Malvina
En un exclusivo penthouse de Los Ángeles rodeado por ventanales panorámicos, vivían con su madre tres inquilinas: Biancarosa, Rosalinda y Clarabelle.
La piel nívea de Biancarosa parecía emanar luz, contrastando con el cabello negro, el que le adornaba Rosalinda con una diadema de florecillas.
A su vez, la melena anaranjada larga hasta el suelo de Rosalinda era cepillada por Clarabelle, mientras que Biancarosa cerraba el círculo de acicalado trenzando el cabello rubio de Clarabelle.
Las tres adolescentes esperaban casarse con hombres guapos y adinerados, actores famosos de la alta sociedad.
***
***
Un indigente buscaba el almuerzo en un contenedor en la parte de atrás del edificio del penthouse.
Buscaba desesperado hamburguesas mohosas.
Siguió hurgando entre la basura y tocó algo como una pata de ganso, huesuda, con algo de carne.
Imaginó un festín. Haló con suavidad lo que vio era una mano delgada.
Las pupilas dilatadas de Biancarosa reflejaron la cara asombrada del indigente, un caballero errante, a pesar del hedor.
El hombre, barbudo y fibroso, la sacó del contenedor y la llevó con garbo entre sus brazos al centro para adictos que frecuentaba.
***
Rosalinda vio tras el ventanal a un hombre asegurado con un arnés y halando sogas con los guantes.
Este miró extasiado la belleza de aquel cabello naranja y los ojos verdes llorosos.
El conserje del edificio pulía los vidrios.
Con la llave maestra abrió el ventanal de la habitación de Rosalinda, que corrió a golpear la puerta.
Que la dejasen salir. Que entró un gordo, feo y enano.
Pero el hombre se quitó el casco amarillo en reverencia ante aquella princesa.
Rosalinda soltó una sonrisilla. Sintió que era un hombre bueno.
La tomó de la mano, la alzó en brazos y la subió con elegancia al andamio, como si de un carruaje flotante se tratara. Las poleas giraron. Bajaron despacio.
***
Unos días después, el conserje subió al penthouse, esta vez por el ascensor y tomado de la mano con Rosalinda.
Los acompañaban el indigente —ahora afeitado y vistiendo un traje de segunda mano— junto con Biancarosa, recuperada de la sobredosis.
Un escuadrón de policías subió por la escalera de servicio y se reunió en el último piso con las dos parejas. Entraron por la fuerza.
Las hermanas señalaron a Clarabelle, que fregaba el piso a gatas.
Uno de los policías se le acercó, se acuclilló y le quitó el mechón rubio que le caía en la cara.
Los enormes ojos azules escudriñaron el cabello negro y enredado bajo el kepis del joven policía.
La tomó de la mano con una delicadeza que no esperaba.
Clarabelle se sonrojó y se dejó caer en los brazos de su príncipe uniformado de azul.
Los policías del escuadrón mantenían las manos atentas sobre las pistolas en sus fundas. Miraban enternecidos la escena amorosa, cuando de repente salió Malvina de su dormitorio atacando furiosa los ventanales con el atizador. Los fragmentos volaban al cielo.
En cuestión de segundos, el espacio se llenó con destellos rotos. Entonces, una descarga atravesó el ambiente: una pistola eléctrica liberó su pulso de cincuenta mil voltios. Malvina acababa de interpretar su última escena.