Hollín y Nieve (Corazones Victorianos de Invierno 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

E l carro llegó a las cinco y media de un martes de mediados de octubre, y no había en ello nada digno de mención, que era lo mejor que podía decirse de cualquier día de aquel otoño.

Doce casas. Dos chelines y nueve peniques en el bolsillo y cuatro fanegas en el carro; la luz se retiraba de los tejados como suele hacerlo en octubre, toda de golpe y desde abajo. Nim ya tenía abierta la puerta del patio antes de que a ella se le ocurriera pensar en abrirla.

—Doce —dijo él.

—Doce.

—No has hecho la casa de los Hoy.

—El cuñado de la señora Hoy se queda en casa hasta el viernes y no nos quiere allí hasta que se marche. El viernes serán trece, contando a los Hoy.

—El viernes serán catorce, contando a los Hoy y la cocina de atrás de la casa de la esquina, que dijiste que harías cuando tuvieran dinero.

Y tienen dinero desde San Miguel, porque él ha vuelto a trabajar en la fábrica de gas.

—Mientras hablaba, Nim soltaba la hebilla junto a la mejilla de Bellman sin mirarla—.

Y también pagarán lo del verano si se lo pides entre semana y no un sábado.

Ella se quedó mirando su nuca.

No había en el patio ningún libro donde constara nada de aquello.

Su propio libro de cuentas era escueto, llevaba tres semanas de retraso y lo ponía al día los domingos con un cabo de lápiz.

Nim llevaba en la cabeza toda la ronda: cada casa, cada chimenea, cuáles había que limpiar y cuántas eran, quién pagaba por trimestres y quién en la puerta, quién llevaba cuatro meses de retraso y era amable al respecto y quién llevaba seis semanas y no lo era.

Jamás había visto una página de aquellas cuentas.

Tenía doce años y no sabía trazar una letra.

Ella lo había intentado más de una vez. En el último intento llegó a trazar tres rayas de una N antes de dejar la tiza en el banco, con cuidado, sin tirarla, y decir, con una voz que ella no le había oído ni antes ni después, que prefería no hacerlo.

Así que los números se convirtieron en su escritura: sacos y fanegas y casas y trimestres y días; llevaba en la cabeza la ronda entera de los Ludd y nunca se había equivocado.

Era la única escritura que tenía, y se le daba muy bien.

Bird tenía la comida preparada antes de que sacaran al caballo de las varas, como siempre.

Tenía diez años y era rubia como una vela. Salió de la carbonera sin hacer ruido y pasó junto a ambos camino del establo. Bellman bajó la cabeza para ella como no lo hacía para nadie más, ni siquiera para Kezia. Bird tenía que subirse al cubo para quitarle el collar, pero nunca pedía ayuda.

En el desván había una cama con un colchón de borra que Ephraim había conseguido de un prendero del Brill.

Los dos niños dormían en ella; Bird, en las tablas de debajo.

Una vez, durante su primera quincena allí, Kezia la había acostado sobre el colchón, la había tapado con una manta y había bajado la escalera satisfecha consigo misma.

Por la mañana, la pequeña estaba otra vez debajo de la cama, con la manta doblada a su lado.

Lo hizo cuatro noches seguidas; a la quinta, Kezia la dejó estar y, en primavera, hizo entarimar bien el suelo del desván, porque, si la niña iba a dormir en el suelo, no iba a hacerlo en medio de una corriente de aire.

—¿Hay arenques?

—Hay arenques y pan, y, si me preguntas qué lleva el pan, te lo comerás solo.

Tuck bajó por la escalera haciendo repiquetear las botas.

Empezó a toser en el tercer peldaño y no paró hasta llegar abajo; luego se sentó ante el banco con las manos apoyadas de plano, como un mayordomo de iglesia a la espera de un sermón.

Tenía ocho años y una cara redonda, como ya no volverían a tenerla ninguno de los otros dos.

Arrastraba aquella tos desde primavera, el jarabe costaba nueve peniques el frasco y no habían tenido ninguno desde septiembre.

A Nim lo habían comprado. No había otra palabra que sirviera.

En la primavera de 1871, Ephraim había ido a Bishopsgate por un juego de varillas y había regresado con un niño pelirrojo de siete u ocho años.

Había pagado cuatro guineas por él a un hombre que decía ser su tío, y se lo había contado a ella junto al banco, con la voz que empleaba para hablar de algo ya hecho.

Entonces pensó que había comprado al niño para librarlo de alguien peor. Seguía pensándolo, y se alegraba.

Sacó el tema durante la cena, porque llevaba quince días sin hacerlo y lo que uno no puede decir en voz alta crece en la oscuridad.

—Si llegara el caso —dijo, mirando al centro de la mesa—, si llegara el caso y no hubiera otra salida... queda la parroquia.

Nadie dijo nada.

Nim se había quedado blanco. No pálido: blanco, como si toda la sangre lo hubiera abandonado. No la miró y siguió cortando el pan en pedazos que no se comía.

Bird se levantó. Dejó el plato en el banco, alineado con el borde, y salió al patio. La oyeron cruzarlo y luego la oyeron entrar en el establo.

—¿Estaríamos todos en el mismo sitio? —preguntó Tuck.

Lo preguntó igual que preguntaba por el tocino. Tenía los codos apoyados en el banco y la cara alzada. Tenía ocho años y nunca había estado en ningún sitio peor que aquel patio. Ella le puso una mano en la nuca.

—Aún estamos muy lejos de eso —le dijo.

Después puso a Nim a trabajar con los útiles, porque aún quedaba una hora de aceite en la lámpara y ninguno de los dos quería quedarse quieto.

La carbonera tenía un conducto de humos propio, una miserable chimenea sobre la estufa con un recodo a la altura de la cumbrera, tan sucia como cualquiera de las que limpiaban en la ronda. Desde junio dejaba que Nim se ocupara de ella. Dispuso las varillas en orden sobre el banco y se apartó.

—Venga, adelante.

Él las cogió como ella le había enseñado, y Kezia le observó las manos. Llevaban dos años siendo demasiado grandes para él. Enroscó la primera unión al cepillo y la giró con la muñeca, no con el hombro; se detuvo, retrocedió media vuelta y volvió a intentarlo.

—Ha entrado torcida —dijo.

—Ya sé que ha entrado torcida. ¿Por qué?

—Porque no la había asentado bien. —La alzó a la luz de la lámpara y miró a lo largo del latón—. Primero hay que asentarla y luego girarla.

—Primero hay que asentarla y luego girarla. Y si en octubre fuerzas una unión en frío, en enero tendrás que sacarla de una chimenea a cuchillo con la señora de la casa plantada detrás de ti. Sigue.

Él siguió. Ella esperó a que metiera cuatro varillas antes de decir nada, y entonces solo dijo: «Nótalo».

Él sostuvo la varilla inmóvil como hacía ella, escuchó y dijo: «Está apelmazado».

Y ella: «Lo han dejado acumularse. Un cuarto de vuelta y deja que baje por su propio peso».

Así lo hizo; el cepillo prendió y el hollín se desprendió del ladrillo en una larga y suave cascada.

Llegó al recodo y lo trabajó, arriba y abajo y arriba, mientras ella escuchaba cómo contaba en voz alta las pasadas. A la undécima, se detuvo sin que se lo dijeran.

—Once —dijo—. A la duodécima arrancas el mortero.

—A la duodécima arrancas el mortero.

—Y el deshollinador que arranca el mortero paga una chimenea.

—Así es.

Luego tocaba sacar las varillas, y en esa parte ella no le quitaba ojo, porque era la que todo el mundo hacía con prisas: las uniones iban separándose una tras otra sobre su regazo a la luz de la lámpara, y el cepillo salía el último, negro, erizado y soltando hollín al suelo.

En el conducto no quedaba nada salvo el conducto.

—Diez —dijo Nim—, contando el cepillo.

—Diez contando el cepillo. Cuéntalas al meterlas y al sacarlas, siempre. Si no te tomas la molestia de...

—... contarlas al sacarlas, no tienes derecho a contarlas al meterlas. —Estaba sentado sobre los talones, con el antebrazo cruzado sobre la cara y una sonrisa bajo el hollín: mugriento, con doce años y muy satisfecho de sí mismo.

Aquello se lo había dicho Ephraim primero.

Se lo había dicho a ella en un tejado durante la segunda semana de casados, y antes se lo había dicho a Jem Askew; Jem se lo había repetido a Nim en el desván, junto con la manera de silbar entre los dedos.

Y ahora aquellas palabras volvían a ella en la voz de un niño sentado en el suelo de la carbonera, y tuvo que darse la vuelta y ocuparse un momento de la lámpara.

Iba a ser mejor que ella. Lo sabía desde el verano y no se lo había dicho a nadie, porque no había nadie a quien decírselo.

Tenía las manos, la cabeza y aquello que no podía enseñarse: sabía escuchar una chimenea.

Dentro de cuatro años sería el mejor deshollinador de tres parroquias y ella, la segunda mejor; descubrió que no le importaba lo más mínimo.

—Lávalas bien —dijo—. Y el cepillo, en el sitio seco, no en el suelo.

—Ya sé dónde va el cepillo.

Cuando el desván quedó en silencio, ella volvió a bajar, encendió de nuevo la lámpara y sacó el libro de cuentas de Ephraim.

Era un libro alargado, encuadernado en tela negra, con las esquinas blanqueadas por el roce. En la cubierta, de su puño y letra, ponía: E. LUDD, SU LIbrO, 1866.

Buscaba el otoño de 1872, y tenía un buen motivo.

Aquel había sido un mal trimestre: el año en que ardió la tonelería y media parroquia aplazó los trabajos hasta la primavera.

Quería ver cuánto había ingresado Ephraim aquel octubre y cómo había logrado recuperarse.

Porque habían perdido el Crescent —seis casas en una quincena, además de las del Terrace en primavera— y quería saber que un hombre se había sentado ante aquel banco en circunstancias peores y había conseguido salir adelante.

Encontró la página y recorrió la columna.

Todo estaba allí, y nada de aquello le servía.

Casas y cantidades, trimestre a trimestre, anotadas con su letra pequeña y erguida, de largos rabos: Delancey St, 4 chimeneas, pag.

Ossulston Ct, pag. 2 trim. Werrington, debe.

Una nota al margen sobre un sombrerete en el Brill.

Otra sobre una cojera de Bellman en la mano izquierda, que se le había curado.

Aquel octubre había sido peor que este en cerca de un tercio, pero no había dejado escrito cómo se había recuperado, porque esas cosas no se escriben.

Sencillamente, en primavera todo volvía a estar en orden, y allí estaba la primavera, al principio de la página siguiente.

Siguió pasando hojas un rato después de dejar de leerlas.

En aquel libro no había nada de él. No había personas en sus páginas, ningún nombre salvo los de las casas, y tampoco había razón para que las hubiera: un libro de cuentas era un libro de cuentas.

Había querido pasar una hora con su letra.

Lo había conseguido, pero no le había dado lo que había bajado a buscar. Nunca se lo daba.

Diecinueve meses. Ahora podía pasar un día entero sin que él le viniera a la cabeza más que un instante, y no era mejor así.

Cerró el libro y apagó la lámpara. La claridad gris del patio entró por la puerta; empezaba a formarse escarcha sobre el carro.

En el clavo junto a la puerta, donde colgaba desde el 2 de marzo de 1874, estaba la gorra de Ephraim.

No la descolgó. Nunca lo hacía. Al pasar, alargó la mano en la oscuridad y tocó la visera una vez, como quien toca el quicio de una puerta. Después se acostó en la cama del banco, debajo del desván.