Capítulo 39
E ran las siete y diez de una mañana de sábado de abril, y Kezia Ludd estaba sentada a horcajadas sobre la cumbrera de una casa de Great Coram Street, con una regla de dos pies en la mano y nada más.
Hasta mediados de marzo no había dejado de echar mano a lo que ya no llevaba al hombro.
Ni varillas. Ni lona, ni escobilla, ni abrazadera de latón que se enfriara tanto que le mordiese la mano a través de la manopla.
Ahora llegaba a las siete en vez de a las cuatro, y subía por la escalera de la casa y salía al tejado por una trampilla, como un albañil.
Los tejados se extendían hacia el este como una larga marea de crestas irregulares, todos erizados de remates de chimenea.
No había escarcha en las pizarras. Un estornino no paraba de alborotar por algo detrás del cañón, y el sol ya daba en lo alto de los remates de toda la vertiente norte, cosa que en septiembre no habría ocurrido hasta tres horas más tarde.
La oficina tenía registradas cuatro mil chimeneas entre Euston Road y el río. Mr Lasseter quería saber cuáles no podían deshollinarse legalmente de ninguna manera, y ella debía ir calle por calle hasta tenerlas todas. Ya llevaba ciento seis.
Se tendió a lo largo de la cumbrera y metió el brazo en el remate hasta el hombro.
Nueve pulgadas. Ya lo había dicho desde la acera, a juzgar por la anchura del cañón y el año de construcción de la casa, pero lo que hubiera dicho desde la acera no tenía la menor importancia.
El trabajo consistía en dejarlo por escrito, con cifras que un hombre de Cornhill que jamás se había subido a una escalera no pudiera rebatir.
Así que tomó bien las medidas. Dejó caer el cordel con la plomada hasta que se detuvo, marcó con el pulgar la cuerda a la altura del borde del remate, la recogió mano sobre mano y la midió extendida sobre la cumbrera. Contó las hiladas de ladrillos por la cara delantera del cañón.
—¿Sois los deshollinadores?
Se había abierto una ventana en la casa de enfrente y una mujer tocada con una cofia se asomaba a ella, dos pisos más abajo y a unos cuarenta pies de distancia.
—No —dijo Kezia.
Nim estaba sentado sobre las planchas de plomo, más abajo de la cumbrera, con la espalda contra la medianera, las rodillas levantadas y el tablero apoyado en ellas.
El estuche de piel de pez yacía abierto a su lado sobre un saco doblado.
El terciopelo morado de su interior estaba más gris que en Navidad, y uno de los tornillos brillaba donde lo tocaba con la mano.
Sujetaba la escala de boj bajo el pulgar izquierdo y trasladaba una medida con el compás, haciéndolo girar mientras sujetaba la articulación de arriba con dos dedos y el pulgar, como era debido.
Tenía dibujado el cañón en sección: ocho conductos que subían uno al lado del otro por la medianera, los tabiques entre ellos, el estrechamiento sobre cada hogar y aquel que llegaba de la casa de dos puertas más allá, del que nadie en ninguna de las dos casas sabía nada y que Kezia había descubierto con el brazo.
Donde hacía falta una palabra, dejaba un hueco y ponía una marca.
Así lo habían acordado y ninguno de los dos hablaba de ello. Él dibujaba y marcaba los huecos, y ella escribía las palabras por la noche, sentada al banco —estrechamiento, tabique, desvío, nueve pulgadas por nueve—, mientras él observaba su mano de principio a fin sin decir nada.
Iba a la escuela pública de Euston Road desde la segunda semana de enero, y ya le había dicho a Kezia que era lo peor que le había pasado en la vida, seguido muy de cerca por Bishopsgate.
Ahora conocía las letras. Podía leer una línea impresa entera si nadie lo miraba y no había prisa.
No sabía escribir ni una palabra. Cuatro meses de cuaderno de caligrafía solo le habían servido para trazar una N que se caía de lado y una K del revés.
La mano capaz de trasladar una medida de la escala con una precisión de un treintaidosavo de pulgada se negaba a hacerlo.
—Ahí tienes tu cañón —dijo, y giró el tablero.
Ella lo observó un buen rato.
—El remate es demasiado alto.
—El remate es demasiado alto —dijo Nim—. Por eso sale humo. Puso una marca al lado y volvió a girar el tablero.
El martes, a mediodía, llegó a la verja de la escuela con una hora de sobra y se quedó en el extremo por donde salían las niñas.
La maestra le había dicho en febrero que Bird no hablaba. Se lo había dicho con amabilidad, como algo a lo que tendría que acostumbrarse; tenía mucha experiencia con niños salidos de las instituciones de beneficencia. Kezia le había dado las gracias y no había dicho más.
Bird salió al patio con las manos metidas en las mangas y se quedó junto al muro. Tuck pasó corriendo a su lado con una bota desatada y el cordón bajo el talón.
—La bota —dijo Bird.
Eso fue todo. No lo dijo muy alto, ni se dirigía a nadie más que a Tuck, y Tuck se sentó en el escalón y se ató la bota sin volverse.
Kezia permaneció junto a la verja hasta que sonó la campana. Después volvió andando al patio y no corrigió a la maestra. Eso tendría que descubrirlo ella sola.
El abrigo volvió a salir a relucir el jueves, en el banco, a mitad de la cena.
—Nadie volvió a buscarlo —dijo Tuck.
Nim siguió comiendo.
—La percha tenía mi nombre. Escrito con tiza encima. Dijo que nadie le quita la percha a un chico que va a volver a por su abrigo. Hizo girar la taza sobre las tablas. —Y nadie volvió a buscarlo.
—No —dijo Kezia—. Nadie lo hizo.
—Yo habría vuelto a por él.
—Lo sé.
En enero, ella le había ofrecido un abrigo mejor que el de la percha, y él, con la barbilla temblorosa, le había dicho que no se trataba del abrigo.
Kezia lo había entendido perfectamente, pero le había comprado el nuevo de todos modos, y él lo llevaba.
Tenía ocho años y una memoria como un libro de cuentas.
Más o menos cada quince días sacaba todo aquello, lo ponía delante de los tres y luego volvía a guardarlo.
Volvió a guardarlo.
—¿Hay beicon? —preguntó Tuck.
—Hay beicon —dijo Kezia.
Lo habían acordado en el patio en enero, el domingo siguiente a la pregunta de él, con escarcha sobre las losas y el cobertizo abierto.
Owen había subido por el callejón a las cuatro con una bolsa de clavos para el tejado del cobertizo, la había dejado en el banco y luego no se había marchado.
—Cuando encuentres trabajo —dijo Kezia—. Eso dijiste.
—Sí.
—¿Y si tardas un año?
—Pues tardaré un año. Miró el cobertizo vacío, no a ella. —No querría que me mantuvieras.
—Nadie ha hablado de mantenerte. Hay un patio y hace falta un hombre que trabaje en él. Eso no es mantenerte, es tener sentido común. Abril. El último sábado. Para entonces habrá luz suficiente para trabajar el lunes.
Él se lo pensó, y ella lo dejó pensar.
—St Pancras —dijo—. Peachment de testigo, y le pediré a Mr Lasseter que sea el otro. Dirá que es una irregularidad y vendrá.
—Y los tres niños.
—Y los tres niños.
—Nada de desayuno después. Ni cintas. No pienso dejar que me miren con un sombrero puesto.
—No —dijo Owen—. No suponía que quisieras.
Ella dejó los clavos en el estante y él se alejó por el callejón. Ninguno de los dos pronunció la palabra: ya la habían dicho una vez en aquel patio y habían comprobado que con una bastaba.
El domingo por la mañana bajó el letrero, a su ritmo y sin ayuda de nadie.
Estaba sujeto al poste del portón con dos pernos pasantes cuyas cabezas se habían cubierto de óxido.
Pasó tres cuartos de hora en la escalera, con una llave inglesa y un trozo de vela, antes de que el primero se dejara girar.
El letrero se soltó y resultó más pesado de lo que tenía derecho a ser: buena madera de pino amarillo, de una pulgada y cuarto de grosor, porque Ephraim Ludd jamás había comprado nada fino cuando podía conseguirlo grueso.
Se lo echó al hombro como un tablón y se quedó en el callejón contemplándolo a la luz del día.
Cuatro años a la intemperie. El dorado del borde había desaparecido por arriba, pero resistía en las esquinas.
LUDD E HIJO
DESHOLLINADORES
No lo volvió a pintar. Había pensado en hacerlo durante diecinueve meses y otros siete más, hasta que, en algún momento de aquel invierno, comprendió sin darle más vueltas que un hombre había pintado aquel letrero en la primavera de 1872 porque quería tener algo que esperar con ilusión, y que era suyo, y que ella no tenía más derecho a pasarle una brocha por encima que a hacerlo sobre su lápida.
Tampoco lo quemó. La gorra de Ephraim había ido a parar a la estufa el primero de diciembre; no se arrepentía y volvería a hacerlo. Pero aquello era distinto.
Lo llevó al cuarto del hollín, clavó dos clavos en la pared sobre el banco donde comían los cuatro y lo colgó allí.
Quedó colocado del derecho. Eso era lo que no se le había ocurrido hasta que estuvo de pie debajo, aún con las manos apoyadas en él: durante todo aquel tiempo lo había leído cada noche al revés, desde el otro lado de una lámpara, y a partir de ahora estaría dentro, delante de la luz en vez de detrás, diciendo lo que decía.
Quedó un poco bajo por el extremo más próximo. Lo dejó así.
El letrero nuevo era un trozo de olmo del tonelero, de tres pies por catorce pulgadas, cepillado por ambas caras por cuatro peniques.
El martes por la noche le dio una capa de fondo de albayalde y lo dejó apoyado contra la pared para que se secara. Con aquel tiempo tardó dos días y, la segunda noche, se le pegó una mosca, que ella quitó con un alfiler.
Nim le distribuyó las letras el viernes.
Marcó las dos líneas con una cuerda entizada, escuadró los extremos y dividió la longitud, lo que le llevó un cuarto de hora y tres intentos, porque una K y una A no ocupan lo mismo que una I.
Lo hizo con tiza, avanzando con el compás por el tablero, y nunca preguntó qué decía: lo había leído en el papel que Owen le había escrito y se había guardado en el bolsillo.
Ella pintó las letras el sábado, sentada al banco, con la luz que entraba por la puerta, un pincel de perfilar que le había costado dos peniques en una tienda de pinturas de Judd Street y un bote de pintura negra.
La K le salió demasiado fina y volvió a repasarla, pero la pintura se arrastró. Después de eso ya le cogió el tacto al pincel y no repasó ninguna letra más. La Z le quedó gruesa por abajo y así la dejó. La barra de la A fue lo último que pintó.
Tardó una hora y diez minutos, y al terminar le dolía la mano en un punto donde nunca le había dolido en once años de manejar varillas.
Pintó la segunda línea con letras más pequeñas y avanzó más deprisa, salvo en una palabra, que pintó más despacio que las demás.
No doró los bordes. No tenía ni el pan de oro ni la destreza para hacerlo, y ya no quedaba nadie en el patio a quien le gustaran las cosas hechas con primor.
El domingo colocó el letrero sobre el portón, sujeto con los mismos dos pernos. Bajó de la escalera, salió al callejón y retrocedió hasta la pared de la tonelería para verlo desde la calle, que es desde donde debe verse un letrero.
KEZIA LUDD
INSPECTORA DE CONDUCTOS DE CHIMENEA