerámica hasta que los nudillos se me volvieron blancos.
—Felicidades, Savannah —dijo Luke, dirigiéndose a mi hermana con una amabilidad genuina —. He estado leyendo los informes de rendimiento del último trimestre. La junta está muy impresionada con la forma en la que has reestructurado los turnos de enfermería. Es un ascenso más que merecido.
Savannah se ruborizó ligeramente, sorprendida y halagada de que un miembro de la junta conociera los detalles de su gestión.
—Muchísimas gracias, Luke —respondió ella, con su tono dulce habitual—. La verdad es que sin el apoyo de todo el equipo de enfermería no habría sido posible, pero... estoy muy emocionada con el nuevo puesto.
Entonces, Luke giró el rostro hacia mí. Sus ojos ámbar me atraparon, y el aire de la sala pareció volverse casi irrespirable.
—Y felicidades a ti también, Georgia —añadió.
Su voz seguía siendo perfectamente educada.
—Parece que todo ese tiempo en Portland por fin ha dado sus frutos —continuó, sin apartar la mirada de la mía—. Me alegra comprobar que el sacrificio valió la pena y que ahora eres la flamante jefa de urgencias. Supongo que abandonar ciertas cosas en el camino es el peaje por una carrera brillante.
Nadie más lo notó. Ni Savannah, ni Hannah, ni Mac. Pero yo sentí el filo de su ironía rasgándome el pecho.
El pulso me empezó a martillear en las sienes con una furia descontrolada. Me quedé en silencio, apretando los dientes para tragarme la humillación, la culpa y el dolor que amenazaban con asfixiarme. Fui incapaz de sostenerle la mirada y clavé mis ojos en el líquido negro de mi taza.
Sloane, a mi lado, dio un paso casi imperceptible hacia adelante, interponiéndose en el campo de visión entre Luke y yo.
—Estamos muy orgullosos de ambas —intervino Sloane, con su tono —. El Regional necesitaba esta reestructuración en Urgencias.