HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Un hombre pobre
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Un hombre pobre

El otoño daba paso al invierno. Las calles se volvían resbaladizas y ya los guantes eran necesarios.

Botas, gabanes, orejeras, bufandas y gorros comenzaban a aparecer en los transeúntes de la Quinta Avenida, indumentaria de la cual el señor Norman y yo carecíamos.

Nuestra calefacción era un abrigo lanudo de talla extragrande que cortamos por un costado para convertirlo en frazada.

Lo conocí cuando yo era apenas un niño, cuando vivíamos penurias en los callejones neoyorquinos.

El señor Norman no era viejo, pero tampoco joven.

Caminaba solo, deambulando descalzo por las calles y entre los taxis, vendiendo miseria ajena.

Me contaba anécdotas de su vida para pasar el tiempo, mientras esperaba —como repetía hasta el hartazgo— por una nueva oportunidad.

—Enciende la fogata, muchachito, que ya empieza a calar el frío —dijo tiritando, apenas capaz de hablar entre el castañeteo de sus dientes.

—¡Brrr! Como usted ordene, míster —dije—.

¿Quiere un trago? Es buen whisky, lo robé de aquel negocio.

Si espero a que los de la beneficencia me den algo, me muero congelado.

—Norman dio un sorbo largo y me devolvió la botella—.

Pero sígame contando, míster, así me dará sueño.

De todos modos, no tenemos ni para cenar.

—Pues bien, ella me dijo que no se casaría conmigo, aunque en ese tiempo yo no era pobre.

—Es curioso, pero ¿cómo sabía ella que usted en realidad era un don nadie?

—De seguro, su padre, Mr. Walton, le advirtió sobre mi falta de liquidez cuando llegué a New Jersey.

Él era un magnate bancario con mansiones, hoteles y yates a su nombre, posesiones que debía mantener contratando personal de confianza.

En cambio, yo era un simple inmigrante viviendo en las afueras.

Trabajaba de manera ocasional para él, cortando el césped o haciendo trabajos de carpintería para su mansión.

—¡Ah! ¿Entonces se convirtió en lamebotas del millonetas ese?

—¡Calla y escucha! Desde niño me inculcaron que el trabajo duro es una gran herramienta para sobrevivir —me dijo, como sermoneándome y golpeteándose el pecho con orgullo.

—Pues sí, lo mismo me decían cuando iba a la escuela, pero a mí nunca me gustó estudiar ni trabajar —dije orgulloso hurgándome la nariz.

—Ni te creas, tampoco yo estaba convencido de eso. La escolarización me parecía una concepción egoísta que solo sirve para mantenerte mediocre y esclavo del Estado.

El señor Norman se quedó pensativo, como arrepentido de sus decisiones pasadas.

No obstante, y según me contó después, Norman ingresó a la universidad a estudiar finanzas, la cual pagaba a duras penas con su labor en la mansión.

Sin embargo, lo expulsaron debido a sus ideas progresistas, que molestaban a los docentes.

Al final no se graduó, pero sus facultades matemáticas y no tener miedo a invertir en la bolsa hicieron que su cuenta bancaria creciera como la espuma.

Obtenía ganancias apostando en las carreras de caballos y revendiendo acciones, invertía aquí y allá.

Sabía cómo ganar dinero sin estafar a otros.

Los números eran sus aliados, pero, más allá de eso —según decía— era su actitud positiva la que forjaba su destino.

Con el tiempo, le compró el yate a Mr. Walton.

Este no se explicaba de dónde había sacado tanto dinero, pero poco le importaba, pues tenía diez de esos en su marina privada.

Luego le compró un lujoso penthouse. Después, con ganancias de otras ventas inmobiliarias, pudo comprarle hasta su invaluable Rolls-Royce.

El magnate le miraba receloso. Ya le había quitado —claro, por las buenas— parte de sus posesiones.

Incluso temió que le quitara también a su hija, así que lo ascendió como su alto ejecutivo de confianza, para mantenerlo vigilado, siempre bajo su control.

—¿Y cómo llegó a enamorarse de Abigail Walton? —le pregunté entusiasmado al señor Norman. Abrió los ojos sorprendido.

—Dicen que el amor no se puede comprar, pero quizá ella se interesó en mí al ver mi ascenso en la escala social y la confianza que me tenía su padre.

Mr. Walton era un ángel conmigo, pero un día, en una cena de negocios en que lo acompañaba, percibí su mirada pérfida y egoísta, y mientras agitaba lento el vaso de bourbon, me dijo con voz seca y dura: «Un hombre pobre no es digno de mi hija».

—¡Wow, qué viejo malnacido ese! Si le viera, le apuñalaría ahora mismo y le robaría el reloj y todo lo que trajera encima.

—¡Hey, hey, tranquilo, muchachito! Baja ese puñal, que te puedes hacer daño —dijo tomándome con fuerza por la muñeca.

Cuando solté el puñal, continuó su relato—.

Con el tiempo me convertí en vendedor de bienes raíces.

Fue una época de bonanza. Llegué a tener más de diez millones de dólares en mi cuenta bancaria.

—¡Vaya, míster! ¡Eso es mucho dinero! —dije, imaginando al señor Norman nadando en una piscina de billetes de cien dólares.

—Sí que lo era. Pero durante la Gran Depresión, ayudé a mantener empresas de magnates que eran mis amigos, hice préstamos, hipotecas y luego no tuve más dinero.

Me fui en picada. Me declaré en bancarrota.

No volví a verlos. Solo sé por los periódicos que los Walton lograron superar la crisis años después.

La gente me llamaba idiota por haberles ayudado, pero en realidad era yo el que tenía riqueza y ellos los pobres.

—¡Ah, qué trillado, míster! Eso me suena a sermón de iglesia. Pero usted dice seguir siendo rico y anda por allí con esa camisa toda mugrosa… Peor que yo, ¡ni siquiera tiene zapatos!

—Apréndete esto, muchacho: «El dinero es un diablo traicionero; la riqueza es solo una ilusión mental». ¡Y deja ya esa botella, jovenzuelo! ¡Sabes que eso no te llevará a ningún lado!

Di un sorbo corto y la guardé en una bolsa de plástico escondida entre cartones y basura.

—¿Y qué pasó con ella? Digo, con la chica. Imagino que lo envió al carajo cuando usted se convirtió en un pobre diablo sin pena ni gloria.

—No lo sé. Aquella vez regresaron a Londres por la caída de los mercados. Después de eso, unos timadores a los que les había prestado dinero me dieron una golpiza.

—¿Así fue entonces como terminó hecho una piltrafa maloliente en el callejón?

—Ahora que lo preguntas, no recuerdo bien. Quizá los golpes en la cabeza afectaron mi memoria. Solo la recuerdo a ella. ¡Ahora, duérmete, rapazuelo, y no hagas tantas preguntas! —dijo, cubriéndose con la mitad del abrigo que le tocaba.

***

Abrí los ojos. El sol se filtraba por la verticalidad de los edificios.

Los rayos de luz apenas nos cobijaban entre las sombras.

Otros indigentes bostezaban a lo largo del callejón.

Barrigas gruñendo y exigiendo llenarse con un mendrugo de pan enmohecido o un borde de pizza mordisqueado.

Me senté sobre el viejo abrigo que nos cubría; era enorme y, aunque agujereado, alcanzaba para ambos.

La vida es como una ruleta y la fortuna es sabia.

Y el señor Norman me dio una lección de vida.

Una mujer radiante con un sombrero negro de ala ancha y una estola de armiño en el cuello asomó sigilosa entre las sombras del callejón.

Olía a perfume caro, que se podría sentir a una milla de distancia.

Abrigada con un grueso gabán de piel, y haciendo sonar los tacones, se acercó.

—Disculpen que los interrumpa tan temprano, señores. Busco al hombre de esta foto. Su nombre es Norman y debe tener unos cincuenta años de edad. ¿Será que lo han visto por estos callejones? —dijo con un marcado acento inglés.

Aún soñoliento, me restregué los ojos incrédulo, como intentando comprender el destino.

El señor Norman se despertó de súbito y se puso en pie sacudiéndose la camisa, como tratando de verse presentable.

No dijo nada. La tomó de la mano y los ojos verdes de ambos se toparon.

Abigail quedó frente a él, boquiabierta.

La boca fina exhaló un aliento tibio que se convirtió en vaho, quizá con olor a menta.

Los labios rojos y carnosos no pudieron decir palabra.

De forma sutil, lo tomó por detrás del cuello, acariciando y calentando con sus delicadas manos las orejas casi congeladas del señor Norman.

Miré, extasiado, cómo sentía con su naricilla estrecha y delicada el hedor de un hombre empobrecido y, cerrando los ojos, le estampó un beso amoroso, endulzando los labios resecos del ahora hombre rico.