Lo que siento por ti
Cuando Julio Méndez regresó a la habitación compartida del hostal, vio los cuerpos desnudos. Tocó los hombros fríos y tiesos. El chico y la chica yacían abrazados en la litera, como un nudo inseparable.
***
La camiseta desteñida de Maradona, quizá herencia de su padre ausente, le quedaba perfecta.
La tez pálida y los ojos claros y verdosos hacían juego con el rubio apagado del cabello lacio.
Los padres del chico emigraron a Barcelona.
A Thiago lo abandonaron en una peligrosa callejuela en el barrio de La Mina.
La soledad de la vida lo vio crecer a la fuerza entre empleos temporales y amigos de mala fortuna.
Valentina era una chica flaca de ojos marrones y pecas en el rostro.
Con el cabello por los hombros y pintado de azul, ostentaba un flequillo noventero, como peinada por Tarantino.
Los brazos colmados de tatuajes delataban sus andanzas de punki.
Acostumbraba a usar vestidos de tirantes, con estampado de margaritas sobre fondo negro, que dejaban las piernas al descubierto, aptos para el verano barcelonés.
Se conocieron de niños hacía unos quince años, jugueteando entre barriadas de inmigrantes.
Les divertía pegar stickers de La Polla Records en las señales de tránsito.
Por las noches hurtaban alguna botella de Coca-Cola en el negocio de algún pakistaní desprevenido y dedicaban las noches al botellón de kalimotxos.
Cuanto peor el vino, mejor el efecto. Se emborrachaban en parques, escondiendo la mezcla de dos litros en la mochila del chico al primer indicio de patrullas.
—¡Me siento vacía, me da rabia! ¿En serio quieres que te lo diga, Thiago? Me das pena. ¡Es lo que siento por ti! —gritó al aire haciendo eco desde el balcón del hostal y colgando la llamada de su Nokia de segunda mano.
Lo abandonó hacía una semana. Antes, su novio fue un nómada de ciudad, un chico listo que sabía sobrevivir.
Ahora Thiago vivía solo de nuevo en un pequeño cuarto prestado, extasiado con una sobredosis de televisión: los partidos del Barça contra el Espanyol llenaban su vida.
«Que no vuelva, no me importa», pensaba mientras pasaban los comerciales.
Pero una llamada repentina al caer la noche despertó a Thiago de su letargo futbolero.
Cogió la mochila y corrió al hostal a recuperar a su chica.
De un salto pasó una reja y se coló en el hostal mientras el recepcionista intentaba sintonizar el partido en la radio.
Todo estaba oscuro. Subió las gradas de madera vieja, tratando de no hacer ruido, apoyándose en las paredes sucias por el uso.
Ingresó en la habitación de dos literas dobles.
Las camas metálicas con colchones algo hundidos despedían un hedor a orín y sudor.
Un hombre obeso roncaba en la litera de abajo cubierto con una frazada.
Ella esperaba a Thiago en la litera de al lado, arriba, con los ojillos brillando intensos, apenas iluminados por el alumbrado público tras la ventana.
«¡Bien!», pensó con una sonrisa espectral al ver los diminutos senos bajo la poca luz.
Tendrían sexo de reconciliación esa noche.
Thiago subió haciendo crujir el metal de la escalerilla de la litera.
Dejó la mochila a los pies de ella y se quitó la ropa.
Se abrazaron con una intensidad desbordada.
Sus cuerpos se apretaron tanto que les faltó el aire, como si cada latido les robara un respiro.
—Espera, tengo algo que te va a gustar —susurró el chico al oído.
Thiago metió la mano en la mochila. Abrió un envoltorio plástico. Se puso dos pastillas bajo la lengua.
«Llega el goleador del equipo. El diez. Prepara una pastilla. Burla una lengua, burla la otra. Llega al marco de la boca. Introduce la pastilla en el fondo y… ¡Pero qué golazo, señores!», pensaba Thiago mientras le daba un beso apasionado a Valentina.
En la esquina de la sombría habitación comunal, crujió con estruendo una litera.
El hombre que dormía se movió con un suspiro pesado, se incorporó y los tablones rechinaron bajo su peso.
Encendió su linterna portátil, la puso sobre la litera y la enfocó contra la pared.
Así iluminaría sin encender del todo la luz del techo y despertar a alguien, «sin despertar sospechas», pensó luego.
Se rascó el pecho peludo y, con un movimiento lento, se puso en pie, dejando ver a media luz sus ajustados calzoncillos blancos y las medias de rombos.
Sin prisa, se puso los pantalones que yacían en el suelo y después la camisa arrugada.
Anudó la corbata con un gesto descoordinado, dejando el nudo torcido.
Se calzó los zapatos de cuero lustrado. Seguido, enfocó su linterna hacia los chicos mirones, hacia los ojillos como los de dos ratoncillos asustados.
Julio Méndez levantó la manaza peluda y de un tirón arrebató la mochila de la litera, hurgó el contenido y encontró varias bolsas con droga.
La evidencia. «Con las manos en la masa».
—¡Corre, ahora! —gritó Thiago, que saltó de la litera y, empujando al gordo en un ágil movimiento, recuperó la mochila.
Valentina saltó también y salieron corriendo semidesnudos y descalzos por los pasillos.
Ella, en bragas y con el vestido de margaritas en la mano, y el otro, sin su apreciada camiseta, en pantalones y con la mochila al hombro.
Corazones a mil. Detrás de ellos, el gordo encorbatado.
Los chicos ingresaron al obsoleto ascensor e intentaron cerrar las puertecillas corredizas, pero rechinaron, trabadas.
—¡Cago en diez, maldito hostal! —dijo Thiago sudando el efecto del éxtasis, empujándolas con fuerza hasta cerrar su refugio.
Tembloroso, oprimió varias veces el botón hacia la planta baja y, mientras ella se ponía el vestido, vieron los dedos del detective prensados entre las puertas.
—¡Abre, abre, que le vas a cortar los dedos! —gritó Valentina mirando con las pupilas dilatadas los dedos amoratados y, en ese momento de zozobra, tiró de una palanca y los liberó.
Thiago cerró de nuevo y bajaron. Salieron a la calle.
Julio Méndez bajó sin prisa por las gradas frotándose los dedos y se dirigió a la recepción.
Pagó con pesetas por las tres literas. Mostró la licencia de detective.
Pidió papeles. Nacionalidades. DNI. Agradeció al joven recepcionista y le pidió fuego.
Su experiencia le dictó que los chicos irían en dirección a la Estación de Barcelona Sants.
Salió a la calle y se quedó en la puerta.
«El tabaco liado de madrugada sabe bien».
Valentina abordó el autobús. El de las cinco de la mañana, en el último asiento.
Thiago la dejaría ir. La cortaría para siempre de su vida.
Que escapara antes de que lo atraparan a él.
Pero no sucedió. Ella se levantó del asiento apoyándose en el pasamanos, entre miradas recelosas de los pasajeros.
Bajó dando un traspié, apoyándose finalmente en la barandilla del andén, y lo abrazó. Un beso largo, de éxtasis.
El autobús partió y tras de él apareció el detective.
Valentina tomó de la mano a su amado. Amor recuperado.
Y corrieron entre las callejuelas en dirección a la playa.
Se toparon con un balneario público, brincaron la cerca y corrieron entre niños que retozaban en las piscinas.
La gente del bar miraba curiosa, sorbiendo cócteles, mojitos y cañas bajo un toldo de Estrella Damm.
Sonaron las sirenas de patrullas. Se escondieron entre arena, sombrillas y turistas.
Por la tarde, regresaron por sus cosas. Entraron con incertidumbre al hostal. El recepcionista ni chistó; ya estaba pago desde la mañana. Pero no encontraron ni las zapatillas de ella ni los botines de él ni la camiseta albiceleste con el número diez. «Maldito gordo».
Mientras yacían desnudos, boca arriba en la litera, Thiago le preguntó:
—¿Qué es lo que sientes por mí, Valentina?
—Lo que siento por ti es pena, Thiago —dijo ella con la voz rota y fría—. Al que persiguen es a ti y no a mí. Pero así te quiero, ya no me siento tan vacía.
A Thiago se le heló el alma y pensó: «Por lo menos cuarenta años de cárcel por transportar esta shit».
Entonces se llenó la boca con un puñado de pastillas.
Se acercó a Valentina. Y se tragaron los besos, como si quisieran guardarlos para siempre.
El Espanyol ganaba uno a cero en la radio de la recepción, y se abrazaron.