HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Desterrada
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Desterrada

Se bajó de una Pathfinder con la carrocería cubierta de polvo.

La gringa entró a mi cantina moviendo las caderotas embutidas en un Levi’s cortado hasta la ingle.

Avanzó muy seria a la barra y se apoyó en los codos.

Se acarició el cabello largo hasta la cintura.

Del bolsillo apretado sacó un mapa arrugado.

No pronunció palabra. Una miniseta fucsia le cubría los pezones, dejando ver el ombligo en la figura esbelta y la piel sonrosada.

Decía «SUM-MER», tres letras amarillas en cada teta.

Como que a estas gringas les encanta pintarse palabras.

Le insinué en mi pésimo inglés que, además de cerveza y snacks, tenía un cuarto disponible, señalándole la segunda planta.

Creo que entendió, porque logré sacarle una sonrisa.

El rancho donde yo vivía lo construí con mi hermano, con latas y adobes, humilde, pero nos protegía del sol y de la lluvia, y con una manita de pintura verde turquesa, como el mar.

La gringa señaló el frigorífico. Saqué una Pilsen a punto de congelación y la botella ámbar con etiqueta roja se puso blanca como velo de novia.

La destapé. El golpeteo de la chapa en el mosaico hizo ritmo con el del ventilador.

Limpié la barra con un trapo, mirándole el cabello, marrón y dorado, largo como hebras de maíz.

Sofocó el calor de marzo en tragos largos.

Pico de botella pintado en labial. La convidé a otra.

«No es nada», le dije, como si con ello fuese el ganador afortunado de una noche de pasión.

Me miró con aquellos enormes ojos de aguamarina decorados con pestañas largas.

Acomodó su gran culo en la silla alta y bebió confiada. Minutos largos. No hablamos ni jota.

Julio entró media hora después, descamisado y silbando.

Cubeta de langostinos en una mano y un pargo envuelto en un periódico en la otra.

«Buena pesca», dijo sonriente mi hermano, mirando con fijación a la forastera, que ya estaba a punto de caramelo.

Cuatro cervezas y a por la quinta; no me atreví a cobrarle.

Esperaría a que mañana se despertase de resaca, sudorosa y desnuda en mi cuarto y yo a la par de ella.

Mi hermano tenía la piel tostada por el sol y los colochos negros que tenía por cabellera contrastaban con sus dientes.

El mar le dio musculatura desde niño, a punta de tirar redes y enrollar cuerdas.

En cambio, yo me volví panzón esperando atender a los turistas en la mecedora y viendo programas de Sábado Feliz.

Señoras, señoritas y no tan señoritas deseaban a Julio, pero ninguna se atrevía a tirarle cuerda, mientras que yo ni de carnada serví.

Dejó la cubeta y el pargo en la barra. Se quitó la camisa sudada y se encaramó la camiseta de tirantes y, con todo y su tufo a pescado, le echó el cuento a la borracha. Se metieron a besarse en la Pathfinder.

Cuando Erin llegó al pueblo, venía con la mirada perdida.

El viento cálido de la costa la adoptó como su hija.

Los hombres de la cantina la amábamos por aquellos ojos verdeazules.

Los ojos como canicas de agüitas eran poesía para nosotros.

El rancho, que también servía como cantina, se llenaba de jornaleros que llegaban a aplacar la sed, pero también la falta de amor.

Por la delicadeza con que ella besaba el pico de la botella, se notaba que la gringa era una mujer de mundo.

Empinando con gracia la cerveza helada, y ante la vista atónita de los machos, dejaba ver tras la camiseta los pezones de las tetas sudadas a treinta y pico grados.

Todas las tardes, en la barra, mi hermano Julio y yo nos enamorábamos de ese mujerón.

Hasta que Julio la aceptó como su esposa y se la llevó a vivir al cuarto que alquilábamos.

Julio, que hasta poeta se volvió, escribió una vez:

«Erin llevaba puesto un vestido blanco hasta la pantorrilla desde que se casó conmigo.

Me encantaba verla en el malecón, descalza, haciendo pasos de ballet y señalando las palmeras, mientras que yo las trepaba como un mono para bajarle cocos.

Pero el tiempo es como el mar, erosiona sentimientos como en un castillo de arena».

Desde entonces, Erin no volvió a beber en nuestra cantina.

Los hombres del pueblo, jornaleros, el pulpero, dueños de fincas, el alcalde y hasta el reverendo la invitaban a la taberna de la esquina a jugar billar y dominó, o la llevaban a paseos en la playa, mientras que Julio pescaba mar adentro en una lancha para ganarse el sustento.

Erin tenía sexo en su camioneta averiada.

Lo confirmé una vez que desempolvé la ventanilla de pasajeros y me asomé.

Vi unas bragas con sangre entre botellas de whisky vacías.

Desde la barra de mi cantina, en el patio trasero donde la dejó estacionada desde el día que llegó, se oía el chirrido de amortiguadores en movimiento.

Pero nunca dije nada, por respeto al matrimonio de mi hermano.

Un día la vi a lo lejos en el muelle, bajando atolondrada de un yate.

Me pareció verla llorando, y subió tambaleándose al cuartito de mi rancho.

Julio llegó una tarde a hablar conmigo. Lo vi desesperado y le serví un vaso de casco de aguardiente.

Me relató el origen de las borracheras de su esposa, una pena imposible de borrar.

No me lo pude creer y nos bebimos dos botellas, decepcionados de ella hasta caer el sol.

Después de eso no lo vi más. A mi hermanito. Solo el mar sabe de su paradero.

Por la noche, Erin llegó a la cantina tambaleándose y señaló las botellas de Jack Daniel’s en el anaquel.

Jamás habló. Ni español ni inglés. Sus ojos eran su boca, sus pestañas, su lengua.

Antes de desaparecer, y aquella vez que hablamos de ella, Julio me suplicó que no le sirviera más, nunca más, y eso hice.

Erin salió corriendo, sollozando entre lágrimas berrinchosas hacia el malecón.

Cabello de mazorca. Ojos de agüitas. Se me hizo un nudo en la garganta.

***

No puedo olvidar aquellas luces azules girando entre la llovizna como un mal presagio. El pick-up de la policía rural estacionó con el cajón debajo de ella para bajarla.

Aquel triste amanecer nos regresó a Erin colgada de una cuerda, entre las palmeras del malecón, balanceándose apenas bajo la lluvia fina.

Su cabello largo y empapado le cubría parte del rostro como un velo.

El cuello amoratado por la presión de la soga.

El agua resbalaba por su piel pálida. No sacaré de mi mente aquel vestido blanco y las letras «A-I-D-S» pintadas con labial rojo en la falda.

Cada vez que se avecina una tormenta miro las palmeras desde mi rancho; siento que ella sigue allí, oscilando entre el viento mudo. Me parte el alma haber perdido a mi hermano y no poder ayudarle en su tormento. Un crudo invierno les espera a los pobres hombres de este humilde pueblo pesquero.