HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Balas perdidas
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Balas perdidas

Aborrecía mi existencia y estaba dispuesto a lo que fuera, por eso llevaba cargada mi antigua Smith sería más fácil por la retaguardia.

El viejo de corbata a cuadros tomó su valija y se puso en pie.

Se dirigió a la caja. Entretanto, yo me le acerqué sigiloso e hice cola detrás de él.

Volteó a verme y, enseguida, desenfundé mi arma para apuntarle en la espalda.

—¡La valija! ¡Entrégueme la valija o lo reviento ahora mismo! ¡Vanessa, las manos donde las vea!

—Este… este maldito guarda… ¡Lo sabía, lo sabía…! No me mate, le doy mi reloj, mi móvil, mi dinero, pero no me mate. ¡Socorro, socorro! —gritó aterrorizado y giró el torso, intentando golpearme con la valija. Reaccioné en un segundo y lo inmovilicé con una llave por la espalda.

—¡Suelte la valija o aquí mismo se muere! —El malnacido la soltó. La valija cayó al suelo y se abrió, desparramando el dinero y, con la mano libre, se aferró a mi brazo armado y lo levantó por la muñeca.

En su intento por desarmarme, hizo resbalar la pistola de mi mano, tomó la empuñadura y puso el dedo en el gatillo.

Descargó una bala en mi sien. Desde los ojos de Constantini pude ver mi propia cabeza con los sesos reventados en el suelo.

Mi patético cuerpo yacía entre billetes y encharcado en sangre.

***

«Este saco me queda a juego con la corbata a cuadros y el chaleco de satén me sienta apenas.

Me gusta este Rolex de oro con cadenilla.

Fue muy amable aquel malnacido de entregármelo, con su valija, con todo y su cuerpo.

¡Ja, ja! Hoy huelo rico, huelo a Chanel.

¡Tenía buen gusto ese maldito! Se me hace tarde.

Tengo diez mensajes de mi gordota Vanessa, que debe estar impaciente.

La llevaré a cenar en mi Mercedes. Desde que me apoderé del cuerpo de Constantini, ya no es tan indiferente conmigo.

Le daré un anillo. Me voy a lucir con estas mancuernas de diamantes, van perfectas con la camisa blanca».

Al igual que aquellos comisarios mafiosos, vigilar los bienes ajenos me importaba un carajo y aquel día tomé una buena decisión.

El destino envió al ataúd a aquel patético hombre de uniforme azul que yo era.

Sin embargo, este cuerpo de viejo millonario no es muy ágil y tengo que tomar pastillas para complacer a mi gorda.

La Smith ya buscaré un cuerpo joven que me dispare con ella para robarle el alma. Mientras tanto, seguirá aferrada a mi cinturón en su funda de cuero, aferrando también mi existencia, en honor al chamán.