Capítulo 34
E ran cuatro en el desván, y no habían sido cuatro desde el treinta de noviembre.
Los había oído subir y había oído crujir las tablas bajo su peso en el orden que conocía: Nim al fondo, junto a la chimenea; Bird contra la pared; Tuck en medio, donde más calor hacía y donde siempre había dormido.
Luego había venido la pequeña disputa de siempre, porque Tuck quería la manta que no era la suya, y después, nada.
Era el día después de Navidad. No había reparto, ni jardinero, ni trabajo digno de ese nombre, y se había pasado casi todo el día sentada, cosa a la que no estaba acostumbrada.
Owen llegó por el pasadizo a las ocho. Ella llevaba desde las siete y media de pie en el patio, sin nada que hacer allí, y no intentaba engañarse al respecto. Oyó abrirse la verja y dijo su nombre antes de verlo.
Él ya se había quitado el sombrero antes de cruzarla.
En el cobertizo del hollín ardía la lámpara, el fuego estaba cubierto de brasas y las guirnaldas de papel seguían tendidas de un lado a otro de la viga, vencidas por los pliegues. Aquella tarde había barrido las losas. También las había barrido el día anterior.
Sobre el banco, donde en un solo día lo había sacado y guardado cuatro veces, descansaba un papel impreso y rígido, orlado de negro y con el escudo de la división en el encabezamiento. La tapa de la lata estaba a un lado.
Owen le echó una sola mirada, se sentó en un extremo del banco y no lo tocó.
—Se lo dije en Nochebuena, antes de que Nim saliera por esa verja —dijo Kezia.
—¿Cómo se lo tomaron?
—Nim dijo que por dos chelines y seis peniques era una ganga, que debía quedármelo, y se marchó sin más. —Los labios le temblaron un instante, y volvió a dominarlos—. Bird se quedó dos horas junto a la pared, con el fuego demasiado avivado. Hoy ha puesto las tazas y ha sacado cuatro.
»Tuck no lo sabe y no voy a decírselo. Tiene ocho años, está con tos y todo tiene un límite.
—Ahora —dijo ella—. Llevo tres días dándole vueltas y voy a decirlo en voz alta aquí, porque lo que una se dice a oscuras pierde firmeza. No conteste. Ya le diré cuándo quiero que hable.
—No contestaré.
Ella apoyó las manos en las rodillas.
—Me quedo con ese papel.
»Hay una mujer en Mornington Crescent esperando noticias mías, y tomará la llegada del próximo trimestre como un sí, porque así funcionan las cosas.
Cinco casas y el médico a las seis. Eso significa que Bellman tendrá para comer hasta después de Lady Day, que podré pagar el alquiler y al carretero, que lleva esperando desde octubre.
Significa que recuperaré el reparto en esta parroquia, casa por casa, y que para el verano este patio volverá a ser lo que era en el setenta y tres.
—¿Y? —preguntó Owen.
—Le he dicho que no contestara.
—No era una respuesta.
—No —dijo ella—. No lo era. —Miró el fuego—. Y el desván se queda vacío. Llevo a los tres por Euston Road hasta donde el señor Yardley y no firmo nada, porque no hay ningún documento con mi nombre junto al suyo que pueda firmar.
»Tuck irá a la enfermería, con esos pulmones, y después ni siquiera me dirán adónde.
Bird volverá a estar encerrada entre cuatro paredes, que fue donde perdió la voz la primera vez, y con usted no voy a andarme con delicadezas al hablar de ello.
Y Nim… —Se detuvo—. Nim tiene doce años; el martes por la noche ya habría saltado el muro y no volvería aquí, porque sabría lo que he hecho.
Se iría a las caballerizas de Kite, y ya se ha sentado una vez a su mesa.
El fuego se asentó entre las brasas.
—Esa es una posibilidad —dijo Kezia—. Conservo el negocio. Recupero la mejor parte de la parroquia. Y tengo una licencia y un patio limpio, pero no queda nadie en él a quien decirle que no suba.
Owen permaneció sentado con el sombrero sobre la rodilla y la mano agarrotada apoyada en la copa. Dejó pasar un silencio sin tratar de llenarlo.
—La otra posibilidad —dijo ella—. El jueves treinta. Albany Street.
»Entro, dejo eso sobre su escritorio, boca arriba, y le pido que lo retire. Luego le cuento que el primero de diciembre me planté ante esa mesa y dije que no tenía a nadie a mi servicio, y que era mentira, y que en mi desván hay tres niños que se llaman Nim, Bird y Tuck.
»Después, todo lo demás, todo lo que usted ya sabe. Y lo que me pidieron en una sala de Mornington Crescent, de lo que no puedo demostrar nada ni podré jamás.
»Y el primero de enero seré una mujer de veintisiete años sin negocio.
Se levantó y despabiló la lámpara, aunque no le hacía falta, y volvió a sentarse en el cajón.
—Ahora puede contestar. Ha leído esa ley más veces que yo.
—La he leído cuatro veces.
—¿Hay alguna disposición en ella que me conceda a esos tres?
—No.
—¿Y en alguna otra ley?
—Tampoco.
—Supongamos que voy el día treinta, se lo cuento todo y me cree palabra por palabra. ¿Puede ese hombre entregarme a un niño sobre el que no tengo ningún derecho?
—No puede entregarle a los niños —dijo Owen—.
Esa ley no sirve para eso. Pero pone en sus manos las leyes anteriores, y a un deshollinador condenado en virtud de ellas se le puede retirar la licencia.
Si lo que tiene Nim permite que un agente se presente ante la puerta indicada en el momento oportuno, Kite tendrá motivos para temer algo que en septiembre no tenía.
—Diga entonces lo último.
Él no apartó la mirada.
—No se quedará con ellos en ninguno de los dos casos —dijo.
Kezia dejó que aquellas palabras reposaran un rato. Sin darse cuenta, sus manos se habían apoderado del extremo de una correa que había en el banco y lo doblaban una y otra vez sobre la yema del pulgar.
—Eso era lo que necesitaba oír aquí, de boca de alguien que no fuera yo —dijo—. Decir la verdad no me permite quedarme con ellos, señor Bevan. No hay ninguna ley que lo haga posible. Lo único que consigo es no comprar mi negocio a costa de ellos.
—Sí.
—Y la otra posibilidad sale aún peor, si hacemos bien las cuentas.
—Dio la vuelta al extremo de la correa—.
Por ese camino, después de febrero no habrá dinero.
Vendería el carro y vendería el caballo, y viviríamos de eso hasta agotarlo.
Entonces bajarían por Euston Road en primavera, en vez de la primera semana de enero, y Bird habría pasado seis semanas más sin estar encerrada entre cuatro paredes.
Eso es lo que vale la verdad en este patio. Seis semanas.
»Para ellos el resultado es el mismo, y solo cambia para mí.
Llevo desde el viernes sentada ante ese banco, buscando una manera de que también cambie para ellos, pero no la hay.
Si la hubiera, la habría elegido. Quiero que eso quede dicho también.
La habría elegido, no me habría acercado a Albany Street y habría dormido a pierna suelta.
—Sé que lo habría hecho —dijo Owen.
—Entonces, ¿qué haría usted?
Él dejó el sombrero en un extremo del banco, sin retirar la mano.
—Eso no voy a decírselo.
—Es la única persona a la que puedo preguntárselo.
—Lo sé. Precisamente por eso. —Lo dijo sin la menor dureza—. Si doy una respuesta aquí, será la mía, y dentro de diez años será usted quien la cargue al subir una escalera, mientras que yo no estaré allí para ayudarla a llevarla. Hay una cosa que sé y voy a decírsela, pero no es un consejo.
—Dígamela, entonces.
—Llevo dos años viviendo la otra posibilidad, señora Ludd —dijo Owen Bevan—. No le recomendaría ese alojamiento.
Sobre sus cabezas crujió una tabla cuando alguien se dio la vuelta.
—A dos metros y medio de donde estoy sentado hay un libro con el año escrito en el lomo, y en la página cuatrocientos once figura la palabra «seguro», de mi puño y letra, con mis iniciales debajo. Nadie de aquel despacho lo ha abierto. Nadie lo hará jamás.
—Usted podría haberlo abierto —dijo Kezia.
—Podría haberlo abierto en la investigación judicial, haberme levantado y haber dicho: «Once minutos».
—Calló un momento—. Para Lady Day me habrían echado del despacho.
El veredicto habría sido el mismo, porque de una chimenea no tiene la culpa nadie.
El despacho habría pagado la reclamación en marzo, como hizo.
Y Thomas Ollerton seguiría igual de muerto, y su mujer, y los dos niños.
»Si hubiera subido a aquel tejado en noviembre, ahora estarían vivos. Si me hubiera levantado para hablar en marzo, no. En dos años no he logrado poner esas dos cosas en una misma frase, y usted acaba de llegar al mismo punto frente a ese fuego. Por eso se lo cuento a usted y no a otra persona.
—Así que no se consigue nada.
—Nada que pueda entregarse a otra persona.
—Volvió la mano agarrotada sobre el sombrero y la dejó otra vez como estaba—.
Solo decide quién es uno el dos de enero, y cada mañana a partir de entonces, de pie en su propia habitación.
Yo no creí que eso valiera un puesto y once años de servicio, y llevo dos años descubriendo lo que supone haberse equivocado en eso.
No diré una palabra más. La siguiente sería un consejo, y he prometido no dárselo.
—¿Y habría sido mejor la otra posibilidad?
—No lo sé —dijo Owen—. Nunca he podido ponerla al lado de la que elegí para compararlas. Eso es todo lo que tengo, y siento que no sea más.
Kezia se levantó.
Se acercó al banco y se quedó mirando el certificado sin cogerlo: el papel impreso, con «Kezia Ludd, de Chalton Street» escrito en el centro con la tinta parda de un escribiente, y la huella gris de un pulgar en la esquina inferior, que no había conseguido borrar y que ya no iba a desaparecer.
Había llorado por una cosa y no por la otra, y se había avergonzado de ello. Ahora ya no sentía vergüenza, aunque no habría sabido decir qué había cambiado.
Por encima de ellos, al otro lado de las tablas, Tuck tosió, dejó de toser y no se despertó.
Kezia Ludd apoyó las dos manos abiertas en el banco, una a cada lado del papel, y miró la pared que había detrás.
—Señor Bevan —dijo.
—Señora Ludd.
—¿A qué hora recibe Ridout?