Capítulo 8
E l último jueves de octubre amaneció lluvioso y acabó peor; a las cuatro de la tarde ya oscurecía en el patio.
El jardinero había venido y se había marchado a las dos con catorce fanegas, cinco menos que en una buena semana.
Kezia lo había apuntado con tiza, había cobrado y no había dicho nada delante de Nim, que ya conocía la cifra.
Desde que perdieron las casas de Crescent la primera semana del mes, les faltaban seis casas en la ruta, y ese hueco no se llenaba.
El trabajo llega a un patio cuando a alguien le humea el conducto de la chimenea, no porque el patio lo necesite.
Estaba en el cobertizo del hollín, con la máquina sobre las rodillas, repasando las juntas con un trapo y un cabo de vela untado de grasa, cuando Bellman asomó la cabeza desde el establo y miró callejón abajo.
Subía un carro. Reconoció al caballo antes que al carro, y al carro antes que al hombre. Le dio tiempo a dejar las varas a lo largo del banco y a limpiarse las manos, más molestias de las que solía tomarse.
Todo el mundo en dos parroquias sabía lo que hacía Absalom Kite.
No era ningún secreto, ni lo había sido nunca; lo que ocurría era que nadie encontraba sitio para ello en una frase dicha en voz alta.
Tenía a cuatro chicos en un desván junto a unas cocheras de la parroquia vecina.
Salían a las cinco de la mañana con las gorras caladas y, si uno se encontraba a la hora adecuada sobre algún tejado de las calles buenas, podía ver por sí mismo cuáles de las casas que atendía recibían la máquina y cuáles recibían otra cosa.
Lo sabía la parroquia. Lo sabía el gremio.
Lo sabían las mujeres de los patios de Ossulston Street, y así se lo decían a sus hijos.
Y saberlo no cambiaba nada.
Él era consciente de todo aquello. Sabía que los demás lo sabían, y los domingos iba a la capilla, y se quitaba el sombrero para saludar a sus esposas por la calle, y no le costaba absolutamente nada.
Era eso —no los chicos, ni el desván— lo que hacía que Kezia quisiera estar en otra parte cuando el caballo de Kite subía por el callejón.
Se apeó junto a la verja y no entró.
—Señora Ludd.
—Señor Kite.
—¿Puedo? —preguntó él, con la mano apoyada en las tablas.
Esperó sin cargar su peso en ellas hasta que Kezia le dio permiso.
Era un hombre enjuto y erguido de cincuenta y cuatro años, con un buen sombrero negro y una levita cepillada en el sentido del pelo.
No llevaba señal alguna del oficio, salvo en la base de las uñas, e incluso aquello parecía haber sido frotado con un cepillo.
—Menuda tarde de perros —dijo—. Vengo del Brill.
—Más le vale evitar Werrington Street. Han levantado la calzada.
—La tienen levantada desde Pentecostés. Le dije a uno de los obreros: «Seguiréis con esto cuando yo esté en la caja». Ni volvió la cabeza.
Regresó entonces al carro, bajó un paquete envuelto en tela, lo llevó al otro lado del patio y lo dejó en el banco del cobertizo del hollín como si lo hubieran acordado una semana antes.
Era un jamón. Uno entero, deshuesado y atado, tan pesado que dio un golpe sordo contra las tablas.
—Ahí lo tiene —dijo—. Le compré dos a un hombre en el mercado, y en mi desván no se acabarán ni uno. Los chicos comen una barbaridad, pero no dos jamones. —Volvió a doblar la tela sobre él y se apartó—. Espero que no le ponga clavos de olor. Echan a perder un buen jamón.
Kezia lo miró. Doce libras de cerdo sobre su banco en la última semana de octubre, y tres muchachos en el desván con el invierno a las puertas.
—Es mucho jamón, señor Kite.
—Lo es —convino él—. Mucho jamón.
No quiso sentarse hasta que ella lo hizo.
Entonces ocupó un extremo del banco, con el sombrero sobre la rodilla, y se pasó un cuarto de hora hablando de naderías, y lo hizo bien.
Las heladas, que llegarían pronto. Un hombre de Kentish Town que había instalado una parrilla de chimenea patentada y para San Miguel ya la había quitado entera.
Preguntó por Bellman llamándolo por su nombre, le miró el hocico y dijo, con verdadero pesar, que él había tenido una yegua de aquella edad y la había conservado dos años más de lo prudente, sin arrepentirse.
Era agradable conversar con él. La escuchaba cuando hablaba y la hizo reír; a Kezia le sorprendió oírse.
Bird se había metido en el establo al verlo cruzar la verja y no había salido. Nim estaba junto al barril de agua, lavando las varas muy despacio.
—Bien —dijo Kite por fin, haciendo girar el sombrero por el ala—. Le diré a qué he venido y después me iré. Puede pensárselo o no, como guste.
—Dígamelo, entonces.
—Me gustaría comprarle la ruta.
Ella no dijo nada.
—No el patio —aclaró él—. Ni el animal, ni los aparejos, ni la máquina.
Su libro de cuentas. Las casas. Doscientas chimeneas y once años de clientela.
No la insultaría dándole una cifra aquí, sobre un banco y a oscuras; volvería con una oferta por escrito y podría enseñársela a quien quisiera antes de firmar una sola línea.
—Alzó la vista—. Y querría que siguiera encargándose de ella.
—¿Encargarme de ella?
—A cambio de un sueldo. Todos los sábados, en su mano.
Y no sería pequeño, porque no tengo a nadie en mi patio capaz de hacer lo que hace usted, y no soy tan necio como para decir lo contrario.
Conservaría el caballo. Limpiaría las mismas chimeneas que limpió la semana pasada, pero no tendría que discutir con el jardinero, ni ocuparse de los atrasos, ni del alquiler del patio, ni de ningún papeleo.
Todo eso correría por mi cuenta. Eso es lo que estaría comprando.
Era una oferta justa. Le dio vueltas mientras él permanecía sentado y la dejaba pensar; por dondequiera que la mirase, era justa.
Un sueldo todos los sábados suponía más de lo que había sacado limpio en cualquiera de los meses desde marzo del año anterior, y llegaría sin tener que afrontar el pago trimestral de enero, ni al carretero, ni aquello que hacía cada domingo por la noche con la lata y el cabo de lápiz.
—¿Y los chicos? —preguntó.
—Mis chicos son asunto mío —respondió Kite con amabilidad—, y los de su desván, asunto suyo. —Dejó que aquello reposara el tiempo preciso, ni un instante más—. No tendría nada que ver con mi patio, señora Ludd. No me acercaría a usted de un trimestre al siguiente salvo para pagarle.
Volvió a ponerse el sombrero en la rodilla y alisó la copa con dos dedos.
—Necesitará el certificado cuando llegue diciembre, claro —dijo.
La lluvia repiqueteaba sobre el tejado de fieltro. Callejón abajo, alguien cerró una puerta de golpe.
Kezia había leído aquel anuncio en la pared de Albany Street el veintinueve de septiembre, y desde entonces no se lo había mencionado a nadie: ni a Nim, a quien nada se le escapaba; ni mientras trabajaban en el banco; ni a la mujer del puesto de café junto a la terminal, que para el martes ya sabía todo lo ocurrido en Somers Town.
No le respondió. Él no le había preguntado nada.
—Ese jamón viene de Hertfordshire —dijo—. Hay un hombre que pone un puesto detrás del Brill los miércoles. Si va usted a las dos, acepta lo que le ofrezcan antes que llevárselo de vuelta a casa. Nunca he entendido por qué no lo sabe más gente.
Después habló de Ephraim, y fueron los diez minutos más fáciles que Kezia había pasado hablando de su marido con nadie desde que murió.
Los demás bajaban medio tono la voz, soltaban la frase y cambiaban de tema.
Kite hablaba de él como se habla de un hombre que ha salido de la habitación: que perdía la cabeza por un caballo; que había dorado con sus propias manos el borde del letrero de encima de la verja, había estropeado la D y había tenido que repetirla; que podía calcular el precio de una chimenea desde la calle con un margen de un chelín y luego descontar ese chelín porque le gustaba la cara del ama de llaves.
«A tu Ephraim le gustaba hacer las cosas con elegancia», dijo.
Kezia respondió que sí, que le gustaba, y notó que le ardían los ojos, pero no le importó.
—Lo conocí durante mucho tiempo —dijo Kite—. Más que usted, si no le molesta que lo diga. Venía a pedirme consejo de vez en cuando sobre asuntos del oficio. No hay muchos de quienes pudiera decir lo mismo.
—Nunca me habló de ello.
—No —dijo Kite—. No lo haría.
Hizo girar de nuevo el sombrero.
—Estuve con él en una casa una tarde de febrero —dijo—. Hará ya más de dos años. Él, yo y un buen lío. —Lo dijo como si fuera el remate de una historia sobre la helada, o la calzada levantada en Werrington Street, o una yegua que había conservado demasiado tiempo.
Y mientras lo decía la miró. No de soslayo. La miró directamente a la cara, sin apartar los ojos, y mantuvo la mirada una vez terminada la frase, más o menos lo que se tarda en pronunciar una palabra corta.
Kezia le sostuvo la mirada sin tener nada que ofrecerle. Febrero. No sabía de nada ocurrido en febrero. Dos años atrás, Ephraim seguía vivo en febrero: había salido los martes, como siempre, y había vuelto mojado y cenado.
—Le vendría bien la compañía —dijo.
—Sí —respondió Kite. Apartó los ojos y la expresión se le apagó como una lámpara a la que bajan la llama—. Bueno. Ese jamón. Cuélguelo, no lo deje apoyado, o en quince días tendrá verde la parte de abajo y me echará a mí la culpa.
—No —dijo ella.
—No —repitió Kite.
—La ruta no está en venta, señor Kite, y yo no quiero trabajar por un sueldo. Le agradezco la oferta, de veras.
Se había preparado para lo que vendría después, porque llevaba once años en un oficio lleno de hombres y conocía todas las formas que podía adoptar. Él no recurrió a ninguna. Se puso el sombrero, se levantó y dijo:
—Bueno, habría pensado menos de usted si hubiera aceptado a la primera.
Y, por cuanto Kezia pudo juzgar, lo decía en serio.
—La oferta sigue en pie. No volveré a preguntárselo antes de Navidad; no soy un buhonero.
Al cruzar el patio se detuvo junto al banco, tomó la vara de arriba y enroscó la segunda en ella. Lo hizo bien y sostuvo las dos unidas horizontalmente, con el brazo extendido, para comprobar el equilibrio, que es la única manera de comprobarlo.
—Es una pieza magnífica —dijo—. ¿Dónde le cortan las abrazaderas?
—Un hombre de Judd Street.
—¿Sigue vivo?
—El martes lo estaba.
—Entonces iré a verlo —dijo Kite, y dejó las varas tal como las había encontrado. Miró hacia el barril de agua, donde Nim había lavado cuatro veces la misma vara—. Su chico me está tomando la medida.
—No se le escapa nada.
—Ya lo veo. Eso vale más que saber leer, y en Londres no hay ni seis hombres que lo sepan. —Se lo dijo tanto a Nim como a ella, y Nim bajó los ojos al agua.
Tuck había salido a sujetar la verja, porque sujetar la verja era una tarea y a Tuck le gustaba tener una tarea.
—¿Y cómo te llaman a ti, muchacho? —preguntó Kite mientras se ponía los guantes.
—Tuck —respondió Tuck.
—Tuck —repitió Kite. Subió al carro, recogió las riendas y volvió la vista hacia el tejado del cobertizo del hollín—. Se le ha desprendido una pizarra de la cumbrera, encima de la puerta. Haga que se la arreglen antes de que hiele o también se le levantará el fieltro.
—Así lo haré.
Él le tendió la mano y ella se la estrechó. Era una mano seca y cálida. La agitó una sola vez, brevemente, sin dejar de mirarla a la cara.
—Buenas tardes, señora Ludd.
—Buenas tardes, señor Kite.
El carro bajó por el callejón y giró a la izquierda al llegar al final. Su traqueteo se perdió en el ruido de Euston Road. Kezia cerró la verja y echó la tranca.
Luego se quedó en medio de su propio patio, bajo la lluvia, con los brazos caídos a los lados.
Le temblaban las manos. No mucho: no más de lo que le tiemblan a una mujer después de subir algo pesado cuatro pisos y dejarlo en el suelo. Pero le temblaban, y se quedó mirándolas.
—¿Pasa algo? —preguntó Nim desde el barril de agua.
—No —dijo Kezia—. Ve a colgar ese jamón.
No habría sabido decirle si era por el sueldo o por febrero. Se metió las manos bajo los brazos, y allí siguieron temblándole.