Capítulo 12
E l cementerio estaba a seis millas y Bellman tenía dieciséis años, así que salieron a las siete.
Kezia había aplazado dos casas hasta el lunes y perdido una tercera, sin decirle a nadie por qué.
En el patio dijo que tenía un asunto más allá de Highgate y que volvería antes de que anocheciese.
Nim no dijo nada; ya estaba en el pescante, con las riendas en las manos, antes de que ella abriese el portón.
Era su manera de zanjar una cuestión sin plantearla.
Podría haberlo dejado en casa. Le dio vueltas durante todo el trayecto por Chalton Street, pero no encontró la frase con que decírselo, porque todas acababan en «porque», y no pensaba pronunciar lo que venía después de ese «porque» sentada en un carro a las siete de la mañana, con la escarcha aún sobre los sacos.
Así que él fue con ella.
El humo ascendía en línea recta sobre Camden Town y tuvieron la carretera para ellos solos hasta Kentish Town.
A partir de allí empezó la subida. Bellman afrontó la cuesta con la cabeza gacha, y Kezia se apeó en el tramo más empinado y caminó junto a su hombro con una mano en la vara.
Nim siguió en el pescante sin ofrecerse a bajar, y ella tampoco se lo pidió.
Más allá de Archway había menos tejados, luego jardines y después un campo con un caballo.
Nim lo contempló todo: quizá no había salido de la parroquia más que cuatro veces en su vida.
Contó los carros que venían en sentido contrario y no dijo nada más en tres millas.
Había esperado encontrar algo del tamaño de un camposanto.
Llegaron a las puertas, a la izquierda de High Road, a las nueve y media, y el terreno se extendía hasta donde no alcanzaba a ver, entre césped, senderos de grava y árboles jóvenes plantados en hileras, con una capilla en el centro.
En algún lugar fuera de su vista tocaban despacio una campana por otra persona.
Kezia se quedó junto a la cabeza del caballo y comprendió, aunque no tuviera ningún deseo de hacerlo, cómo se podía depositar algo allí dentro y perderlo para siempre.
El hombre de la portería la mandó a ver al sepulturero, que estaba en el cobertizo de las herramientas, detrás de la capilla, afilando una pala de cortar césped con un chaquetón de pana puesto.
—¿Señor Peachment?
—El mismo. Era un hombre enjuto y pulcro, de barba blanca incipiente y unas manos más viejas que el resto de su cuerpo. Le miró las manos antes que la cara, y ninguna de las dos cosas pareció sorprenderlo. —Querrá ir a la oficina. Allí guardan el registro.
—Ya tengo los datos del registro. Quiero hablar con el hombre que lo enterró.
—¿Nombre?
—James Askew. Once años. Enterrado el seis de febrero del setenta y tres.
—Eso fue hace mucho. Se lo digo de entrada, señora, para que no se quede esperando en vano. Llevo veintiún años en este cementerio y calculo que he enterrado a nueve mil personas. A uno no se le quedan todas en la cabeza. Algunas sí. Se levantó. —Necesitaré mi libro.
Había una fila de libros en el armario. Se tomó su tiempo para escoger uno y aún más para encontrar la página; se humedeció el pulgar y recorrió las columnas, mientras ella aguardaba entre las palas.
Nim había llegado hasta la esquina de la capilla y se había detenido allí, lo bastante cerca para salvar la distancia de un paso.
—Febrero del setenta y tres. Hizo frío: aquel invierno se heló aquí la fuente durante quince días. Pasó la hoja. —Askew. Aquí está. Fosa común, número ochocientos cuarenta de la sección cuarta. Puso el dedo sobre la línea y lo dejó allí. —Pagaron por este.
—¿Pagaron?
—No venía con una orden de la parroquia.
La mayoría de los que van a una fosa común vienen con una orden de algún asilo de pobres, acompañada de un formulario, y ese formulario es lo que me llega a mí.
En este caso no había ninguno. Alguien pagó la tarifa en ventanilla, como haría por cualquier otro.
—¿Lo recuerda?
—Recuerdo la hora —dijo Peachment—, y es la hora la que me trae lo demás a la memoria.
Cerró el libro dejando dentro el dedo. —Por la tarde.
Cerca de las tres. Ahí está la cosa, ¿comprende?
Llegan por la mañana, casi todos; un entierro es trabajo de una mañana, acabamos a la una y después los hombres se ocupan del terreno.
Si es por la tarde, significa que han retenido a alguien o que alguien lo ha pedido así.
No es lo habitual, y se le queda a uno grabado cuando ocurre.
Además, aquel día llovía, así que recuerdo las dos cosas juntas. Calló un instante. —Sí. Lo recuerdo.
Kezia tenía las manos a los costados. Apoyó una en el marco de la puerta, porque tenía la madera a su alcance.
—El seis —dijo—. El jueves.
—Si eso es lo que pone.
—Dígame qué llevaron —dijo ella.
—Una caja de madera de pino, bastante buena.
La llevamos entre dos, yo y otro de los nuestros que ahora también está muerto.
Volvió las manos y se las miró. —Aquella noche se lo conté a mi mujer.
Llevaba quince años casada conmigo y ni siquiera a ella le gustó oírlo.
En mi oficio, lo primero que se sabe de una cosa es lo que pesa; la levantas del suelo y ya lo sabes.
En aquella caja había un chico de unos once años y absolutamente nada más.
Ni un libro, ni un abrigo, ni un puñado de virutas.
Quien lo preparase lo mandó con lo puesto.
En algún lugar detrás de la capilla, una pala se hundió en la grava y volvió a hundirse.
—¿Quién lo trajo?
—Un hombre venía andando detrás. Corpulento, ancho de hombros, con gorra y chaqueta de deshollinador.
A diez pasos habría dicho que era deshollinador, y no creo que me hubiese equivocado.
Hizo todo el trayecto detrás del carro a pie, se quedó junto a la fosa todo el tiempo y no me dijo ni una palabra que no fuera necesaria.
Peachment hizo una pausa. —Se quitó la gorra bajo la lluvia y no volvió a ponérsela hasta que terminamos. No todos lo hacen.
—Era mi marido —dijo Kezia.
Peachment asimiló aquello sin inmutarse. —Entonces lo siento, señora.
—Siga.
—Había otro hombre —dijo.
Lo dijo con el mismo tono con que había hablado del peso de la caja, y ella supo que llevaba esperando llegar a ese punto desde que habían empezado a hablar en el cobertizo.
—No llegó a entrar. Estaba junto a la puerta que da a la carretera cuando pasamos, y allí seguía cuando yo salí.
No avanzó ni un paso por el sendero. Más de una hora bajo la lluvia de febrero sin acercarse a ver cómo lo enterraban.
Peachment negó despacio con la cabeza, una sola vez.
—Y cuando salí me puso media corona en la mano.
—¿Por qué?
—Esa es la cuestión —dijo el sepulturero—.
Durante todos estos años me han dado dinero en aquella puerta y siempre he sabido por qué: porque uno ha cavado una fosa bajo la lluvia o porque no tienen a nadie más a quien dárselo.
Un chelín. Seis peniques. Pero media corona de un hombre que no entró, que no me hizo ni una pregunta y que no me dijo cómo se llamaba...
Desvió la mirada hacia el sendero. —La acepté.
Quiero dejarlo claro, porque la acepté, y desde entonces aquello me ha vuelto a la cabeza de cuando en cuando, y nunca he llegado a saber para qué me la dio.
—¿Cómo era?
—No sabría decírselo.
—Cualquier detalle.
—Señora, era febrero y llovía tanto que había que llevar la cabeza gacha.
Tenía el cuello subido hasta aquí —se pasó el canto de la mano por la mandíbula— y llevaba sombrero.
No lo tuve a menos de un brazo de distancia ni más de medio minuto.
Por mucho que piense en ello, no puedo ponerle cara a un hombre al que no se la vi.
—Entonces dígame lo que recuerde.
Peachment rebuscó en el fondo de su memoria y sacó lo único que había. —Llevaba la ropa muy bien cepillada —dijo.
La campana que había estado sonando se detuvo.
—¿Cepillada? —dijo Kezia.
—La chaqueta. Me paso el día junto a esa puerta y sé lo que suele haber en una chaqueta: barro, sobre todo, y lluvia, y restos de aquello contra lo que se haya apoyado un hombre.
En la suya no había nada. Ni una mancha, ni un pelo, ni rastro alguno de un caballo.
Con el tiempo que hacía. Recogió la pala de cortar césped, pero no hizo nada con ella.
—Podría decirse que era un caballero, pero yo no lo diría.
No era por el corte de la chaqueta, sino por cómo la cuidaba.
Un hombre que se cepilla la ropa él mismo y lo hace a conciencia.
Kezia permaneció inmóvil en el umbral. Pensaba en un hombre que había entrado en su patio en octubre con un jamón bajo el brazo, en lo que había sobre su chaqueta —nada— y en que ya entonces se había fijado en ello.
No pronunció su nombre. No tenía más de lo que había traído consigo, y lo sabía; guardó aquel dato donde pudiera volver a encontrarlo.
Los acompañó él mismo, primero por la grava y luego por el césped, sin darse prisa.
La sección cuarta era llana y despejada y no tenía ninguna lápida: solo una estaca de hierro numerada al final de cada dos hileras, el césped algo irregular y, dos hileras más allá, una mujer arrodillada con un tarro.
—Ochocientos cuarenta —dijo Peachment, y se quedó con las manos a la espalda—.
Ahora hay cinco allí. Él fue el segundo.
El último entró en la primavera del setenta y cuatro; desde entonces la fosa está cerrada.
No hay una sola lápida en toda esta sección, porque ninguno de ellos pudo reunir el dinero para una. Pero tiene césped. La cuidamos.
Sacó del chaquetón un cabo de lápiz y un trozo de papel, escribió «sec. 4, 840» con letra cuadrada y pausada y se lo entregó. Kezia llevó la mano al bolsillo y la dejó allí.
—No —dijo Peachment—. Ya cobré una vez por esa tumba. Y regresó por el sendero, dejándolos allí.
Nim había cruzado el césped un paso por detrás de ella. Se quedó a su lado, con las manos metidas en las mangas, y miró el suelo, luego la estaca de hierro y después otra vez el suelo.
—¿A quién estamos mirando?
Desde el funeral, Kezia se había dedicado a preservar en aquel patio la imagen de su marido como hombre decente: con lo que decía, con lo que callaba y con la manera en que pronunciaba su nombre ante los niños, junto al banco de trabajo.
Allí, de pie sobre el césped, abandonó ese empeño entre una respiración y la siguiente, y no le costó hacerlo.
—Jem Askew —dijo—. Está ahí debajo. Murió la primera semana de febrero del setenta y tres y lo enterraron aquí el día seis.
El certificado dice «convulsiones», y un hombre que sabe lo que puede costar esa palabra me ha hablado de ello.
Ephraim lo enterró. Ephraim pagó el entierro, caminó detrás de él y volvió a casa para decirme que aquella mañana lo había subido a un tren en London Bridge, que tenía una tía en Headcorn con un poco de terreno.
Yo lo creí y te conté lo mismo en el cobertizo del hollín porque pensaba que era verdad.
Miró el césped. —No lo era. Aún no sé cómo murió. Pienso averiguarlo.
Nim no dijo nada. Se quedó con la mandíbula apretada y, al cabo de un rato, empezó a medir a pasos la distancia desde el sendero de grava hasta donde se encontraban, moviendo los labios, y luego la distancia hasta la estaca de hierro.
Recorrió el camino de vuelta para cerciorarse, muy propio de Nim.
Después se dio la vuelta y regresó al carro.
No dijo nada en todo el camino de vuelta.
Nada mientras bajaban por High Road, nada al pasar por Finchley, nada en la larga pendiente que seguía a Highgate, con Londres entero emergiendo del humo ante ellos y oscureciéndose en los bordes.
Kezia encendió el farol del carro al pie de la cuesta, con la llama de la vela vacilando al viento, y él sostuvo las riendas mientras lo hacía y luego se las devolvió.
En Kentish Town ella le preguntó si quería su pan, y Nim negó con la cabeza.
Pasaban de las seis y era noche cerrada cuando llegaron al callejón. Bellman lo reconoció y avivó el paso. Había una lámpara encendida en el patio: Bird estaba allí. Kezia bajó y puso una mano en el portón para abrirlo.
—Entonces nunca fue a Kent —dijo Nim.
Lo dijo desde el pescante, con la voz corriente que usaba para hablar de los sacos, mirando al frente, hacia la pared de la tonelería.
—No —dijo Kezia—. Nunca fue a Kent.
—Lo sé desde que pasó. Nunca te lo dije porque me habrías llamado mentiroso y luego te habrías arrepentido.
Entonces bajó, tomó a Bellman por la cabezada y lo condujo al interior, pasando junto a ella hacia la luz, mientras las herraduras del caballo golpeaban las piedras una tras otra.
El portón se cerró detrás de ellos. Y Kezia descubrió que había recorrido las seis millas desde East Finchley con el papel del sepulturero apretado en el puño, y que el número se le había marcado en la palma de la mano.