HISTORIAS DEL ÁNGEL CAÍDO Monzones
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Monzones

Laureline seleccionó un disco en el viejo jukebox y encendió un incienso de pachulí. Con ello ambientaba la casa derruida en la colina que heredó de sus padres inmigrantes, y que luego convirtió en su estudio en Honolulu.

Sus manos blancas contorneaban los omóplatos morenos.

Tatuaba un mandala en la espalda ancha y bronceada de su cliente.

Amasaba los músculos dorsales para dar paso a la tinta.

El aroma a coco de la crema solar, almizclado con el sudor del joven, le provocaba el deseo de tenerlo entre sus delgados y pálidos brazos ennegrecidos con tatuajes tribales.

Concluyó el tatuaje y puso la máquina en la mesa.

Limpió con jabón antiséptico la sangre entintada y aplicó crema en la espalda.

Vasos sanguíneos dilatados. Entonces sus pechos crecieron.

Corazón pulsante. Y Narayan le tomó la mano, le quitó el guante de látex y le besó los dedos.

Los labios recorrieron el brazo tribal. Bajó los tirantes del vestidillo dejando al descubierto los senos.

Besó el cuello hasta los piercings de la oreja enredados en el cabello pelirrojo.

Y la mejilla ruborizada. Labios con labios.

Bochorno y placer. Humedad. El ventilador traqueteando, fusionado con la melodía de Kun Faya Kun.

Las notas del sitar, palmas y bongós los acompañaban. «Narayan… llévame contigo a Mumbai».

***

Hi, dear Laureline,

Sorry, I have no other way to contact you.

The monsoon flodded Mumbai. I am in a shelter with my parents.

We have no phone or internet. The streets are full of water and dead people.

I hope someone can take this postcard to the post office for me.

We have no more rupees, but volunteers are helping us.

I will never forget the time we spent together. I hope I can return to Honolulu.

Hugs,

Narayan

Laureline leyó la tarjeta postal y la apretó contra el pecho, recordando las caricias de su adorado Narayan, a quien conoció el verano pasado.

Pero Narayan no le escribió nunca más. Fueron meses sin saber nada de él, y ella, henchida de orgullo, dejó que el tiempo pasara.

Ni un mensaje ni una llamada, ni mucho menos un Zoom.

Solo recibió esa tarjeta con palmeras meciéndose al viento, coloridos botes de pesca y la Puerta de la India bañada por la luz del atardecer.

Un mensaje de Narayan que ella interpretó como una excusa.

Aquella tarde, al ponerse el sol, ya no había clientes a quienes entintar y miró las olas que azotaban furiosas la costa.

—¡Enhorabuena! —gritó entusiasmada—. Voy a surfear unas cuantas. Tal vez el océano me haga olvidarlo para siempre —se dijo a sí misma cerrando el puño.

Se puso el traje de neopreno. Sacó la tabla de la casa, la ató al techo del Suzuki oxidado y condujo hasta la playa por el camino entre hibiscos y palmeras, bordeando la colina de arena dorada.

Entró al mar con la furia clavada en el pecho, rompiendo las olas a brazadas hasta dejar atrás la costa y perderse en la inmensidad azul.

Aunque la marea estaba en su punto más alto, la chica no cogió ninguna ola.

Se quedó sentada a horcajadas sobre la tabla, con las piernas hundidas en el agua, mirando al horizonte mientras las olas reventaban lejanas detrás de ella. Una lágrima tibia asomó.

Ya oscurecía. Viento frío de la costa. Se avecinaba una tormenta: el inicio de la época de tifones y huracanes.

No más verano en el edén tropical. Los turistas californianos y europeos regresaban poco a poco a las ciudades en la masa continental.

Los estudiantes de inglés, las parejas de amantes, las esposas con sus maridos, los niños con sus perros, todos.

Y regresó a su mente Narayan, que se había ido, como dejándola a merced del mar.

Ya no le importaba morir ahogada como sus padres.

«Una miserable postal arrugada con la foto de una puñetera pagoda, lo único que tenía para contactarme». Recordaba incrédula lo que decía en la tarjeta, con la mirada perdida: «Los vientos monzones lo dejaron incomunicado».

—¡Sí, claro, cómo no! —dijo con la voz quebrada y con un nudo en la garganta mientras el mar se agitaba amenazante. «Calles inundadas y muchos muertos», pensó entre sollozos.

Una gigantesca ola se aproximó. Tres, cinco y siete vueltas en un túnel marino.

Fue revolcada hasta donde el oleaje se convertía en espuma.

Salió del agua con el rostro pálido cubierto por la maraña rojiza de su cabellera.

Ofuscada, arrastrando la tabla astillada.

La tiró con rabia en la arena y sentó su cuerpo esbelto sobre ella.

Bajo la noche nublada y sin estrellas, se restregó la cara con las manos saladas y rompió a llorar.

Al regresar a la casa, tiró las llaves en el sofá.

Oprimió un botón del jukebox y la aguja mecánica tocó la canción que estaba en cola, una canción de Nirvana.

Abrió el refrigerador, destapó una botella de Budweiser y le dio varios sorbos hasta acabarla.

Seguido, fue al cuarto de baño y dejó la botella vacía al borde de la bañera.

Frente al espejo, abrió la cremallera y se quitó el traje de neopreno.

Tomó un frasco del armario; la etiqueta de Victoria’s Secret brillaba bajo la luz cálida del baño.

Se miró los senos, la cadera; ya no era tan pálida.

«De tanto esperar, me he vuelto de bronce como él».

Y atomizó la fragancia de Coconut Passion en su cuerpo.

Se colocó el índice en los labios y en su cara se dibujó una risa pícara.

Miró con ansia la bañera. Giró la manija y dejó correr el agua tibia.

Una fina espuma nacía entre el vapor fragante.

Candelas rojas encendidas. Primero el pie derecho y luego el izquierdo.

Sonriente y relajada, sumergió su esbelta desnudez haciendo divertidas burbujas con la botella vacía.