Hollow (Wildwater Falls 6) PRÓLOGO
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Hollow (Wildwater Falls 6)

Hollow (Wildwater Falls 6)

Por Amelia S.

© inepub.com

PRÓLOGO

Georgia

Hace trece años

E l olor a yodo, sangre y lana mojada se había quedado incrustado en el fondo de mi garganta.

El servicio de Urgencias del Wildwater Regional Trauma Center era un caos de camillas, enfermeras corriendo y radios escupiendo estática.

Las puertas automáticas no dejaban de abrirse, metiendo ráfagas de aire helado de la montaña que chocaban con el calor asfixiante de la sala.

Terminé de alisar la escayola en la muñeca de una chica que temblaba sin control.

Le dediqué una sonrisa un poco forzada y me aparté.

Mis manos, cubiertas por guantes de látex manchados, se movían con firmeza, pero por dentro el corazón me golpeaba las costillas con tanta violencia que me costaba respirar.

Mi hermana pequeña estaba ahí fuera, atrapada en ese autobús en medio de la ventisca.

Sentí la vibración del móvil en el bolsillo de mi pijama médico. Lo saqué. Un mensaje de nuestra madre.

Evelyn: Llámame en cuanto sepas algo de tu hermana .

Ni un atisbo de pánico materno o intención de acompañarnos. Bloqueé la pantalla y me guardé el teléfono. Apreté la mandíbula hasta que me dolieron las encías. Una vez más, estábamos solas. Solo nos teníamos la una a la otra.

Las puertas de Urgencias volvieron a abrirse de par en par. El ruido de las palas de los helicópteros resonaba a lo lejos. Un grupo de sanitarios entró a toda prisa empujando varias camillas.

Me quedé clavada en el sitio al reconocer al hombre que lideraba una de ellas.

Ian Collins. Habíamos compartido clase, el rey del instituto, pero el que entró por esas puertas no era un adolescente arrogante.

Llevaba el uniforme de bombero de rescate, cubierto de nieve y barro, y su rostro era una máscara de concentración.

No parecía haber pánico en él, solo una eficiencia fría.

Se detuvo junto a uno de los boxes y me miró directamente.

—Varón, cuarenta y cinco años —dijo Ian, con una voz ronca que dejaba traslucir el infierno del que venía—. Es el conductor del autobús. Hipotermia severa, fractura cerrada de tibia y peroné en la pierna derecha. Está en shock.

Asentí. El doctor Cuddy, el médico supervisor del turno, estaba lidiando con un neumotórax dos cortinas más allá.

Me hizo un gesto rápido con la barbilla para que me hiciera cargo.

Era mi primera noche enfrentándome a un trauma de múltiples víctimas, solo era una estudiante de medicina en prácticas, pero la adrenalina se superpuso a mi miedo.

Me acerqué a la camilla. El hombre llevaba el uniforme destrozado de la compañía de transportes. Estaba pálido, casi gris, y temblaba con unas sacudidas tan violentas que hacían vibrar los barrotes de metal. Pero lo peor eran sus ojos. Estaban fijos en el techo, vacíos.

—Hola —dije, buscando su mirada mientras sacaba las tijeras para cortar la pernera de su pantalón—. ¿Puede mirarme? Soy Georgia Robbins, puede llamarme Georgia solamente.

Él no reaccionó. Le tomé el pulso. Era errático y débil.

—Marvin, mírame —repetí tras observar su identificación en la chapa del bolsillo de su camisa. Agarré su mano helada con la mía y la apreté con fuerza—. Estás en el hospital. Estás a salvo. Vamos a calentarte y a curar esa pierna.

Sus ojos parpadearon y, por fin, se clavaron en los míos.

El pecho se le agitó. Abrió la boca, pero solo salió un sonido roto.

No necesitaba que hablara; su lenguaje corporal gritaba la culpa de ser el conductor al volante de un autobús lleno de niños que se había despeñado.

Le sostuve la mirada sin vacilar, transmitiéndole toda la entereza que yo misma intentaba reunir.

Él pareció aferrarse a mi voz como al único faro en la sala.

Empecé a trabajar. Canalicé una vía, colgué los fluidos calientes y estabilicé la pierna rota con movimientos rápidos y precisos. Marvin no apartó los ojos de mí en ningún momento. Habíamos formado un cordón invisible de confianza en medio de todo aquel desastre.

Estaba comprobando su presión arterial cuando las puertas automáticas se abrieron una vez más.

El aire frío me golpeó la nuca. Me giré. Todo el ruido de Urgencias desapareció.

Era Savannah.

Caminaba por su propio pie, cubierta con una manta térmica, con el pelo caoba pegado a las mejillas pálidas y la ropa sucia, pero estaba entera. Expulsé el aire que llevaba horas reteniendo y me apoyé un segundo en la camilla porque las rodillas amenazaron con fallarme.

Pero entonces vi lo que venía detrás de ella.

Avery Collins caminaba al lado de mi hermana. Su rostro no tenía expresión. Era una máscara de cera, con la mirada perdida en un punto ciego, los hombros hundidos y arrastrando los pies como si el alma hubiera abandonado su cuerpo.

Y junto a ellas, un celador empujaba una camilla.

No había nadie trabajando sobre esa camilla. No había monitores encendidos ni vías conectadas. Solo había una sábana blanca que cubría un cuerpo inmóvil de pies a cabeza.

El zumbido en mis oídos se hizo ensordecedor.

Solté la mano de Marvin y di un paso hacia el pasillo central.

El doctor Cuddy se acercó a la camilla, detuvo al celador y retiró la sábana lo justo para confirmar la identidad.

Vi un mechón de pelo oscuro y el perfil de un chico que conocía perfectamente. Piel traslúcida y sin vida.

Carson Donovan. Quince años.

Me acerqué al mostrador, con los dedos rígidos, para coger la carpeta del parte de defunción que Cuddy iba a tener que firmar.

Tragué saliva, sintiendo el sabor metálico en la boca.

Al levantar la vista, mis ojos se cruzaron con los de Avery.

Miraba la sábana con una desolación tan absoluta que me encogió el estómago.

Y cuando me giré de nuevo hacia el box, vi a Marvin.

Se había incorporado a medias sobre los codos, ignorando el dolor de su pierna.

Miraba la camilla cubierta con la sábana blanca.

Sus lágrimas caían en silencio, lentas y pesadas, ya no había vacío en sus ojos.

Ahora estaban llenos de pena y de desolación.