Yonquis
La pestilencia del gueto mezcla el aire húmedo con el bochorno.
La cloaca abierta en diversos tramos del río deja correr espesa el agua.
Al final del callejón, un autobús carcomido por el óxido con las ventanas rotas y estructura desvencijada es el hogar de James.
Convive con otros indigentes que se congregan en su ritual vespertino.
Con movimientos torpes y gritos ahogados, se inyectan encima de los hematomas endurecidos.
Sentados como pasajeros en los asientos con resortes salidos, unos se queman los labios aspirando hasta la última bocanada del papel aluminio.
Un viaje sin rumbo. Otros yacen en el piso colmado de basura, entre ratas que les comen los dedos.
James sale de la comuna oxidada por la puerta del chofer.
Rasca impaciente los brazos largos y amoratados que sobresalen de las mangas raídas de la camisa inmunda que alguna vez fue impecable, aún con el escudo de la fábrica.
Camina por el callejón con la mirada amarillenta, sujetándose los jeans con la correa de goma, la que utilizará en el brazo.
Espera que esta sea su última punzada. No tiene más lugar en las venas. Presiente que su cuerpo no resistirá.
Avanza hacia el río entre callejones abandonados.
Un espectro entre los espectros. El poniente baña rojas las ventanas rotas de los edificios.
Apenas iluminados por el crepúsculo, garabatos en aerosol negro entrelazan el desahogo de sus autores: «Sweet dreams», «Anarchy», «We are ghosts».
Golpea la pared de ladrillo de la fábrica; le recuerda su miseria.
Llega a la acera al borde del río y se detiene.
Sentado en los adoquines, anuda la correa de goma.
El sol desciende lento y enfría la tarde mientras la droga bulle por sus venas.
James contempla la luz cambiante y siente una extraña paz, como si el mundo le ofreciera una tregua.
Las luces del crepúsculo evocan los colores de un arco iris.
El río se colma de estrellas líquidas que fluyen bajo un cielo de pajarillos distorsionados y el sol se funde con la luna de caleidoscopios.
El tiempo pasa lento y las voces susurrantes le conectan al universo.
Farolas parpadeantes extienden las sombras retorcidas, con vida propia.
James baja por la acera y da un traspié entre un lodazal y matorrales.
Encuentra el puente de roca, el lugar que fue el refugio de los dos, bajo el que vivió con su amada, antes de las adicciones.
El sol se esconde tras un resplandor que se funde con el cuarto menguante.
—Aún vives aquí, Emily.
Una figura femenina, ominosa y serena emerge de la penumbra. Sus ojos purpúreos se clavan en los de él.
—James —dice la mujer—. Vengo a acompañarte en tu viaje.
La mira, entusiasmado por hacerle el amor, escondidos bajo el puente, como cuando eran unos críos.
Siente los dedos fríos tomarle la mano huesuda y colocarla entre los pechos. James se acerca y lame la dulzura de los senos. Percibe que el dolor se desvanece con el trino de los gorriones que buscan el nido.
—Soy la luz que siempre buscaste —respondió ella—. Soy la paz que anhelas. Ven conmigo, James. Deja atrás el sufrimiento.
La media luna asciende majestuosa. El tiempo avanza frenético. El río de estrellas ilumina a James.
—¡La he cagado, Emily! ¿Recuerdas a los de primaria a los que les reventé los dientes? Me expulsaron por meterle un puño a la cara a esa maldita profesora. ¡La he cagado con el autobús de la fábrica! Y con mi madre, que no manejara así, Wasted! Y contigo, Emily, contigo… Fuck my life!
Le da al muro rocoso tratando de golpear a la mujer.
El puente cimbra. Una y otra vez. La sangre brota copiosa de los nudillos.
Se rasca la piel amarillenta y podrida. Las manos ensangrentadas buscan entre cicatrices algún lugar que le propicie la libertad anhelada.
Saca la jeringa. Ata la goma con los escasos dientes y suelta. Presiona el émbolo. Sosiego.
Ella lo mira con ternura y lo toma de la mano para caminar juntos hacia la ribera del río estrellado. A cada paso que da, James siente que la oscuridad se disuelve en el agua clara. La mira, y los ojos desorbitados le reflejan gratitud. Sin miedo, da otro paso.
Otro más.
Y otro.
Siente su cuerpo ligero, un pajarillo flotando libre en la corriente luminosa. Mira por un instante el cielo oscuro. Emily se apaga en un resplandor púrpura.
James se sumerge.