Hollín y Nieve (Corazones Victorianos de Invierno 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

U na pared medianera tiene dos caras, y un perito que solo ha visto una ha visto media pared.

Owen Bevan llegó a Osnaburgh Mews a las once menos diez de la mañana del martes catorce de diciembre, y anotó la escarcha y el viento al principio de una página en blanco antes de llamar a ninguna puerta.

Lo habían enviado allí. Israel Hollier, dueño de una empresa de alquiler de caballos, había propuesto asegurar sus existencias con la Salamander en noviembre, y a la Salamander no le gusta el heno.

Subió por la escalera y se quedó de pie entre el heno suelto, que le llegaba a las rodillas. Puso la mano en la pared del oeste: estaba fría al tacto en toda su extensión, salvo en el extremo norte, donde no lo estaba.

—¿Qué hay al otro lado?

—Lo de Kite —dijo Hollier—. El deshollinador. Tiene el fuego encendido de octubre a abril. Ya se lo he dicho, pero no lo apaga.

Owen escribió: No se puede informar sobre esta pared examinándola por un solo lado. Luego fue hasta la siguiente entrada.

Kite cruzó el patio en mangas de camisa, secándose las manos, y leyó la tarjeta allí mismo. Su actitud se volvió más hospitalaria, aunque apenas un cuarto de pulgada.

—Salamander —dijo—. Vendrá por el heno de Hollier.

—Vengo por la pared de Hollier.

—Entonces será mejor que pase, porque también es mi pared. Él mismo abrió la entrada. —Absalom Kite. Cuidado con el hielo junto al tonel.

Owen entró y, mientras Kite le sostenía la puerta, pensó en alguien que estaba a cuatro calles de allí, que habría podido evaluar una pila de sacos desde la calle y a quien habrían echado de aquel umbral en menos de medio minuto.

Y la diferencia entre ambos era un trozo de cartulina de tres pulgadas por dos.

Kite recorrió el patio a su lado, nombrando las cosas que había en él, y no había una sola cuya posesión constituyera un delito.

El desván estaba encima de los establos; era cálido y de techo bajo, y en el extremo norte había una estufa encendida contra la pared. Aquella pared estaba en mal estado, y Owen se lo dijo. Kite respondió que antes de que acabara la semana colocaría una plancha de hierro detrás de la estufa.

Entonces Owen se volvió de espaldas a la pared.

Había cuatro chicos en el desván, recién llegados de la ronda de la mañana. Se lavaban sin camisa junto al fuego, con agua de un cubo, y siguieron haciéndolo, porque un hombre con sombrero entraba en el patio más o menos una vez por semana y nunca era por ellos.

Anotó lo que vio con las mismas palabras que habría empleado para describir una obra de ladrillo.

Cuatro. Los cuatro: punta del codo engrosada, con el color y la textura de un talón.

El segundo: codo izquierdo abierto por el centro, en una zona del tamaño aproximado de un chelín; herida no reciente. Rodillas iguales.

En la repisa sobre la estufa había una vasija de piedra de alrededor de un galón, con un paño atado al cuello.

—¿Qué hay en la vasija?

—Salmuera —dijo Kite. Levantó el paño y giró la vasija para que Owen pudiera ver su interior, donde se había formado una costra blanca a la altura de los hombros—.

Se echa sal a puñados y se remueve hasta que el agua no admite más.

Dos veces al día, por la mañana y por la noche.

Codos y rodillas. Después se los acerca bien al fuego y se frota para que penetre.

Le dirán que escuece, y escuece. Tarda tres meses en servirles de algo, y todavía no ha habido quien encuentre la forma de ahorrarse esos tres meses.

Luego la piel se endurece. Y, cuando está dura, ya no duele.

Volvió a atar el paño y dejó la vasija bien asentada sobre la repisa.

—Prefiero que uno de mis chicos pase tres meses malos a los siete años a que tenga las rodillas en carne viva a los once.

Piense lo peor de mí si quiere, señor Bevan; yo he tenido más tiempo que usted para pensarlo.

—Es sal y agua —dijo Owen.

—Sal y agua —convino Kite con afabilidad—. En la mitad de las cocinas de Londres hay una vasija igual para conservar la carne.

Al otro lado del patio, junto a la puerta del almacén de hollín, enseñaban a cargar un saco a un niño de ocho años que llevaba un buen abrigo dos tallas más grande de lo que necesitaba.

Se lo enseñaban como era debido. El chico mayor colocó primero el saco sobre el bloque, le mostró las dos esquinas y le hizo cargarlo a la espalda en vez de al hombro.

Cuando el pequeño se lo echó al hombro, lo obligó a repetirlo, sin gritarle.

La segunda vez, el niño consiguió llevarlo hasta el otro extremo del patio.

Lo dejó en el suelo, se irguió con la cara roja y miró alrededor para ver si alguien lo había visto.

Llevaba los puños bien remangados y el cuello del abrigo era de buena factura. Sus codos no eran como los de los demás; la diferencia era cuestión de meses.

No lo mandaban subir a ninguna parte. Le estaban enseñando a cargar sacos, algo que la ley permitía enseñar a cualquier niño; se lo enseñaban con amabilidad, en un patio donde había fuego y se comía al mediodía.

Owen no se acercó. Escribió 8 años, lo tachó y no puso nada en su lugar, pues no le correspondía certificar la edad del niño, ni le había correspondido nunca.

A partir del treinta y uno de diciembre, la policía tendría el cometido de hacer cumplir las leyes anteriores relativas a los niños del oficio y, por primera vez, los nombres que figuraban en los patios y lo que se hacía en las casas constarían en un mismo libro.

Kite era un patrón con sesenta chimeneas imposibles y dos chicos que pronto serían demasiado grandes para aquel trabajo.

Había pasado el otoño haciendo lo que hace un hombre competente cuando ve venir la escasez: abastecerse mientras todavía resulta fácil.

—He solicitado el certificado —dijo Kite junto a la entrada, sin la menor inquietud—. El superintendente tiene mi nombre desde hace una semana. Puede mirar donde quiera, señor Bevan; no hay nada en mi patio que me importe que vea nadie.

Luego volvió a coger la tarjeta y no la guardó. Regresó con ella al desván, y Owen lo vio por la puerta colocarla de pie sobre la repisa, apoyada en la vasija de piedra.

—Me gusta saber quién ha venido —dijo al bajar—. Cuidado con el hielo.

Owen Bevan se quedó en Osnaburgh Street con el cuaderno cerrado en la mano.

No había adónde llevarlo.

En octubre, bajo la lluvia, alguien se lo había contado todo al otro lado de un banco en un almacén de hollín.

Alguien que había llegado hasta allí sin norma que la amparase, sin tarjeta y sin una sola página que pudiera mostrar a nadie.

Él la había escuchado hasta el final, lo había anotado y le había respondido que aquello era un recuento de lo que costaba, no una solución.

Para quienes pagaban ese precio, venía a ser lo mismo.

Entonces sacó el lápiz y anotó al pie de la página la hora a la que se marchó, las doce y veinticinco, porque había anotado la hora en todas las páginas que había llenado en su vida.