HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Ciberespacio
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Francis se obsesionaba con su trabajo. Siempre agobiado, con la vista clavada frente al monitor de su ordenador.

Llegaba muy de madrugada y se iba de noche.

Así no tenía la obligación de socializar con sus compañeros de oficina.

Excepto con ella. Verla entrar por la puerta de la oficina cada mañana y apreciar el perfume afrutado al sentarse en su puesto a la par de él, significaba un sueño imposible.

El mundo opaco del agrio y obeso Francis se iluminaba con la sonrisa en los labios rojos de Marcelina.

Estaba tan flaca y pálida que llegó a pensar que quizá era bulímica o anoréxica.

Sin embargo, el aspecto enfermizo de la jovencita lo cautivó.

No le quitaba la mirada al cabello negro y corto hasta los hombros decorado con un lazo rojo.

Pero esos eran solo recuerdos. Había olvidado los insultos que se prodigaron y los malentendidos que lo llevaron a romper su amistad.

En una discusión, Francis juró no volver a dirigirle la palabra.

Así hizo ella que sucediera; entonces, renunció.

Esa noche trabajaba solo, como siempre, frente al ordenador, en la oficina donde la conoció.

El reloj en la barra de tareas marcaba las veintitrés.

Una corazonada le insinuó que la buscara en las redes.

Titubeó por un momento. En efecto, allí estaba la foto de perfil de Marcelina con las publicaciones y memes a los que ya no tenía acceso.

Con el corazón palpitando y la mano temblorosa, movió el mouse, el sonido de un clic abrió el Messenger y tecleó sin pensar.

—Hola, señorita.

Aterrado, cerró el chat. Sudaba frío. Se soltó la corbata.

Acomodó los anteojos de pasta que resbalaban por su nariz grasosa.

Se levantó de un tirón e hizo girar la silla como un trompo.

Se puso las manos en la cabeza con inicios de alopecia y suspiró hondo.

Clavó los ojos en el monitor anticuado que se reflejaba en los lentes.

Se aprestó a buscar un café. Necesitaba distraerse, pero pudo más la ansiedad.

La ventana del Messenger se abrió por sí sola.

—Señorito.

No lo podía creer. Francis se estampó de nuevo en la silla y se limpió el sudor de la frente con un pañuelo.

Se mensajeaba de nuevo con su crush, la que lo había bloqueado hacía tantos meses.

Con la mano en la barbilla, esperó unos minutos.

Cauteloso. No quería iniciar otra disputa. Sin embargo, escribió, impulsivo:

—No sé qué decir, señorita. Fui un imbécil. La he pasado muy mal. Te extraño demasiado… Perdóname :(

—Señorito, eso ya pasó hace tiempo, no vivas en el pasado.

—Discúlpame, no sé lo que ha pasado conmigo. Pero, ¿qué ha sido de ti? <3

—No leí el libro que me regalaste en mi cumpleaños. La verdad es que lo tiré al basurero. El mundo de Sofía es para niñas bobas. ¿Te acuerdas? Me tratabas como a una adulta. Hasta me dijiste que yo era como una abuelita millennial :)

—Ja, ja. Bueno, está bien. No estoy para darte sermones, pero cada quien elige cómo muere.

—Vaya que no has cambiado nada, tú siempre tan negativo. Tontito, se debe decir: «Vive y deja vivir». Pero tampoco quiero enderezar a un árbol torcido como tú.

La ansiedad bajó de nivel. Francis respiró hondo.

Se restregó los ojos. Recobró la cordura.

Sintió que la paz y el regocijo se revolcaban en un torbellino de emociones.

Recordó la pálida y atractiva delgadez de la jovencita con quien chateaba.

La sonrisa amplia. El perfume. Hubiera querido que se materializara allí mismo para abrazarla y darle un beso tímido en la frente, acariciarle el cabello, como antes.

—Me diste muchas cosas. Aquel cerdito de peluche y la caja de chocolates en forma de corazón. Pero a mí no me interesaban. No era de jugar al marido y mujer. Me aterra. Lo nuestro fue un malentendido, pero no te lo pude decir a tiempo.

—¡Perdóname! Dijiste que yo era un viejo obsesivo y que te acosaba con mensajes y regalos.

—¡Necio! Te digo que eso ya pasó.

—Quiero volver a verte.

—Francis, eso no será posible. Sabes que una enfermedad me estaba carcomiendo por dentro.

—Nunca me lo dijiste, pero lo sospechaba.

El mensaje quedó marcado con el icono de «visto». Permaneció fijo en la pantalla unos minutos, sin respuesta. La ansiedad de Francis empezó a despuntar en el corazón y envió otro mensaje.

—¿Qué necesitas, Marcelina? ¿Dinero? ¿Doctores?

Sin respuesta. Y volvió a escribir, desesperado.

—¡Te ofrezco mi alma!

La respuesta llegó y Francis exhaló. El alivio se deshizo en el pecho.

—Adonde estoy ahora no puedes venir. Solo quería despedirme de ti.

—¡No me digas eso! ¿Dónde estás? ¡Tomaré un taxi e iré a verte! ¡Te amo con todas mis fuerzas!

Un mensaje largo de la jovencita entró.

—No podía vivir habiéndote tratado de obsesivo y de viejo pervertido.

Te pido disculpas. No eres un acosador, pero entiendo que a veces los hombres actúan con su instinto animal.

Con esto que te digo me quitas un peso de encima.

Y sí, claro que te perdono, querido Francis. Me alegra haberte conocido.

La luz chisporroteó en el plafón del techo. Todo quedó a oscuras. El monitor se apagó sin dar tiempo a que él respondiera. La planta eléctrica de la oficina echó a andar de inmediato. Un puño cimbró en el escritorio.

—¡No, noo, nooo, maldición! ¡Esto no puede estar pasando! —gritó Francis arrancándose los pocos pelos de la cabeza.

Desesperado, reinició el ordenador. Esperó cubriéndose la cara con las manos mientras la barra de progreso avanzaba lenta, cargando el sistema.

Sonó el inicio de Windows. Abrió el chat, pero se habían borrado los mensajes.

De nuevo la ansiedad, el sudor frío. Un nudo le apretó la garganta y el vacío se hundió en la boca del estómago.

Entró entonces a Facebook para buscar a su amor no correspondido.

Digitó el nombre y con un golpe seco le dio a la tecla Enter.

«En memoria de Marcelina_23

No hay publicaciones disponibles»

Un dolor en el brazo izquierdo comenzó a subir lento hasta el pecho. Le faltaba el aire. Lloraba derrotado, berreando a todo pulmón, reclamándole a la vida.

Abrazó el monitor con todas sus fuerzas en medio de un llanto desconsolado y le dio un beso, como en la frente de ella, y luego lo levantó con las manos.

El monitor tronó en mil pedazos al rebotar contra la pared.

Francis se echó hincado al piso, cortándose las rodillas, gritando con su alma también rota por dentro.

Sus manos temblorosas tomaron un fragmento de vidrio, y se degolló.