HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Quinientos metros hacia las nubes
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Quinientos metros hacia las nubes

El GPS de mi teléfono marcó la ruta y me introduje en un parque donde los tractores crearon caminos y levantaron montículos de tierra amarilla y ocre.

El césped de un verdor fresco y unos árboles recién plantados rodeaban a un gran lago.

Siguiendo el mapa de Google, había pedaleado más de veinte kilómetros desde el hotel.

Un laberinto de autopistas y puentes de concreto se elevaba por sobre el lago y túneles atascados de automóviles atravesaban el terreno por debajo.

Algunos kioscos donde vendían salchichas, golosinas y bebidas ya habían reclamado su lugar. El parque en construcción cobraba vida.

Ya había consumido mi bidón de agua y el sol de la tarde advirtió mi regreso al hotel.

Comencé a pedalear, pero el lago había tomado el parque.

Quizá por una excavación demasiado profunda o por la rotura de una tubería, el kilómetro de caminos inundados era impasable.

Bajo las aguas turbias asomaban las retroexcavadoras y zanjadoras, sumergidas hasta la mitad.

Los brazos hidráulicos sobresalían como esqueletos inmóviles.

El agua dejaba ver las cabinas de mando.

Sus operarios ya estarían con sus familias.

Decidí buscar una ruta que no fuera por las peligrosas autopistas.

Bajé de la bicicleta y me situé bajo un puente, pero mi teléfono estaba descargado.

La incertidumbre despertó en mí un profundo temor.

Las rayas blancas y rojas del techo de un kiosco asomaban detrás del puente elevado.

Subí pedaleando por el puente y fui a preguntar; los lugareños sabrían de algún camino de regreso al hotel.

El vendedor del kiosco hablaba en italiano con un señor vestido de frac, sombrero y guantes blancos.

El saco negro lucía impecable sobre su chaleco y contrastaba con la vestimenta desgarbada del vendedor, que se rascaba los pelos canosos de su camisa desabotonada y sudada.

El señor de frac le entregó una maleta de mano al vendedor, que la hizo pasar por el mostrador.

—Disculpe, señor —pregunté al vendedor quitándome el casco—. ¿Usted sabe de alguna ruta que me lleve al pueblo? —Un gran bigote enmarcaba su cara curtida por los años y las canas al lado de su cabello negro en forma de cresta, denotaban experiencia.

—Mira, ragazzo —espetó el vendedor mientras guardaba con recelo la maleta dentro del kiosco—, todos estos puentes llevan a ciudades distintas. Solo la ruta del lago es la que lleva al pueblo —dijo mirando con cierto desprecio el maillot y el culotte ceñidos a mi cuerpo.

—¡No puede ser cierto! Ese camino está inundado y se va haciendo de noche.

Miré al señor de sombrero como si pudiera sacarme de mi ignorancia, pero solo atinó a encogerse de hombros.

Se quitó los guantes y los guardó en el frac.

Imaginé por un momento que, además de salchichas, era posible comprar allí algunas sustancias psicotrópicas.

Luego abordó su Alfa Romeo aparcado al lado de la vía y desapareció en la autopista.

Mientras deliberaba sobre la posibilidad de perderme también en el tráfico, una chica salió por la puerta trasera del kiosco y se puso a mi lado.

Se quedó mirando mi atuendo y mi bici. Su cabello era corto y pintado de rojo naranja, con un flequillo setentoso.

Tenía ojos tan brillantes que parecían rubíes incrustados en su rostro de mármol.

Su atuendo era fresco, pensado para el verano.

Una miniblusa blanca y sin mangas estampada con millones de florecillas dejaba entrever el ombligo saltado de su graciosa barriguita.

Su perfume de jazmín penetraba por mi nariz.

La falda de cuero roja se arremangaba corta y ceñida sobre las piernas flacas y largas, que me parecieron atractivas, tan estilizadas como las de la Venus de Botticelli.

Una Afrodita. Si existe el amor a primera vista, creo que ese día lo experimenté.

—Deberás esperar hasta mañana, caro forestiero —dijo con una voz trémula y cierto atrevimiento—. El lago se alimenta de las aguas del deshielo y de vez en cuando inunda el parque. Quizá mañana ya lo puedas atravesar, aunque creo que…

—Ajá, dime, dime. —Imaginé mi cara estúpida admirando también su intelecto.

—Eh, pezzo di merda! Mi novia tiene razón —interrumpió con voz ronca el vendedor, como perro viejo marcando el terreno—. ¿Por qué no compras un refresco y te largas de aquí?

—Hey! Non essere crudele! Poverino, è perduto —dijo ella y, con un acento que me sonaba conocido, añadió—: Hay un camino hacia el túnel que lleva al centro de la ciudad. Deja aquí la bici, ¡vamos y te muestro!

Ignorando al viejo, tomó mi mano. Mis ojos pardos como aceitunas se cruzaron con los de rubí.

La electricidad fluyó por nuestros cuerpos.

Nos electrocutamos con eso que llaman amor.

Caminamos juntos un buen rato y subimos la colina, unos quinientos metros por un área verde hasta lo más alto del puente.

Desde allí se divisaba el túnel que decía ella, las autopistas abarrotadas de autos, el gigantesco parque inundado con el lago en el medio, los Alpes de fondo y el sol que empezaba a dominar el mundo con celajes entre nubes doradas.

Aquel atardecer suizo inolvidable, con esa chica que no soltaba mi mano húmeda sin dejar de mirarme.

Bajó la vista, escaneando el culotte ajustado con el acolchado voluminoso bajo la licra.

Ruborizada, desenredó mi cabellera negra sin dejar de sonreír.

El casco resbaló de mi mano. Juntó mi cuerpo con el de ella para juntar también sus labios contra los míos. El césped nos sirvió de lecho.

De regreso, mientras bajábamos con el sol hacia el kiosco, hablábamos sobre la libertad y el amor ciego.

Sobre la muerte, pero también sobre la vida, la familia y los hijos.

Aunque hablaba italiano con aquel viejo desgraciado, sus palabras eran de un marcado acento alemán.

De algo me sirvió estudiar Hochdeutsch en secundaria, pues ella estaba fascinada de que entendiera su Muttersprache.

Luego ya no hablábamos, solo reíamos. Los quinientos metros a pie más dulces de mi vida.

El vendedor la aguardaba con los brazos en la cintura y con un cigarrillo torcido en la boca.

Era de esperarse que estuviera enfadado; pensé que no era la primera vez que le había sido infiel.

Quizá besaba a todos los clientes por mero capricho, o tal vez era un juego de amor y celos para hacer aflorar las pasiones del viejo impotente.

Los pensamientos más macabros atravesaron mi mente. Darme de golpes con el vendedor. Reventarle el casco en el cráneo. Hacerle una llave y empujarlo hacia la autopista. Darle muerte con una patada voladora en la mandíbula y luego tirar su cuerpo amarrado en el lago… Pero nada de eso fue necesario.

Tomó a la chica del brazo y de forma violenta la apartó de mí.

Sonrojada, se ocultó detrás de él sin articular palabra.

El viejo puso cara de perro. Yo estaba invadiendo su territorio y tenía las de perder.

No quería problemas; yo era muy joven para telenovelas y triángulos amorosos.

Ansiaba montar mi bicicleta y largarme de allí, pero el dulce perfume de la chica en mis labios me tenía atrapado.

Mis neuronas saltaban eufóricas. Las feromonas hicieron su magia en mí, pero por fortuna pudo más la razón.

—Oigan —pregunté como si nunca los hubiera visto—, ¿hay un baño público por aquí? —Me estaba meando, pero juro que no era por el miedo, sino por el agua del bidón que bebí antes.

El viejo dio una última calada. Tiró la colilla al suelo y la pisoteó con rabia.

—A cento metri da qui, alla fine del ponte —dijo con un tono que irradiaba testosterona.

Asentí. Di las gracias, me puse el casco y monté la bicicleta. Me dirigí al baño. Miré un instante hacia atrás, desconfiado. Ellos entraron al kiosco de un portazo y trancaron la puertecilla. Era la hora de cerrar… y discutir.

El espejo sobre dos lavabos reflejó mi cara de bobo durante media hora. Restregué mis labios. Enjuagué mi boca. Imposible olvidar a esa chica.

Estaba en ese dilema cuando las bisagras rechinaron y la puerta del baño se abrió muy lento.

Por el espejo vi entrar la cabecilla de cabello corto y rojo.

Aquella sonrisa. Me abrazó muy fuerte por detrás, rodeando mi cintura con los brazos.

Sentí la barriguita rebotar en mi espalda y luego apoyó la cabeza en mi hombro. Gocé de nuevo el aroma de jazmín.

Detrás de ella venía el viejo. Se plantó frente al lavabo a la par de mí, sin mirarme. Abrió el grifo y se lavó la cara ojerosa y arrugada. Mojó su cresta negra y con las manos peinó las canas de sus sienes. Se abrochó la camisa sudada. Se acomodó el cuello. Tomó la maleta y se marchó.