HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Carta a una desconocida
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Carta a una desconocida

Kazán

Me da tiempo de sacar bolígrafo y cuaderno. Escribo esto para ti, querida Anna, pues no pude decirte lo que pienso. Si lees estos garabatos, de seguro servirán como evidencia para tu proyecto de periodismo.

Desde que te vi derrotada, maldiciendo por la pesada maleta en el aeropuerto, supe por tu sonrisa irónica que hablaríamos español. De verdad fuiste un respiro en este país con ese idioma complejo. Al menos garabateas cirílico; yo ni los números me sabía.

Licenciada en Lenguas Extranjeras con énfasis en Periodismo Internacional, vaya nombre importante; tus estudios eran tu razón de ser.

En cambio, yo, la verdad, ni sé lo que hago estudiando ruso en este pueblo perdido.

Envié solicitudes de becas adonde fuera, solo buscaba conocer el mundo, así que me extrañó un estipendio del cien por cien para un poeta vagabundo.

Recién instalado en nuestra habitación de estudiantes, vi que tendría buenos compañeros: el portugués, la argentina y tú, la catalana.

Apenas pasaron dos días y me di cuenta de que solo pensaban en fútbol, como yo, y, pues, con mi equipito tercermundista eliminado, el tema del Mundial apesta hace rato.

Para el fin de semana planeamos ver el juego local Kazán FC - Lokomotiv Moscow, ¿te acuerdas?

Sería divertido; estarías allí, podría conocerte mejor.

Nos encontramos con alumnos y profesores en el vestíbulo del instituto, antes del anochecer.

Allí lo transmitirían y nos serviría para escuchar y practicar el ruso.

Fui a mear, pero cuando volví, no había nadie.

Ni siquiera ustedes. Decidí buscarlos. Salí a la calle.

¿Adónde iría una docena de estudiantes? ¿Raptados por la KGB? ¡Si eso ya no existe!

Por eso te cuento, querida Anna, lo que fue de mí, quizá aún me anden buscando.

El pueblo es nuevo y no es grande, pero me perdí entre los caminos sin señalización.

Saqué el móvil de la mochila. El GPS intermitente indicaba un mirador y lo seguí, pero conforme subía la pendiente, la calle se desvanecía en un camino de arena rojiza y sin árboles, deforestado, quizá para construir multifamiliares.

No había un alma a quien preguntar. Para ser verano, oscureció pronto.

A lo lejos divisé la silueta de una caseta y un portón enrejado.

Seguí por una zona industrial y tropecé con ferrovías viejas.

Una locomotora antigua y vagones oxidados.

Quizá esa máquina trajo los materiales para edificar el pueblecillo y el instituto allá abajo.

Subí hasta la entrada del parque industrial.

Detrás del portón, al final de la cima, grúas y excavadoras trabajaban afanosas.

Levantaban polvo arenoso y rojo sobre el cielo gris.

Pensarás lo mismo: ¡es Marte!; «muy gracioso», dirías con sarcasmo.

Por un camino enrevesado subían algunas personas.

Ajusté mis anteojos y apenas divisé con la poca luz las siluetas de lo que parecían lápidas.

Sería el panteón del pueblo. Me dio un escalofrío que me llegó hasta la médula.

Tras las rejas negras entornadas, empecé a tomar fotos con el móvil, pero salió un maldito guarda de la caseta de vigilancia.

El tipo, un legítimo Schwarzenegger, me arrebató el móvil y lo aplastó con la bota. «No foto», dijo, calmado.

Sé que te reirás de mi infortunio, Anna: gracias a ese troglodita, quedé incomunicado.

Le mostré mi pasaporte mientras le recitaba en voz baja mi arsenal de maldiciones en español.

Ni cosquillas en los oídos. Con una risa burlona, acarició la culata de la carabina y, señalando con la boca del cañón, me indicó el camino por donde vine.

Siento que te gusto, Anna.

El día antes de perderlos, me dijiste que te acompañara al playón del río.

Llevé paño y bloqueador solar para tu dermis de papel y tú trajiste Baltikas frías en el bolso.

No hablamos nada hasta la media tarde. Solo me mirabas.

Yo, en mi timidez, leía el diccionario como un analfabeto.

Entonces lo cerraste tocando mis manos y me enseñaste a decir los números: raz, dva, tri, como en primaria.

Los aprendí con la catarsis de una lata de cerveza en la mano, recostado sobre el paño.

Te reclinaste sobre el codo y me dijiste:

—Morenito, tú solo y tan lejos, con una mochilita… y tan peque, ¿no te da palo que te roben? ¿Y las gafas, qué?

—Solo para leer me las pongo —mentí.

Pusiste índices y pulgares en círculo sobre mis ojos, insinuando mi ñoñez visual.

—Vamos a ver el partido en la noche —confirmaste.

No me asustaba el maldito gendarme. Esta noche había empezado el partido y esperé en la penumbra.

Grande y tonto, fumaba y miraba el partido en un televisorcillo en la caseta.

Pasé la seguridad, como en las películas.

Créeme, no son espabilados como los gringos.

Me arrastré bajo la reja. Además de enano, soy flaco y elástico —un payaso contorsionista, pensarás— y avancé cuerpo a tierra hasta que no me viera.

Caminé un par de kilómetros a la luz de la luna.

Subí por el camino sinuoso entre lápidas.

No vi a aquellas personas, lógico, era un cementerio.

Un estruendo apagó mis oídos. Un pitido incesante.

Mis Converse se hundieron en un suelo resbaladizo y puse las manos al caer en la arena húmeda y tibia.

No era arena movediza, pero la sangre aún fluye de mi nariz y tiñe el suelo.

El aire es denso. El cielo es negro. Huele a carroña, animales muertos.

Estoy mareado, Anna. Disculpa mi aire trágico, pero no puedo mover las piernas.

¿Una granada? ¿Una mina? El amanecer. Siluetas de buitres.

Ganchos de grúas descargan cuerpos dentro de vagones.

Esta carta la escribo a Anna, la catalana.

Apenas recuerdo la fecha de ayer. Si llega a tus manos, hermosa desconocida, soñé contigo, un sueño lúcido.

Conocernos, viajarnos, amarnos. No sé cuánto tiempo más escribiré antes de que me desangre por completo.

Espero que me encuentren vivo, antes de que lleguen los ganchos que…