Hollín y Nieve (Corazones Victorianos de Invierno 1) Capítulo 5
12%

Capítulo 5

L a única manera de estar seguro de lo que había en un conducto era mirar por encima del codo, y la única manera de llegar por encima del codo era subir.

Owen Bevan llegó a Cumberland Terrace a las seis menos cuarto de la mañana del jueves, mientras el cielo clareaba detrás del parque, con una escalera de treinta pies, dividida en tres tramos, en un carro de albañil que venía detrás de él.

Dos hombres dejaron la escalera en el vestíbulo, cobraron y se marcharon, y el agente apostado en la puerta leyó la tarjeta de Cornhill y lo dejó pasar.

Owen le pidió que mantuviera cerrada la puerta de la calle, porque una corriente de aire en una casa incendiada hace que se desplomen los techos.

No fue primero al conducto; nunca iba directamente a lo que buscaba.

Recorrió lo que quedaba de la casa, anotó la fecha en lo alto de una página en blanco y el viento, que soplaba flojo del sudoeste, y repasó lo escrito el miércoles para ver si una noche de sueño le había hecho cambiar de parecer sobre algo.

No era el caso. Dobló el abrigo y lo dejó sobre un escalón, porque nadie sube por una escalera de mano con abrigo.

La sala de la fachada, en la segunda planta, había desaparecido.

El fuego había consumido las viguetas y las bombas se habían llevado lo que el fuego dejó.

Un bombero había recorrido la pared medianera con un gancho, buscando fuego en su interior, como era debido y para satisfacción de Owen, pues había derribado el frente de la chimenea a la altura de aquella planta y había dejado el tiro al descubierto en sección, algo que, en otras circunstancias, ningún perito tiene ocasión de ver.

Por eso había vuelto con la escalera más larga.

Apoyó la escalera contra el borde de la solera de la chimenea de la sala, la calzó con un trozo de rodapié, subió medio tramo y ató el extremo superior a la punta de una vigueta con una cuerda.

Bajó y volvió a subir. Llevaba el farol en la mano izquierda, con la que podía sujetarlo por el asa, pero poco más.

Una vez arriba, se mantuvo de pie con un peldaño bajo el empeine y el hombro apoyado contra el ladrillo, metió el farol en el frente roto de la chimenea y asomó la cabeza detrás.

Dos conductos ascendían uno junto al otro por aquella pared, separados por un solo ladrillo: el tabique divisorio, de cuatro pulgadas de espesor y en buen estado.

El más alejado venía del salón de abajo y estaba sucio de la manera habitual, revestido de una costra negra y dura de la que se desprendía el hollín en escamas.

El más cercano era el de la sala y estaba limpio.

Introdujo el farol cuanto le permitió el brazo y contempló un tramo de ladrillo en el que no había absolutamente nada.

Eso, por sí solo, no significaba nada. Un conducto deshollinado está limpio.

Sacó la regla y las gafas, y, al comprobar que no podía colocar la regla a lo largo del tramo que le interesaba, contó las hiladas de ladrillos desde la junta que tenía bajo la mano hasta el punto donde el conducto se estrechaba para confluir con el tiro principal y adonde ya no llegaba la luz. Lo anotó.

Luego lo examinó como era debido, lo que le llevó un cuarto de hora. Un cepillo es redondo y un conducto, cuadrado; en Londres, un conducto deshollinado conserva cuatro líneas negras a lo largo, una en cada esquina, tan regulares como las costuras de una levita.

En aquel no quedaba hollín en las esquinas.

Había desaparecido de ellas como desaparece cuando se arrastra por dentro algo que llega hasta los rincones y se lo lleva a su paso; y en las dos caras, la de delante y la de detrás, el ladrillo estaba pulido.

Lo tocó con el pulgar: era tan liso como el interior de una tetera, y el pulimento se prolongaba hasta el punto donde el conducto confluía con el tiro principal.

Un cepillo no pule el ladrillo. Lo pulen la tela y la piel, una y otra vez, durante años. Owen lo anotó con las palabras que emplearía ante el señor Lasseter, que eran menos.

Luego miró hacia arriba, que era lo que había dejado para el final.

Por encima del frente de la chimenea, el conducto seguía recto dos pies antes de desviarse: aquel era el codo, un desplazamiento lateral de sección cuadrada de alrededor de un pie y medio, con el que el conducto se alineaba bajo el punto de confluencia del tiro principal.

Desde allí volvía a subir derecho hasta el remate, cuarenta pies más arriba.

Alzó el farol hasta meterlo en el recodo, introdujo detrás la cabeza y el hombro derecho y miró hacia arriba.

Por encima del codo, el hollín formaba una capa blanda, espesa y uniforme, como ocurre donde el tiro pierde fuerza y nada lo ha perturbado jamás: un fieltro gris negruzco de media pulgada de grosor que sobresalía del ladrillo como el pelo de un sombrero.

Se había ido acumulando desde 1826. Owen lo tocó con una esquina de la regla y el hollín conservó la marca.

Y allí, en la cara que tenía enfrente, al otro lado del recodo, a dieciocho pulgadas de sus ojos, vio las huellas de dos manos.

Estaban muy separadas, más o menos a la distancia a la que un hombre coloca las manos para mover un peso, con los dedos abiertos y el hollín barrido de debajo y amontonado en un pequeño reborde alrededor de cada una.

Bajo las manos y a la derecha había dos rozaduras redondas, una junto a otra, separadas por un palmo.

Más arriba, donde la luz se volvía amarillenta y tenue, había otro par de rozaduras y, por encima, una segunda impresión de manos, más desvaída porque la luz del farol apenas alcanzaba hasta allí.

En dirección ascendente.

Entonces tomó las medidas. Colocó la regla atravesada en la garganta del recodo y leyó la cifra con las gafas a una pulgada del latón: nueve pulgadas.

La giró, la colocó en el otro sentido y volvió a leer nueve pulgadas.

Escribió «9 pulg. × 9 pulg.» y subrayó las cifras una vez, como hacía con toda medida por la que estuviera dispuesto a prestar juramento.

Midió la huella: desde el talón de la mano hasta la punta del dedo corazón, cuatro pulgadas y media.

Comprobó si el conducto había ardido por dentro, porque, de ser así, todo lo que había por encima del codo carecería de valor: el fuego en un conducto sucio vitrifica el hollín hasta convertirlo en un barniz marrón y duro que no conserva ninguna marca.

No había ardido. El hollín admitió la impresión de su dedo y lo dejó retirarlo.

Miró si se había depositado algo sobre las huellas desde que se formaron: la noche del día cinco se había encendido fuego en aquella chimenea, y el fuego deja una fina película gris sobre todo lo que tiene encima; si esa película cubre una huella, permite fecharla.

Sobre aquellas no había película alguna.

No les atribuiría un día concreto, y así lo anotó.

Luego colgó el farol de la punta de la vigueta, bajó la mecha hasta que la llama se volvió azul y se apagó, y se sentó en la escalera, a oscuras, con un brazo pasado entre los peldaños.

Permaneció allí un buen rato.

El hollín se le había metido por el cuello de la camisa en los primeros diez minutos y siguió penetrando durante toda la mañana.

Cuando bajó, tenía un cerco negro en la camisa, y le sabía a hollín la boca.

Escupió en la chimenea, pero no sirvió de nada.

Se sentó en el escalón de la sala, con el cuaderno sobre la rodilla, y puso en orden los hechos.

El dueño de la casa había dicho el miércoles, y Owen lo había anotado con sus propias palabras, que la chimenea de la sala se había deshollinado a máquina quince días antes del incendio, por obra de un profesional respetable, y que el fuego había empezado en el hogar.

No había factura, y el dueño no le había preguntado el nombre al hombre, porque un caballero no pregunta cómo se llama quien le deshollina la chimenea, como tampoco pregunta cómo se llama el caballo.

Una máquina deja marcas de fricción, y esas marcas terminan en el codo. Por encima de aquel codo estaban las huellas de dos manos, y debajo las rozaduras de dos rodillas, y más arriba había otro par: todas ascendían.

Alguien había hecho subir a un niño por aquella chimenea en los últimos quince días. Y ese niño podía estar en su casa aquella mañana o podía no estarlo, y no había forma en el mundo de averiguarlo examinando un conducto.

No pensaba escribir una sílaba más de lo que pudieran revelarle los ladrillos. Releyó lo escrito y tachó una palabra —pequeño— porque no añadía nada que las nueve pulgadas no expresaran mejor, y porque la había puesto por un motivo que nada tenía que ver con la inspección.

La póliza de la Salamander para el número 9 de Cumberland Terrace incluía una cláusula sobre el deshollinado de los conductos, y la declaración del siniestro, firmada el miércoles, afirmaba que se había hecho a máquina.

Si un niño había subido por aquel conducto, la declaración era falsa y la compañía tenía motivos para denegar el pago de quinientas libras.

Para sostener aquella negativa necesitaba un nombre; el dueño no podía dárselo y en la cocina no querían hacerlo.

Así que Owen recogió el abrigo del escalón, dejó la escalera donde estaba y se dirigió a la administración parroquial, que todo lo apunta y nunca mira lo que ha apuntado.

La sala parroquial olía a tinta, a coque y a lana mojada. Lo atendió un escribiente de unos veinticinco años, resfriado y con una prensa de copiar a su espalda, que escuchó la pregunta con la cortesía inexpresiva de quien recibe cuarenta veces al día una petición de consultar un libro.

—Los deshollinadores —dijo el escribiente.

—Me han dicho que hay un libro donde figuran.

—Hay una lista. —Volvió con ella, un libro de registro largo y estrecho con tapas jaspeadas, lo dejó abierto y lo giró hacia Owen—. Se remonta al sesenta y cuatro, señor. Aquel año llegó una circular y la parroquia recogió los nombres. Se van copiando de un libro al siguiente.

—¿Copiando de dónde?

—Del ejemplar anterior. Se hace una copia en limpio cada enero.

Owen examinó la página. Estaba dividida en tres columnas, y la importante era la tercera, porque quien había confeccionado la lista en 1864 había sido un hombre meticuloso y había consignado no solo los nombres de los maestros deshollinadores de la parroquia, sino también las calles que atendía cada uno.

Había diez nombres. Junto al noveno, en una caligrafía copiada tantas veces que había perdido toda singularidad, la tercera columna decía: Albany Street, números pares; Cumberland Terrace; Chester Gate; parte de Munster Square.

Y en la primera columna, a la misma altura: LUDD, E. — deshollinador — patio junto a Chalton Street.

—¿Sigue ejerciendo?

—No sabría decirle, señor —respondió el escribiente—. Según el libro, sí.

Owen sacó su cuaderno y lo abrió por la página del jueves.

Debajo de las nueve pulgadas y las cuatro pulgadas y media, lo escribió a lápiz, con la letra recta que reservaba para los nombres.

Todavía tenía el pulgar negro del hollín.

Dejó una marca en la esquina de la página, junto a las letras; Owen la miró un instante y luego cerró el cuaderno.

Ludd, Chalton Street.